15 de junio de 1970 Querido Roland Barthes: La lectura de su artículo sobre Massin en un reciente Observateur me hace lamentar, una vez más (y debo decirlo, cada vez con mayor amargura), su silenci…
La poesía puede presentarse al lector bajo la apariencia de muchas encarnaciones diferentes, combinadas, antagónicas, simultáneas o totalmente aisladas, de acuerdo con la voz que convoca sus apariciones.Puede ser, por ejemplo, una dama oprimida por la armadura de rígidos preceptos, una bailarina de caja de música que repite su giro gracioso y restringido, una pitonisa que recibe el dictado del oráculo y descifra las señales del porvenir, una reina de las nieves con su regazo colmado de cristales casi algebraicos, una criatura alucinada con la cabeza sumergida en una nube de insectos zumbadores, una anciana que riega las plantas de un reducido jardín, una heroína que canta en medio de la hoguera, un pájaro que huye, una boca cerrada. Las imágenes creadas por sus resonancias se fijan, se superponen, se suceden. ¿Cuál será la figura verdadera en este inagotable calidoscopio? Todas y cada una. La más libre, la más trascendente sin retóricas, la no convencional, la que está entretejida con la sustancia misma de la vida llevada hasta sus últimas consecuencias. Es decir, la que no hace nacer fantasmas sonoros o conceptuales para encerrarlos en las palabras, sino que hace estallar aun los fantasmas que las palabras encierran en sí mismas. Pero estas conclusiones enuncian características y no significados de la poesía. Y es casi fatal que así sea, porque la poesía en su esencia, en su representación total, así como el universo, como esa esfera de la que hablaban Giordano Bruno y Pascal, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, es inaprensible. No se la puede abarcar en ninguna definición. Cualquiera sea el centro cambiante desde el que se la considere —pepita de fuego, lugar de intersección de fuerzas desconocidas o prisma de cristal para la composición y descomposición de la luz—, su ámbito se traslada cuando se lo pretende cercar y el número de alcances que genera continuamente excede siempre el círculo de los posibles significados que se le atribuyen. Intentar reducirlos a una fórmula equivale a suspender el vuelo de una oropéndola, a paralizar a un ángel, a domesticar a un dios natural y salvaje y a someterlos a injertos, a operaciones artificiosas y a disecciones hasta lograr cadáveres amorfos. Porque la poesía es un organismo vivo, rebelde, en permanente revolución, y aun la definición más feliz, la que parece aislar en una síntesis radiante sus resonancias espirituales y su mágica encarnación en la palabra, no deja de ser un relámpago en lo absoluto, un parpadeo, una imagen insuficiente y precaria. La poesía es siempre eso y algo más, mucho más. Tenemos que conformarnos con aludir a ella a través de los medios de que el poeta se vale para alcanzarla, confundiendo así de alguna manera el camino con el objetivo. Unos y otros poetas se han referido y se refieren a la poesía desde el propósito que ha sustentado su acto creador, porque,…
Yo pronuncio tu nombre en las noches oscuras, cuando vienen los astros a beber en la luna y duermen los ramajes de las frondas ocultas. Y yo me siento hueco de pasión y de música. Loco reloj que canta muertas horas antiguas.
Yo pronuncio tu nombre, en esta noche oscura, y tu nombre me suena más lejano que nunca. Más lejano que todas las estrellas y más doliente que la mansa lluvia.
¿Te querré como entonces alguna vez? ¿Qué culpa tiene mi corazón? Si la niebla se esfuma, ¿qué otra pasión me espera? ¿Será tranquila y pura? ¡Si mis dedos pudieran deshojar a la luna!
El escritor parisino Miguel Bonnefoy, autor de ‘El sueño del jaguar’. / Aurèlie Lamarchère
Crítica del libro de Miguel Bonnefoy ‘El sueño del jaguar’ | El Periódico
Una premiada novela que es tanto la historia del escritor como del imaginario colectivo de un país, Venezuela, que acabó por tener un ‘boom’ petrolero que lo llevó a la ruina
Al tercer día de su vida, Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre. Nadie fue capaz de determinar con exactitud la fecha en que lo hallaron; se sabe apenas que todas las mañanas una mujer miserable acostumbraba a sentarse siempre en ese mismo lugar, colocaba a sus pies una escudilla hecha con una corteza de calabaza y alargaba una mano frágil en dirección a quienes pasaban por el atrio. Cuando descubrió a la criatura, la apartó con un gesto de disgusto, hasta que de pronto una cajita brillante escondida entre los pliegues del arrullo atrajo su atención; alguien la había dejado a modo de ofrenda. Un rectángulo de estaño, color plata, con finos arabescos tallados. Era un artilugio para mentir tabaco. La mujer lo afanó, guardándoselo en el bolsillo del vestido, y se desentendió del bebé.
Aquellas carnes desmesuradas, sin embargo, estaban embridadas por el peso del apellido familiar, Rodríguez, por la rigidez de ese padre austero que la había criado sin ayuda en las servidumbres de la Iglesia católica, y por un increíble amasijo de capas de vestidos, corsés y cuellos abotonados de los que solo estaba autorizado a deshacerse para dormir. El reino envidiable de su cuerpo, aquella feminidad explosiva que habría ruborizado a cualquier princesa, se le escamoteaba al mundo mediante una muralla de presillas metálicas y cintas anudadas, así como a través de la vigilancia incorruptible de su padre, que manifestaba unos celos feroces ante la idea de que un hombre pudiera respirar el aire que la envolvía. Le prohibía salir sola durante el día y por las tardes, a la hora en la que la luz volvía engañosa la belleza de las mujeres, la sacaba a dar una vuelta por la plaza, con semblante impenetrable y humor gruñón, prendida de su brazo.
Desde el preciso instante en que Antonio cruzó el umbral, Ana María comprendió que la prisión había cambiado a su hombre. Este llevaba un traje viejo sin camisa, la corbata en la mano, y debajo del brazo unos trapos impregnados de la sangre de su frente. Una barba tupida, tan negra que era casi azul, cubría su cara desde el final del cuello hasta la raíz de los ojos y le confería la apariencia de un náufrago. Su mirada, derrotada por las humillaciones y las privaciones, había adquirido una frialdad de hierro. Estaba más delgado, más demacrado, más viejo, y Ana María identificó en él por primera vez las señales del anciano que llegaría a ser. Apretaba en el puño la corbata mojada y arrugada con la misma dureza ansiosa y decidida que se leía en sus ojos, y solo aflojó la mano cuando Ana María le ofreció a su hija envuelta en un arrullo blanco.
De todos los bebés que nacieron aquel día, fue imposible imaginar que Venezuela no fuera una mujer libre. Parecía haber asumido la fuerza de la rebelión durante aquella tarde abrasadora en la que un grito había traspasado la ciudad, la calle llena de astros y desastres, como si en el vientre de su nombre de pila concentrara la bulliciosa dignidad de un pueblo. Ávida y golosa de todo, Venezuela se crio con el ímpetu de un motín. Así pues, de pequeña no conoció ni ese período de borrado y abandono al que con su edad se había visto abocada su madre —que Ana María había atravesado como una sorda, sin captar la realidad— ni la fogosidad desatada del joven Antonio cuando robó un peñero en las riberas de Santa Rita, y sin embargo despertaban en ella un hambre, un arco en tensión, una disciplina y una necesidad.
Cristóbal nació en París el día en que se inauguró en Maracaibo la calle Antonio Borjas Romero. Llegó al mundo durante el invierno más frío de Francia, mientras afuera el viento hacía crujir los puentes y resquebrajaba las piedras, y el aire era tan gelido que partía la hierba de los parques como si fueran agujas de cristal. El grito que profirió al salir, a un lado del océano, fue similar a los golpes del buril que martillearon al otro lado los artesanos contra el mármol de la placa. Eran los golpes que consolidaban una existencia e inauguraban otra. Con ochenta años de distancia, uno había cargado ya el mundo sobre sus hombros, mientras que el otro nada conocía de su peso, y aquel alarido procedente de las generaciones, de aquel que accedía a la vida, y que Venezuela acompañaba con sangre y dolor, se reconocía en el eco de su abuelo, quien en aquel preciso instante accedía a la historia.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)