Llegará el tiempo en que, con alegría, te saludarás a ti mismo al llegar a tu propia puerta, y ante tu propio espejo cada cual sonreirá al recibirse mutuamente,
y dirá, siéntate aquí. Come. Amarás otra vez al extraño que fuiste. Dale vino. Dale pan. Devuelve tu corazón a sí mismo, al extraño que te amó
durante toda tu vida, a quién ignoraste por otro, a quien te conoce de memoria. Quita las cartas de amor de los estantes,
las fotos, las notas desesperadas, Arranca tu propia imagen del espejo. Siéntate. Celebra tu vida.
¿Por qué contamos historias? ¿Por qué tenemos esta profunda necesidad de contarnos los unos a los otros tanto lo real como lo inventado? ¿Por qué tenemos la necesidad de inclinarnos sobre la mesa o junto a la chimenea o sobre el formidablemente enrevesado cableado de internet y susurrar lo de «Escúchame»? Lo hacemos porque estamos hartos de la realidad y porque necesitamos crear lo que todavía no existe.
Los poemas y las narraciones crean lo que está por llegar. Cualquier frase brotada de la imaginación es un poderoso alegato a favor de lo nuevo. La literatura propone posibilidades, y luego saca verdades de ellas. La narrativa es una de las evidencias más profundas que se nos ha concedido para demostrar que estamos vivos.
En realidad, el auténtico significado de la palabra ficción es moldear o dar forma. Proviene de la voz latina fictio y su verbo es fingere, mientras que su participio pasado es, curiosamente, fictus. No significa (necesariamente) mentir ni inventar. Y tampoco significa que no participe de lo que es «verdad». Consiste en tomar lo que ya está allí y otorgarle una nueva forma.
La literatura puede ser un soporte, o un punto de apoyo contra el desasosiego. ¿Es eso suficiente? Por supuesto que no lo es, pero es todo lo que tenemos.
Quienes nos dedicamos a escribir lo hacemos porque deseamos recuperar percepciones borradas por el presunto aprendizaje, que nos volvió tan frecuentemente infelices.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)