Lectura: «La vegetariana». Han Kang

LA VEGETARIANA HAN KANG | Así es ‘La vegetariana’, de Han Kang: una mujer que quiere ser una planta

La autora coreana obtuvo el Man Booker Prize internacional del 2016 por su novela sobre una mujer que rechaza de forma radical la violencia del género humano

Origen: LA VEGETARIANA HAN KANG | Así es ‘La vegetariana’, de Han Kang: una mujer que quiere ser una planta


Textos

Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez. No era ni muy alta ni muy baja, llevaba una melena ni larga ni corta, tenía la piel seca y amarillenta, sus ojos eran pequeños, los pómulos algo prominentes, y vestía ropas sin color como si tuviera miedo de verso demasiado personal. Calzada con unos zapatos negros muy sencillos, se acercó a la mesa en la que yo estaba sentado con pasos que no eran ni rápidos ni lentos, ni enérgicos ni débiles.


Mi muñeca está bien. No me duele. Lo que me duele es el pecho. Tengo algo atascado en la boca del estómago. No sé qué es. Siempre está ahí. Ahora siento esa pesada masa a todas horas aunque no lleve el sujetador. Por más que respiro profundamente, no se me aligera el pecho. Son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar.


Le gustaron sus ojos pequeños de párpados lisos, su voz algo áspera pero directa, sin ese deje nasal que tenía su mujer, su modo de vestir simple y hasta esos pómulos prominentes que le daban un aspecto andrógino. Comparada con su mujer quizás fuera menos bonita, pero se podía sentir en ella la fuerza de un árbol silvestre y sin poder. Esto no significaba que se hubiera sentido atraído hacia su cuñada desde el principio. Simplemente se le había pasado por la cabeza que le gustaba, que a pesar de que las dos hermanas se parecían mucho, su cuñada le provocaba una impresión sutilmente diferente.


Entonces él se dio cuenta de qué era lo que le había impactado tanto cuando ella se tendió sobre la sábana al principio. Era un cuerpo exento de deseo y paradójicamente era también el bello cuerpo de una mujer joven. De esa contradicción emanaba una fuente de fugacidad, una fugacidad extraña y sólida. La luz del sol se diseminaba a través del ventanal como en infinitos granos de arena y, aunque no fuera perceptible a la vista, la belleza de ese cuerpo también se estaba desmoronando como arena pulverizada… Una multitud de sentimientos indescriptibles lo asaltaron a la vez, llegando incluso a apaciguar el deseo que lo había estado atormentando tenazmente durante todo un año.


Sin saber por qué le corrieron las lágrimas, se aferró con fuerza al volante. Puso varias veces en movimiento el limpiaparabrisas hasta que se dio cuenta de que lo que estaba borroso no era el vidrio sino sus ojos. No podía entender por qué la frase «tengo ganas de morirme» salía expulsada continuamente de su cerebro como un conjuro. Tampoco sabía por qué la respuesta «entonces muérete» lo asaltaba a continuación, como si alguien dentro de sí mismo escuchara sus palabras y las contestara. Y tampoco podía comprender por qué esas palabras, que parecían un diálogo de terceros, tenían la propiedad de calmar su cuerpo tembloroso como si fuera un sortilegio.


Yeonghye está tendida muy rígida. Sus ojos parecen estar dirigidos hacia la ventana, pero, observándola con atención, se puede saber que no está viendo nada. No le queda carne en la cara, el cuello, los hombros, los brazos y las piernas. Parece una víctima de una zona catastrófica que sufre de inanición. Puede notar que le ha crecido un vello suave en las mejillas y los brazos, semejante al que tienen los bebés. Se acuerda de que el médico le explicó que es porque se le ha roto el equilibrio hormonal debido al tiempo que lleva sin comer.


—Yo no lo sabía. Yo creía que los árboles estaban de pie, derechos… Ahora lo sé. ¡Se sostienen al revés con las manos en el suelo! ¡Ven, mira! ¿No es asombroso? —dijo Yeonghye levantándose de un salto y señalando la ventana—. ¡Todos! ¡Todos están cabeza abajo!

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