Theodor Kallifatides continúa recordando su ayer en «Lo pasado no es un sueño»
Theodor Kallifatides nos brinda en «Lo pasado no es un sueño» otro libro magistral, para deleite de los que ya conocen su obra y de los que todavía tienen la suerte de poder descubrirla.
La señora Lela, por el contrario, era la mujer más hermosa del barrio. Una bella morena de Mitilene, famosa ya desde la antigüedad por sus mujeres. Una vez a la semana daba una función con su propio guion y puesta en escena. Se trataba de cuando colgaba en el patio la ropa recién lavada. Los chicos del barrio, de los ocho años en adelante, ya nos habíamos encaramado en la morera que crecía afuera de su casa y la esperábamos hablando en susurros, a pesar de que ella sabía que estábamos allí. Salía llevando la ropa recién lavada en una cesta, la ponía en el suelo, y ahí venía nuestro primer shock. Se inclinaba para coger una prenda, el vestido se le levantaba un poquito y los chicos mayores perdían el aliento. El siguiente movimiento era todavía más atrevido. Sacudía la prenda, sus morenos pechos parecían salírsele de la blusa, las gotas de agua resplandecían como soles pequeñitos, algunos le caían encima. Los chicos mayores suspiraban con un deseo que yo desconocía. El momento culminante era cuando la señora Lela colgaba la ropa de la cuerda con el cuerpo estirado, su delgado vestido se le pegaba encima y, en vez de cubrirla, la descubría. Entonces los chicos más grandes desaparecían apresuradamente con la mano derecha en el bolsillo. Yo no entendía por qué, no estaba todavía maduro, pero la belleza de la señora Lela nos afectaba a todos. Incluida ella misma, porque su marido la golpeaba y por las noches oíamos sus súplicas sin que pudiéramos hacer nada.
De regreso en clase, mordisqueaba mi lápiz mientras los demás, sobre todo Meri, escribían con furor. Fue en ese momento cuando tuve mi primera idea literaria. Podría escribir de lo que había visto, escribiendo de otra cosa. Dicho y hecho… Sin ninguna dificultad escribí una pequeña historia sobre un combate entre dos ejércitos de hormigas. Todo cupo ahí dentro. El miedo, la repulsión, el deseo y ni una sola palabra sobre aquella pareja. Ésa fue mi salvación. El maestro se entusiasmó y leyó mi redacción delante de todos. De «bobito» pasé a ser el rey, gracias al lenguaje. Lo recordaría. Años después me vería obligado a repetirlo. Las puertas se me abrieron. Incluso Meri comenzó a mirarme con indulgencia, permitiéndome idolatrarla en la distancia. Ella se volvió mi horizonte.
Lo hice. Era invierno. Vivía en un apartamento pequeño cerca del Colegio, pero ya no daba clases. Había envejecido sin haber cambiado, más bien al contrario, se había vuelto más él. Los mismos ojos sonrientes y la misma sonrisa infantil que yo recordaba. En su habitación hacía un frío terrible. Él llevaba puesto el abrigo y unos guantes con los dedos cortados, como los de los ciclistas, para poder escribir. Ningún mueble. Sólo su escritorio cargado de libros y en el suelo fardos de papel de periódico. Tres grandes fardos. Vio mi extrañeza y sonrió. –No volverá a faltarme el papel –dijo, y añadió que durante su destierro, lo peor no habían sido las golpizas, las torturas, la falta de sueño o el miedo a la muerte. De todo, lo que más había echado en falta había sido el papel. El no tener donde escribir. Ésa fue su última lección. Salí con lágrimas en los ojos y juré que jamás escribiría nada que no fuera una cuestión de vida o muerte, nada que no brotara de mis entrañas y fuera producto de una dedicación sin límites. Era un compromiso ambicioso y, aun si fracasaba, habría valido la pena.
Conocí a muchos escritores en aquellos tiempos. No los mencionaré a todos, pero todos me enseñaron alguna cosa, principalmente los sagaces franceses Stendhal, Maupassant, Gide, Sartre y todavía más Nietzsche, de la pequeña ciudad prusiana de Röcken, cuya megalomanía romántica se veía resaltada por un enorme bigote. Pero la última gran impresión de mi adolescencia la recibí de Simone de Beauvoir con El segundo sexo. Después de la propaganda masculina de siglos, que ya circulaba por nuestras venas, de pronto apareció aquella hermosa francesa que con una implacable lucidez nos abrió los ojos. Jamás volveríamos a ver a la mujer como antes.
Continué escribiendo poemas y relatos que no le mostraba a nadie, ni a Kostakis. ¿Por qué escribía? No lo sabía. Algo era seguro. Que salvo las horas con María, nada me llenaba tanto como los momentos frente al papel en blanco y con el mundo entero en la cabeza. Incluso las horas con María brillaban más cuando escribía sobre ellas. Era como si la vida se agrandara, la probaba de nuevo, se volvía mía. La escritura exigía una concentración absoluta, tanto que comencé a ver incluso la felicidad como una forma de autoconcentración. Cincuenta años y cuarenta libros después no tengo una respuesta mejor. Escribo para conseguir la autoconcentración que exige la escritura. El resto son las consecuencias de esto.
Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:
—Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.
Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua… Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.
Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.
En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.
Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.
—Se trata —añadió— de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes. A tu hermano se lo dijimos también cuando cumplió tus años.
Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.
—Yo —añadió— también lo fingí. Como comprenderás, si ellos se quedan más tranquilos así, tampoco cuesta tanto darles gusto.
Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.
Al regresar de las vacaciones de Navidad al colegio, comprobé que a todos los de mi clase les habían dicho que los Reyes eran los padres, y todos se lo habían creído.
Estuve a punto de sacarles de su error, pero mi hermano también me había dicho que ni se me ocurriera, porque me tomarían por loco. La conspiración para eliminar esa creencia de la cabeza de los chicos era prácticamente universal y resultaba ingenuo tratar de enfrentarse a ella, pese a las numerosas pruebas existentes, repartidas entre la Biblia, la Historia Sagrada y los propios hechos, pues lo cierto es que aun después de dejar de creer en los Reyes la gente continuaba recibiendo regalos.
Tuve la suerte, en fin, de mantener esa ilusión durante mucho más tiempo que mis compañeros. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.
El poema va hasta donde puede, y hay ahí plenitud. Y al mismo tiempo fracasa, vuelve al punto de partida, al vacío y ser nada que ha de volver a visitar. Se trata de una escucha que no cesa o parece que no cesa.
Escribir es más que vivir, es vivir dos veces. O es menos que la vida, es una relación especular, oblicua, distorsionada. Por eso a veces un texto nos hace llorar, pero el mérito de la emoción no es literario, el mérito es todo de la vida. Y viceversa.
[…] Y luego, esos escritores hacen lo que se llaman giras de conferencias y viajan de un lado a otro por toda Austria y por toda Suiza, sin dejarse ningún empobrecido poblado comunal, para leer en público su basura y dejarse agasajar, y se dejan llenar sus bolsillos de marcos y de chelines y de francos, así Reger. Nada es más repugnante que lo que se llama una lectura poética, dijo Reger, apenas hay cosa que aborrezca más, pero a toda esa gente no le importa nada leer públicamente por todas partes su basura. A nadie le interesa en el fondo lo que esa gente ha escrito apresuradamente en sus correrías literarias, pero ellos lo leen en público, se presentan y lo leen en público y se inclinan ante cualquier consejero municipal retrasado mental y ante cualquier concejal embrutecido y ante cualquier pazguato germanista, así Reger. Leen desde Flensburg a Bolzano su basura y se dejan mantener, sin el menor escrúpulo, de una forma vergonzosa. No hay nada más insoportable para mí que lo que se llama una lectura poética, dijo Reger, es repelente sentarse y leer la propia basura, porque toda esa gente, al fin y al cabo, no lee otra cosa que basura. Cuando todavía son muy jóvenes, al fin y al cabo puede pasar, dijo Reger, pero cuando son mayores y se acercan ya a los cincuenta y más, sólo resulta repugnante. Pero precisamente esos escritores de más edad son los que leen en público, dijo Reger, por todas partes, y se suben a cualquier estrado, y se sientan ante cualquier mesa para declamar su prosa embrutecida y senil, así Reger. Hasta cuando su dentadura postiza no puede contener ya en su boca sus mentirosas palabras, se suben al tablado en cualquier sala municipal y leen sus imbecilidades verborreicas, así Reger. Un cantante que canta sus lieder es ya insoportable, pero un escritor que presenta sus producciones resulta todavía mucho más insoportable, así Reger. El escritor que se sube a un estrado público para leer su basura oportunista aunque sea en la Iglesia de San Pablo de Frankfurt, no es más que un miserable cómico de la legua, dijo Reger. Por todas partes pululan esos cómicos de la legua oportunistas, dijo Reger. En Alemania y en Austria y en Suiza pululan esos cómicos de la legua oportunistas, así Reger. Sí, sí, dijo, la consecuencia lógica sería siempre una desesperación total en relación con todo. Pero me resisto a una desesperación total en relación con todo. Tengo ahora ochenta y dos años y me resisto con uñas y dientes a esa desesperación total en relación con todo, así Reger. En este mundo y en esta época, dijo, en la que sin embargo todo es posible, pronto no será nada posible.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)