Recibo la visita de un extraño,
un anciano implorante
que llama a mi puerta
y dice conocerme
No recuerda de dónde.
En el silencio de la casa
sus frases son incomprensibles,
como si hablara otro idioma
con las mismas palabras.
-Hubo un error- dice.
O quizás un desvío,
una mala elección.
Ahora se mesa los cabellos. Llora.
Me extiende un trozo de papel
en el que leo:
«No existe otro pasado
que aquel que mantuvimos,
ese instante de amor
que decidimos legar a las posteridades,
a distintos futuros
que llegaran con ansias
a decirnos: soy tuyo».
Se ha quedado dormido.
Ronca, desapacible.
Qué voy a hacer con este viejo,
me pregunto.
Como una obviedad más,
escucho -nítido- el tictac del reloj,
retrocediendo.
(A través de Isaias Garde)
