La diferencia entre la escritura del presente inmediato y la del pasado es más radical todavía que la que existe entre el relato de lo visto y vivido y el de lo imaginado. “El tiempo también pinta”, dice Goya. El tiempo, según Marguerite Yourcenar, también es un gran escultor, porque simplifica y mejora con su desgaste las estatuas antiguas. Pero lo que mejor hace el tiempo es escribir. El tiempo es un editor eficiente y sin escrúpulos que suprime de la memoria la mayor parte de lo realmente sucedido, y lo que selecciona como valioso lo organiza en un relato que conduce, como en las novelas, a la culminación inevitable del momento presente. Eres la novela que te vas contando a ti mismo mientras estás despierto, intercalada por las narraciones insensatas de los sueños. Por muy bien que recuerdes o creas recordar algo, lo estás viendo siempre a través del conocimiento de lo que vino después. La única memoria verdadera, nos enseñó Proust, es la involuntaria: solo en ella brilla un instante del pasado con la inmediatez de lo que está siendo vivido.
En la época victoriana, no se podían mencionar los pantalones en presencia de una señorita. Hoy por hoy, no queda bien decir ciertas cosas en presencia de la opinión pública:
El capitalismo luce el nombre artístico de economía de mercado; el imperialismo se llama globalización; las víctimas del imperialismo se llaman países en vías de desarrollo, que es como llamar niños a los enanos; el oportunismo se llama pragmatismo; la traición se llama realismo; los pobres se llaman carentes, o carenciados, o personas de escasos recursos; la expulsión de los niños pobres por el sistema educativo se conoce bajo el nombre de deserción escolar; el derecho del patrón a despedir al obrero sin indemnización ni explicación se llama flexibilización del mercado laboral; el lenguaje oficial reconoce los derechos,de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría; en lugar de dictadura militar, se dice proceso; las torturas se llaman apremios ilegales, o también presiones físicas y psicológicas; cuando los ladrones son de buena familia, no son ladrones, sino cleptómanos; el saqueo de los fondos públicos por los políticos corruptos responde al nombre de enriquecimiento ilícito; se llaman accidentes los crímenes que cometen los automóviles; para decir ciegos, se dice no videntes; un negro es un hombre de color; donde dice larga y penosa enfermedad, debe leerse cáncer o sida; repentina dolencia significa infarto; nunca se dice muerto, sino desaparición física; tampoco son muertos los seres humanos aniquilados en las operaciones militares: los muertos en batalla son bajas, y los civiles que se la ligan sin comerla ni beberla, son daños colaterales; en 1995, cuando las explosiones nucleares de Francia en el Pacífico sur, el embajador francés en Nueva Zelanda declaró: «No me gusta esa palabra bomba. No son bombas. Son artefactos que explotan»; se llaman convivir algunas de las bandas que asesinan gente en Colombia, a la sombra de la protección militar; Dignidad era el nombre de unos de los campos de concentración de la dictadura chilena y libertad la mayor cárcel de la dictadura uruguaya; se llama Paz y Justicia el grupo paramilitarque en 1997, acribilló por la espalda a cuarenta y cinco campesinos, casi todos mujeres y niños, mientras rezaban en una iglesia del pueblo de Acteal, en Chiapas.
Os reíais como locas. Teníais las piernas largas, las tetas grandes, el vientre plano. No: estabais gordas. Veníais de hogares rotos, de familias adineradas, vuestros padres estaban locos el uno por el otro. Vuestro padre era contable, miembro de un kibutz, un sintecho, profesor de Lingüística en la universidad. Os quería como se quiere a la hija pequeña. Fuisteis hijas únicas. Crecisteis en una familia cargada de hijos; tras años de tratamientos, os adoptaron. Inmigrantes de Etiopía. Se os daban bien las Matemáticas; os especializasteis en contabilidad. Literatura hebrea. Kinesiología. Queríais trabajar con niños, ser abogadas; vuestra madre era toxicómana (logró curarse por sus propios medios); tuvisteis un tío médico. No: estuvo preso por intento de asesinato. Erais rubias y en verano se os quemaban las puntas del pelo. No: teníais la melena negra, rizada. Nacisteis en San Petersburgo. No no: vuestros padres llegaron de Estados Unidos, nacisteis en una granja, solíais contestarles en hebreo cuando os dirigían la palabra en una babel de idiomas. Hablasteis ruso hasta los siete años y luego lo olvidasteis; tampoco recordáis la nieve. El hebreo fue la única lengua que aprendisteis. Os negabais a responderles a vuestros abuelos cuando os hablaban en amárico. Simulabais no comprender. Vuestro padre, el contable, os violó en su oficina. Vuestra abuela guardó la llave desde la guerra del 48. Fuisteis la nieta exitosa, la niña más preciosa del jardín de infancia, vuestros ojos adquirían una tonalidad violeta cuando os enfadabais, cuando insistíais en cerrar los ojos en el primer beso. Follabais. Nunca os corríais. ¡No!, os corríais todas y cada una de las veces. Odiabais tragároslo, pero lo hacíais siempre. Os gustaba tanto que, en plena acción, os ibais al baño para meteros los dedos en la garganta y así poder saborearlo de nuevo. Lo escupíais. Al cabo de dos meses os arrojasteis de lo alto de un edificio. Os ingresaron en un psiquiátrico. Llegasteis a la sala de guardia con los electrolitos bajos y el hígado destrozado, pero lograron salvaros en el último momento. Tuvisteis suerte. Estuvisteis una semana en cuidados intensivos y luego regresasteis. Teníais dinero. Comprabais ropa elegante. Juguetes para vuestros sobrinos. Esponjas anticonceptivas para poder trabajar sin interrupciones durante todo el mes. Cuando os topabais en el coche -una subiéndose; la otra bajándose- no sonreíais. Reíais. Vuestras risas eran tan estruendosas que los vecinos se hartaron. Fingíais gemir mientras llorabais con amargura. Sí: llorabais con amargura. Cuando regresabais a casa y os quitabais el maquillaje, éste se mezclaba con vuestras lágrimas de felicidad. Cuando salíais con vuestros amigos de la infancia, pedíais primero bebidas baratas y luego pasabais a las más caras. No teníais amigos. Tuvisteis un novio que era programador informático; trabajabais sólo cuando le tocaba estar de reservista o viajaba al extranjero por motivos de trabajo. Hablabais de quedaros embarazadas, pero tomabais anticonceptivos sin decirles nada. Os gustaban las mujeres. Os gustaban los hombres. Mucho. No os gustaba nadie. Erais guapas, teníais un cutis normal, pecas, los labios secos y os cortabais las uñas hasta sangrar, pues temíais lastimar a alguien. No queríais herir a nadie. Queríais matarlos a todos, queríais gritar y hubo una vez que gritasteis. Ése fue, sin embargo, un error que nunca repetisteis. Cerrabais el pico. Echabais polvos en los baños públicos, en las discotecas, en las escaleras de la torre del socorrista de la playa, en un hotel de lujo, en vuestras camas. Con la misma desenvoltura con la que os montabais en un coche que os aguardaba todas las noches, os bajabais. ¿Qué podíais perder? No teníais nada.
Detesto la vulgaridad del realismo en la literatura. Al que es capaz de llamarle pala a una pala, deberían obligarle a usar una. Es lo único para lo que sirve.
Oscar Wilde.
¡Reconozco que no hay ningún otro placer como la lectura! ¡No hay nada que canse menos que un libro!
Jane Austen
La literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos.
Paul Auster
En mi pobre vida, tan llana y tan tranquila, las frases son aventuras
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)