Lectura: «Suttree», Cormac McCarthy

Con la historia de Suttree, Cormac McCarthy explora la existencia en sus formas más rudas y hace una reflexión sobre la identidad y la ausencia de propósitos en la vida.

Knoxville, Tennessee, década de 1950. La novela relata algunos años de la vida del héroe que da nombre a la novela, Cornelius Suttree, un hombre que deja atrás su vida de familia acomodada, abandona a su mujer y se compra una barcaza, en la que vivirá, para convertirse en pescador uniéndose a una banda de vagabundos, ladrones, prostitutas, jugadores y demás parias cuya vida transcurre entre la mera supervivencia y una muerte sórdida.

El protagonista comparte los rasgos tradicionales de los héroes de McCarthy: es un solitario impenitente, acaba presa de un aislamiento que nunca se explica del todo y el momento de la vida en que se encuentra se describe con una crudeza y una intensidad poética que elude todo análisis. Así, la vida de Cornelius Suttree se convierte en el relato de una vida anónima, sin compromisos, que explora la existencia en sus formas más rudas de un modo que no está exento de lirismo, para acabar convirtiéndose en una reflexión sobre la identidad y la ausencia de propósitos en la vida.

(Contraportada)

Textos

Cuando el pescador pasó a su altura estaban subiendo a bordo un hombre muerto. Estaba muy tieso y parecía un maniquí, de no ser por la cara. Blanda e hinchada, la cara lucía un gancho cogido a un costado y una sonrisa de loco. De esta guisa lo izaron, aperchado de un pómulo. Una herida incruenta. El muerto pareció protestar en su rigidez, la cabeza al sesgo. Lo subieron a cubierta donde quedó tendido en su empapado traje a rayas y sus calcetines color limón mirando estrábico a los rescatadores, el gancho en la cara, como un burdo homúnculo acuático atrapado en una pesca a flor de agua y a quien la luz del día del Señor hubiera matado instantáneamente.


La luz de la puerta iluminaba la larga barra de caoba. Un ventilador de pie bailaba en su jaula y enormes moscas zumbantes iban y venían bajo las cañerías suspendidas del techo. Había prostitutas repantigadas en un banco cercano y la luz se colaba en brumosos palenques por los cristales polvorientos. El ciego Richard estaba sentado al fondo de la barra con una jarra de cerveza ante él y una colilla mojada quemando entre sus finos labios, las cuencas marchitas de los ojos bailando tras los párpados a media asta, la cabeza inclinada y pendiente de noticias de los recién llegados.


Ella estaba trajinando en la habitación de atrás. Al rato salió de detrás de la cortina y fue a sentarse a su sillón con los pies levantados. Segundos después estaba dormida, el ojo ciego semiabierto como el de un gato adormilado, la boca un bostezo permanente. Los dedos de sus pies asomaban por las pantuflas como ratoncitos oscuros. En su ancho rostro dos circunferencias que se cruzan, anillos de hada o de bruja, los pliegues de carne como una marca sacerdotal en una matriarca de la Edad de Piedra. Espiroqueta anular. He aquí por qué el hombre cae en las calles. Otra Jena, otros tiempos.


Y se sumergen en oscura reyerta, la humeante pista de baile convertida en tierra de nadie repleta de borrachos de aspecto mortífero que se tambalean con ojos inyectados y apestando a whisky casero. Rumor de pisadas, de puñetazos. Interminable rotura de cristales y sillas y en lo alto el intermitente silbido de botellas de whisky cruzando la sala como obuses para explotar en las paredes de bloque celular. Una oleada de cuerpos cayó sobre Suttree. Se levantó como pudo. En medio de todo aquello encontró a Kenneth Tipton aparentemente encerrado en un nimbo de paz, aguantándose la muñeca mientras abría y cerraba la mano. Me he jodido la mano, dijo. Luego fue arrastrado por el tumulto.


Suttree siguió su camino. Algún mostrenco mudo y contrahecho le paró con una mano regordeta sacada de la manga cavernosa de un gabán militar. Inscrito a glasto, un corazón marchito que exhibe un nombre eclipsado por la mugre. Suttree miró aquellos ojos arruinados que ardían en sus túneles de infortunio. La mitad inferior de la cara colgaba en carnosidades fofas como un escroto gigante. Una palabra de limosneo apenas musitada. Creando más congoja en tu corazón.

Cormac McCarthy
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