P.: ¿En qué se diferencia escribir una obra teatral y componer poemas?
R.: Pienso que requieren estrategias distintas. No hay dos cosas más distintas que escribir una obra de teatro para un público y componer un poema en el que principalmente te diriges a ti mismo, aunque obviamente sólo te sientas satisfecho si después el poema también significa algo para otras personas. Con un poema puedes decir: «Mediante palabras he plasmado mis sentimientos para mí mismo. Ahora tengo el equivalente en palabras de una parte de lo que siento». El poema, además, lo escribes para encontrar tu voz, que es algo muy importante. Piensas expresarte en tu propia voz, mientras que en una obra de teatro no puedes perder de vista que el texto está destinado a un público al que no conoces en el momento de escribir. Por supuesto que hay momentos en los que el método para escribir una obra de teatro converge con el de la poesía, de hecho pienso que eso es lo que debería ocurrir. Ambos métodos convergen a menudo en la obra de Shakespeare, cuando escribe un poema y a la vez piensa en términos de teatro, de los actores y el público. Todo viene a ser una misma cosa. Lograr eso es maravilloso, aunque a mí sólo me pasa en rarísimas ocasiones.
T. S. Eliot
Entrevista con T.S. Eliot (“The Paris Review”. 1953-1983)
Di toda la verdad pero dila sesgada — El éxito descansa en el rodeo Demasiado brillante para nuestro débil deleite La extraordinaria sorpresa de la verdad
Como un relámpago ha de explicarse a los niños Con amabilidad para que se apaciguen La verdad debe deslumbrar gradualmente O todos quedarán ciegos —
Miro hacia atrás y me pregunto si realmente he leído los libros que he leído. De algunos solo recuerdo una escena o una frase. Me duele tanto olvido, pero creo que no he perdido nada esencial. Todo lo leído permanece en mi interior, como una semilla que fructifica a cada instante.
Junto a las noticias sobre la contraofensiva alemana en el sur de Italia, en la sección de anuncios del periódico de Oporto O Primeiro de Janeiro del sábado 5 de febrero de 1942 figuraba este texto: “Joven instruida desea correspondencia con persona inteligente y culta”.
Mi madre ha muerto el lunes 7 de abril en el asilo de ancianos del hospital de Pontoise, donde yo la había ingresado hacía dos años. El enfermero ha dicho por teléfono: «Su madre ha fallecido esta mañana, después de su desayuno.» Eran alrededor de las diez.
Mi abuela llevaba bien la casa; es decir, que con el mínimo de dinero conseguía alimentar y vestir a su familia, alineaba en la misa a unos hijos sin rotos ni manchas y así se aproximaba a una dignidad que permitía vivir sin sentirse unos palurdos. Daba la vuelta a los cuellos y los puños de las camisas para que durasen el doble. Lo guardaba todo, la nata de la leche y el pan duro para hacer pasteles, la ceniza de la madera para la colada, el calor de la estufa apagada para secar las ciruelas y los trapos, el agua del aseo matinal para lavarse las manos durante el día. Conocía todos los gestos que arreglan la pobreza. Este saber, transmitido de madre a hija durante siglos, se detiene en mí, que no soy más que su archivera.
Para una mujer, el matrimonio era la vida o la muerte, la esperanza de arreglárselas mejor juntos o el hundimiento definitivo. Por consiguiente, era preciso reconocer al hombre capaz de «hacer feliz a una mujer». Naturalmente, no un mozo de la tierra, aunque fuese rico, que os hiciera ordeñar las vacas en un pueblo sin electricidad. Mi padre trabajaba en la cordelería. Era alto, cuidadoso de su persona. No bebía, guardaba su paga para montar su casa. Era de un carácter apacible, alegre, y tenía siete años más que ella (¡no iba a aceptar a un «galopín»!). Sonriendo y enrojeciendo, mi madre contaba: «Yo era muy cortejada, me habían pedido en matrimonio varias veces, pero fue tu padre el que yo elegí.» A veces añadía: «No tenía un aspecto vulgar.»
Ahora parece que escribo sobre mi madre para traerla, a mi vez, al mundo.
Trato de no considerar la violencia, los desbordamientos de ternura, los reproches de mi madre sólo como rasgos personales de carácter, sino de situarlos también en su historia y en su condición social. Esta manera de escribir, que me parece ir en el sentido de la verdad, me ayuda a salir de la soledad y la oscuridad del recuerdo individual, por el descubrimiento de una significación más general. Pero siento que algo en mí se resiste: querría conservar de mi madre unas imágenes puramente afectivas, calor o lágrimas, sin darles un sentido.
Esto no es una biografía, ni tampoco una novela, naturalmente. Quizá es algo que está entre la literatura, la sociología y la historia. Necesitaba que mi madre, nacida en un medio dominado, del que quiso salir, se convirtiese en historia, para sentirme menos sola y artificial en el mundo dominante de las palabras y de las ideas por el que, según su deseo, yo he pasado.
Mario Aznar, un inteligente debut entre Vila-Matas y ‘Rebeca’
‘Too late’ es la ópera prima del crítico y profesor murciano, uno de esos libros que merecerían el calificativo de “artefacto” si no fuera porque a estas alturas da pereza utilizarlo
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)