¿En qué momento aprendí a escribir frases literarias? Ahí puede estar el quid de la cuestión, la esencia de todo aprendizaje retórico. ¿En qué momento uno se convierte en escritor? Posiblemente en el momento en que traspasa la frontera que separa una frase vulgar de una literaria. Si no recuerdo mal, Pere Gimferrer, en Itinerario de un escritor cita estos versos de Góngora: «quejándose venían sobre el guante / los raudos torbellinos de Noruega». […] Gimferrer nos explica el significado de estos versos aparentemente difíciles de comprender: el guante es el guante de los halconeros […]. «Los raudos torbellinos de Noruega» quiere decir los halcones que se suponía que venían de tierras hiperbólicas, precisamente de Noruega, que en aquel momento era un nombre genérico y extraordinario. / Está claro que Góngora podría haber utilizado un lenguaje más directo, más vulgar. Lo habríamos entendido mejor, pero no habríamos leído unos versos memorables, sino una frase de absoluta banalidad prosaica, como una de esas frases que solemos entrecruzarnos siempre con los taxistas de nuestras ciudades nerviosas./ La literatura apareció en mi guante como un raudo torbellino de Noruega.”
Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa, a su llegada al Universal Music Festival de Madrid en julio pasado.CORDON PRESS
Mario Vargas Llosa ha acabado un libro y está en puertas de publicarlo, y en ese espacio sagrado entre el punto final y la librería, su vida ha convulsionado
Los seres humanos se relacionan con los libros, en particular con las novelas con una intimidad que no se aplica a los demás objetos inanimados (…) Los libros se registran no solo como pensamientos articulados en el lector, sino también como emoción, shock, dolor, sorpresa, placer, alivio. Hasta que el lector no devuelve a la estantería el libro, este no recupera su condición de mero objeto, e incluso entonces la historia puede vivir en él como un recuerdo, que se evoca no como un largo recitado de frases encadenadas una tras otra, sino como imágenes y sentimientos que la obra ha dejado a su paso. Un libro querido permanece en el lector como un fantasma, con resonancias tanto conscientes como inconscientes.
Aunque el pasado 19 de febrero celebramos el centenario del nacimiento de Carson McCullers (1917-1967), y el próximo 29 de septiembre conmemoraremos los
Tiempo después, aquella sonrisa permanecería en el recuerdo de Clara intacta y precisa, por encima de todas las demás. Su padre era el rey de las sentencias y de los aforismos, de las profesiones de fe y de las teorías alambicadas, elaboradas a partir de fórmulas matemáticas que se divertía aplicando a las vicisitudes de la vida cotidiana. Sin embargo, aquella noche había querido decir unas palabras tan sencillas que se le habían ido de la cabeza. Había querido decir: Ten cuidado. Apenas unos meses después, estaba muerto.
Desde un punto de vista más íntimo -un tema del que nunca hablaba en público-, Clara se había enamorado en dos ocasiones. Y en las dos había acabado renunciando. Una sensación, una disposición, una debilidad propias del enamoramiento, un estado físico, fisiológico, que denotaba ciertas expectativas, o cierta dependencia, o una simple alteración del ánimo, un estado que le daba la impresión de reducir sus facultades en lugar de ampliarlas, acababa siempre por cortarle las alas. Entonces aparecía el miedo, un miedo cerval, irracional, que la llevaba a distanciarse. De su última relación, la más intensa, la más obsesiva, no quedaba más que una correspondencia vía email. Clara escribía correos al hombre que había amado y este, tras varios meses de silencio, había empezado a responderle.
Creían que el Gran Hermano se encarnaría en una potencia exterior, totalitaria, autoritaria, contra la cual habría que rebelarse. Pero el Gran Hermano no había tenido ninguna necesidad de imponerse. El Gran Hermano había sido acogido con los brazos abiertos y el corazón ávido de likes, y cada cual había aceptado ser su propio verdugo. Las fronteras de lo íntimo se habían desplazado. Las redes sociales censuraban las imágenes de tetas y culos. Pero a cambio de un clic, de un corazón, de un pulgar levantado exponíamos a nuestros hijos, a nuestra familia, contábamos nuestra vida. Cada cual se había convertido en el administrador de su propia exhibición, y esta se había vuelto un elemento indispensable para la realización personal,
A lo largo de todos aquellos años, Sammy había encajado los insultos, las parodias y los motes. Oleadas de odio y de sarcasmo. Sin replicar jamás. Como si nada pudiera hacerle dudar. Explicaba a quien quisiera oírlo que estaba labrándose un futuro. Que sería famoso y ganaría mucho dinero.
Ferlosio fue un pensador a la contra de la opinión común, del tópico, de la pereza intelectual. Un infatigable impugnador de la doxa, la idea acríticamente aceptada.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)