Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalare un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás […]
1. Un buen narrador jamás usa el adjetivo “indescriptible”. Un buen narrador se dedica a cultivar con denuedo aunque sin exceso el jardín de la descripción.
2. Un buen narrador no escribe “Sofía era hermosa” y se sigue de largo. Un buen narrador se detiene en el lunar en un pómulo de Sofía.
3. Un buen narrador no escribe “Se sintió la furia de los elementos”. Un buen narrador logra que su tifón agite las palabras en la página.
4. Un buen narrador no escribe “Tenía la voz aguda” y lo olvida. Un buen narrador consigue lastimarnos el oído cada vez que suena esa voz.
5. Un buen narrador no escribe “Hicieron el amor durante horas”. Un buen narrador capta gritos y gemidos, la gota de sudor en un cuello.
6. Un buen narrador no escribe “Tuvo un sueño agitado”. Un buen narrador nos franquea la entrada al país convulso de las pesadillas.
7. Un buen narrador no escribe “Fugarse de la prisión parecía imposible”. Un buen narrador coloca a su reo en una celda junto al abate Faria.
8. Un buen narrador no escribe “El sol lo encegueció”. Un buen narrador obliga a abrir los ojos en el punto más alto del deslumbramiento..
9. Un buen narrador no escribe “Lo esperaba un largo camino”. Un buen narrador nos entrega el calzado que resistirá la andadura de los días.
y 10. Un buen narrador nunca escribe “Y vivieron felices para siempre”. Un buen narrador sabe que lo único que durará para siempre es la muerte.
Una vez, en plena mala racha, escribí con letras enormes en una doble página de un cuaderno que la inocencia se termina cuando a uno le roban la ilusión de que se cae bien a sí mismo. Aunque ahora …
¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.
Roberto Bolaño, en «Los sinsabores del verdadero policía».
Tu tarea es llevar la vida en alto, jugar con ella, lanzarla como una voz a las nubes, a que recoja las luces que se nos marcharon ya. Ese es tu sino: vivirte. No hagas nada. Tu obra eres tú, nada más.
La vida en la tierra sale bastante barata. Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo. Por las ilusiones, sólo cuando se pierden Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)