El Vieco cortaziano C

¿Existió la Maga de Rayuela?

Edith Aron, nació en Alemania y conoció a Cortázar en 1950, cuando ambos tomaron un barco rumbo a Europa.

Contaba Aron: «Luego, en París, me lo encontré tres veces en distintos lugares. Para él, muy influenciado por los surrealistas, la casualidad contaba mucho.»

Así nació una compleja historia de amor.

Un día, Cortázar le anunció: «Quiero escribir un libro mágico». El libro fue Rayuela, y según confesó después a su editor y a la propia Edith por carta, ella fue la inspiración para La Maga.

A Edith Aron nunca le gustó que la identificaran con el personaje de Rayuela.

Tampoco le gustó la dedicatoria del libro «fría y distante», ni que Julio luego eligiese a Aurora Bernárdez, ni que le haya negado la posibilidad de traducir Rayuela al alemán.

Edith murió en el 2020, en Londres, con 96 años.

«…acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.»

(A través de Historia de la Literatura)

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El virus de lo absoluto, George Steiner

Una vez que un hombre o una mujer jóvenes son expuestos al virus de lo absoluto, una vez que ven, oyen, huelen, la fiebre en quienes persiguen la verdad desinteresadamente, algo de su resplandor pe…

Origen: El virus de lo absoluto, George Steiner – Calle del Orco

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La soledad se hace sola. Marguerite Duras

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: «Escribe, no hagas nada más».
Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.
Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada. Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que vaya, dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitas desesperaciones. Durante aquel periodo tuve amantes. Rara vez he estado absolutamente sin amantes. Se acostumbraban a la soledad de Neauphle. Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez, escribieran libros. Raramente daba a leer mis libros a esos amantes. Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben. Cuando terminaba un capítulo, lo escondía. En lo que a mí respecta, es tan verdad que me pregunto qué pasa en otras partes y también cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante. En tal caso, también hay que esconder a los amantes el amor del marido. El mío nunca ha sido sustituido. Lo sé, todos los días de mi vida.
Esta casa, esta casa es el lugar de la soledad, sin embargo da a una calle, a una plaza, a un estanque muy antiguo, al grupo escolar del pueblo. Cuando el estanque está helado, hay niños que vienen a patinar y me impiden trabajar. Les dejo hacer. Los vigilo. Todas las mujeres que han tenido hijos vigilan a esos niños, desobedientes, locos, como todos los niños. Pero, qué miedo, cada vez, el peor de los miedos. Y qué amor.
La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir.
Esta casa se puede recorrer en toda su extensión. Sí. También se puede ir y venir. Y además hay el jardín. Allí, están los árboles milenarios y los árboles todavía jóvenes. Y hay alerces, manzanos, un nogal, ciruelos y un cerezo. El albaricoquero murió. Frente a mi habitación se halla el fabuloso rosal de LHomme Atlantique. Un sauce. También hay cerezos de Japón y lirios. Y, debajo de una ventana del salón de música, hay una camelia, que plantó Dionys Mascolo para mí.
Primero amueblé esta casa y luego la hice repintar. Quizá fue dos años después cuando empecé a vivir con ella. Terminé 
Lol V. Stein aquí, escribí el final aquí y en Trouville frente al mar. Sola, no, no estaba sola, había un hombre conmigo en aquella época. Pero no hablábamos. Como escribía, era necesario evitar hablar de libros. Una mujer que escribe: los hombres no lo soportan. Es cruel, para un hombre. Es dificil para todos…

Fuente: Duras, Marguerite, Escribir, Tusquets, Madrid, 1993.

Marguerite Duras

(A través de Casa de Letras)

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Cuaderno de poemas. «Lluvia de octubre». Circe Maia

Que las baldosas toquen con tanta suavidad las baldosas
hace que no parezca muy real esta lluvia,
ningún ruido.
Solo se ve prenderse y apagarse los pequeños círculo,
dando golpes al agua, blandamente.
Se encienden y se apagan, como pequeños signos
-cambiantes, rapidísimos-
de un código secreto.

Circe Maia
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Ventana a YouTube. Joe Bonamassa & John Hiatt – «Down Around My Place» – Beacon Theatre Live From New York

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Vídeo. Maya Plisétskaya, interpretando La Muerte del Cisne en 1975, a los 50 años de edad

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Álbum de librerías incompleto 236

Librería Biblioteca de Alejandría. Madrid
Librería La mar de letras. Madrid
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“La poesía de Szymborska está más viva que nunca” | Letras Libres

Trastos, recuerdos, de Anna Bikont y Joanna Szczęsna, es una biografía cuidada y minuciosa de la nobel Wisława Szymborska.

Origen: “La poesía de Szymborska está más viva que nunca” | Letras Libres

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Leemos libros. Ursula K. Le Guin

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Vidas ocultas. Antonio Muñoz Molina

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