
Elvira Dyangani Ose, Alauda Ruiz de Azúa, Nona Fernández, Najat El Hachmi, Laura Restrepo, Lucía Lijtmaer y Dora García sugieren obras en las que sumergirse en estos meses estivales
Barcelona, 17 feb (EFE).- Después de «Las lealtades», la escritora francesa Delphine de Vigan vuelve con otra novela breve, «Las gratitudes», en la que reflexiona sobre lo «complicado» que es […]
Origen: Delphine de Vigan: «No es fácil expresar gratitud, aunque digamos gracias»
Textos
—Déjeme ayudarla.
No es tarea simple, debido a la intrépida posición en que se encuentra, con medio cuerpo debajo de la cama y el otro medio fuera.
—Quédese tumbada, señora Seld, así, eso es, los brazos también. Voy a arrastrarla un poco hacia mí, si no le importa, para que pueda levantarse. No se mueva… Cuidado, que tiro… Eso es… Cuidado… No levante todavía la cabeza… Un poquito más, eso es, ya está.
Sin llegar a incorporarse, hace un esfuerzo y se pone de costado para poder verme.
—Ah, buenos días.
Me da la mano como si fuese la cosa más natural del mundo: ella tumbada en el linóleo, incapaz de levantarse por sus propios medios, y yo en cuclillas a su lado. Me examina durante una fracción de segundo, con ojos inquisitivos.
La ayudo primero a sentarse y luego a ponerse de pie. La operación toma su tiempo, pues ambos nos movemos con prudencia.
Con un gesto me reclama el bastón y se lo doy.
Entonces me sonríe como pidiendo disculpas.
—Puedes tutearme y llamarme Michka…
—Perfecto.
—«Señora Seld» por aquí, «señora Seld» por allá, es muy triste vivir rodeada de gente que no te llama nunca por tu nombre, ¿sabes?
Me sorprende su vivacidad.
—Claro, lo entiendo perfectamente. Te llamaré Michka, prometido. ¿Estabas buscando algo cuando he entrado?
—Sí, es que resulta que… Pierdo mucho… A toda prisa. Tengo la sensación de estar perdiendo algo todo el rato, pero no sé qué es… y me da miedo. Me gustaría decir más, pero… estoy incapaz, ¿sabes lo que te quiero decir?
—He leído en tu expediente que sufres un principio de afasia. Supongo que el doctor te habrá explicado los detalles. Significa básicamente que te cuesta encontrar las palabras. A veces no lo consigues y a veces dices otras en su lugar. Depende también del momento, del estado de ánimo, del cansancio…
—¿Ah, sí? No me había dado cuenta.
—¿No estarías buscando las palabras debajo de la cama, Michka?
—Sí, es fosible.
—Yo soy logopeda, ¿sabes lo que es?
—Sí, hasta ahí llego. Fui correctora en una importante… revisita. Durante muchos años.
—Estupendo. Vamos a trabajar muy bien tú y yo, ya verás. Haremos ejercicios, adivinanzas y cosas por el estilo.
Cuando los veo por primera vez, siempre busco la misma imagen: la imagen de antes. Tras sus miradas borrosas, sus gestos inseguros, sus cuerpos encorvados o doblados por la mitad, busco al muchacho o a la muchacha que fueron como quien pretende descubrir el esbozo original de un dibujo repasado torpemente con rotulador. Los observo y me digo: ella también, él también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, subió las escaleras de cuatro en cuatro, bailó toda la noche. Ella también, él también cogió trenes, metros, paseó por el campo, por la montaña, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre el sexo de los ángeles. Me conmueve pensar en ello. Voy en busca de la imagen e intento resucitarla, no puedo evitarlo.
Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias.
Envejecer es aprender a perder.
Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Así es como yo lo veo.
Y ya no hay nada en la columna de las ganancias.
Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez.
Perder la memoria, perder los referentes, perder las palabras. Perder el equilibrio, la vista, la noción del tiempo, perder el sueño, perder el oído, perder la chaveta.

El de esta novela no es el Reig conocido por festivo y satírico, sino otro muy distinto, meditativo y que abre el corazón a las emociones
Origen: ‘El río de cenizas’, de Rafael Reig: un paseo por la vejez y la muerte
Basados en la poesía, tenemos derechos sobre las palabras, que forman y deforman el Universo.
No hay poesía, por alejada que se la pretenda de las circunstancias, que no deba a las circunstancias su fuerza, su nacimiento y su prolongación.
a poesía, nuestra poesía, se lee como un diario. El diario del mundo que va a venir.


¿Qué raro mecanismo le volcaba de repente en el cerebro un recuerdo tan nítido, desempolvándolo de una región tan banal y tan lejana de su memoria?
Origen: Un episodio en la vida de Wagensberg | Cultura | EL PAÍS
Soy un escritor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que este» tumbado, ya sea en la cama o en un sofá con un cigarrillo y un café a mano. Tengo que estar dando caladas y sorbiendo. A medida que avanza la tarde, paso del café al té verde y de ahí al jerez y a los martinís. Nunca utilizo máquina de escribir cuando empiezo, escribo la primera versión a mano (a lápiz). Luego hago una revisión completa, también a mano. Me considero en esencia un obseso del estilo y concedo gran importancia a la colocación de una coma, al peso de un punto y coma. Este tipo de obsesiones, y el tiempo que les dedico, me irritan muchísimo.
[…]
Veamos, estábamos en la revisión completa, el segundo borrador. Luego escribo a máquina un tercer borrador en papel amarillo, un tipo muy especial de papel amarillo. Tampoco me levanto de la cama para hacerlo. Sostengo la máquina sobre las rodillas. Y me funciona muy bien: tecleo cien palabras por minuto. Luego, cuando el borrador amarillo está terminado, dejo descansar el manuscrito durante una temporada, una semana, un mes, a veces más tiempo. Cuando lo retorno, lo leo con la mayor frialdad posible, luego lo leo en voz alta a uno o dos amigos y decido qué cambios quiero introducir y si quiero publicarlo o no. He tirado unos cuantos relatos cortos, una novela entera y otra a la mitad. Pero si todo va bien, mecanografío la versión final en papel blanco y ya está.

Entrevista con Truman Capote (“The Paris Review”. 1953-1983)
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