De izquierda a derecha, los escritores Colin Barrett en 2019, Maggie O’Farrell en 2023 y Audrey Magee en 2023.Anoush Abrar / Getty / Alamy
Los éxitos de Maggie O’Farrell y Sally Rooney se cuentan entre lo más impactante de lo ocurrido en la última década en lo que a literatura europea anglosajona se refiere. ¿Tiene la nueva tradición ‘irish’ algo en común con la experimentación formal del pasado?
Cuando pienso en las diferencias entre una novela y unas memorias pienso en lo que hace un mago en el escenario. Cuando vas a ver a un mago estás dispuesto a ser engañado, sabes que un ramo de flores no se puede transformar en un conejo, sabes que te están engañando y quieres que te engañen, das tu consentimiento para ser engañado. Ahí radica su belleza. Y eso solo ocurre con la novela. Para mí, las memorias solo consiguen su máximo poder en la medida en que están dispuestas a reconocer su parte de ficción.
(…) La memoria es una herramienta de la imaginación, un instrumento para hacer ficción. Una herramienta en la que no podemos confiar. Porque cuando escribes unas memorias, cuando miras atrás y ves la vida que has vivido, lo que haces es buscar patrones: ¿Cuándo empezó todo? ¿Cuándo empezó a ir todo mal? ¿Cuándo me di cuenta de que iba a ser escritor? Puede ser un auténtico intento de ver un patrón, un patrón auténtico, pero eso no existe, el patrón es algo que la inteligencia humana impone sobre el caos del universo. El simple hecho de ver un patrón en nuestra experiencia es un acto de ficción.
Hace tiempo tuve ocasión de hablar con un crítico de una novela inglesa recientemente traducida, y de asombrarme ante él de que la crítica la acogiera con un completo silencio. “Y sin embargo —le d…
R.: Es bastante peculiar. Cuando escribimos juntos, cuando colaboramos, nos llamamos «H. Bustos Domecq». Bustos era el apellido de un tatarabuelo mío, y Domecq el de un tatarabuelo suyo. Lo peculiar es que, cuando escribimos, casi siempre cosas humorísticas aunque puedan ser trágicas, las historias están escritas en un tono humorístico, o como si el narrador apenas entendiera lo que está contando —cuando escribimos juntos, digo, el resultado, si tenemos éxito-ya veces lo tenemos, ¿por qué no?, al fin y al cabo estoy hablando en plural, es muy diferente de lo que escribe Bioy Casares y de lo que escribo yo mismo. Incluso las bromas son de otra clase. Así que hemos creado entre los dos una especie de tercera persona; en cierto modo hemos engendrado una tercera persona que no se parece.
(…)
Creo que esa es la única forma posible de colaborar. Por lo general, desarrollamos juntos el argumento antes de ponernos a escribir; lo hacemos a máquina, porque él tiene una máquina de escribir. Primero trazamos la historia en su conjunto; después discutimos los detalles y, por supuesto, los cambiamos. Ideamos, por ejemplo, el principio de la historia, pero después ocurre que el principio debería ser el final, o que podría ser más sorprendente si algún personaje guardara silencio o si dijera algo completamente fuera de lugar. Una vez escrito el relato, si nos preguntan qué adjetivo o qué frase de es Bioy o mía, no sabríamos responder.
Entrevista con Jorge Luis Borges (“The Paris Review”. 1953-1983)
Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz; si como muros que se derrumban, para saludar la verdad erguida en medio, pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor, la verdad de sí mismo, que no se llama gloria, fortuna o ambición, sino amor o deseo, yo sería aquel que imaginaba; aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos proclama ante los hombres la verdad ignorada, la verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu como leños perdidos que el mar anega o levanta libremente, con la libertad del amor, la única libertad que me exalta, la única libertad por que muero.
Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)