Lectura: «El grupo». Mary McCarthy

Mary McCarthy

Sale a escena Groucho Marx. Tiene delante un público entregado. Recogiendo con estudiada coquetería las puntas de su levita negra y con una sonrisa de damita mimosa, se contonea un poco por el escenario. Alguien le pregunta en qué colegio ha estudiado. Encomendándose al cielo y con los ojos cerrados, el cómico responde, “En Vassar, claro”. La carcajada es unánime. El colegio, me cuenta Laura García Lorca, formaba parte de las llamadas Seven Sisters, las siete escuelas hermanas de liberal arts que fueron las primeras solo para chicas en Estados Unidos, y en ellos empezaron a admitir también a muchachos hacia 1969. El objetivo era perpetuar la ruling class —es decir, los que mandan, los que deciden— y en dicho colegio estudiaron, para que os hagáis una idea, Jacqueline Kennedy, la poeta Elisabeth Bishop, Conchita Montes o Scottie, la hija de F. Scott y Zelda Fitzgerald. Entre los profesores había intelectuales de prestigio y, lo más interesante, ofrecían muchas becas. Con una de ellas estudió allí Mary McCarthy, cuyos padres, irlandeses, habían muerto en la epidemia de gripe de 1918. La niña se crío con un tío, exigente y católico, pero consiguió escapar y se cobijó en la casa de sus abuelos maternos de origen judío.

Estos detalles tediosos son, sin embargo, imprescindibles para comprender la abundancia de creencias diversas y encontradas que corrían por su sangre y el hecho de que en El grupo, su libro publicado en 1963 y reeditado ahora por Impedimenta, Vassar aparezca mencionado unas 30 veces. Casi tanto como los cocktails, pura agua bendita. Eran imprescindibles “para embalarse” y la autora les dedica, en esta especie de autobiografía novelada, dos páginas seguidas, la 25 y la 26. El que estaba de moda en ese momento era uno llamado Apple Rabbit. Era una modificación alcohólica de un ingenuo ponche para debutantes. El libro, todo un best-seller en su momento, traducido ahora con paciencia de santa y genio vivaz por Pilar Vázquez, empieza con una boda y termina con un funeral. No reviento la trama porque esto ya nos lo avisan en las solapas. Son exactamente 458 páginas destinadas, en cierto modo, a épater le bourgeois. McCarthy asoma la cabeza al gran público culto, que la conocía bien, pero por asuntos más académicos, como periodista y por su actividad docente, en un libro escrito sin permitirse un respiro, y, sin embargo, dejando adrede cabos por atar, algo muy característico de su escritura, que siempre gusta de jugar al escondite.

En esta historia de amigas que empiezan a vivir su vida, el despliegue de sabidurías frívolas enlaza casi sin sentirlo con citas eruditas, y te obliga a una lectura atenta, paciente, y que, en ocasiones, corre el riesgo de enfurecer al lector más bienintencionado: yo misma. Hay que añadir en su defensa que McCarthy no sólo escribía. Fue una mujer con una vida plena: cuatro maridos al menos, muchos viajes, casi todos los honores y contactos importantes. Era respetada, leída, invitada y envidiada. Pero se ve que, a cierta altura de su agitadísima existencia, necesitaba dar un zapatazo. Y, puesto que esta vez se abrió en canal, dejó atónitos a los más despistados.

En esta malévola guía de sociedad que es El grupo se habla de política (Franco, Trotsky, la guerra de Vietnam), de la anticoncepción, de lesbianas, de Lanvin y de Patou. Se critica el psicoanálisis, tan significativo en aquellos tiempos, se evoca la moda de vivir en pisos bohemios, de los criados portugueses, de la necesidad de que los niños no usen chupete y aprendan cuanto antes a montar a caballo, de las flores —las admirables zinnias blancas— e incluso de la manera adecuada de maquillar a un cadáver sin que el resultado parezca una máscara de teatro noh. Lo trágico y lo chusco —”medias de seda demasiado gruesas, ¡qué vulgaridad!”, escribe McCarthy— conviven unas veces y otras se ignoran. Los amores se superponen. El grupoconsiguió, nada más salir al mercado, escalar hasta la cima de la lista de ventas durante dos años seguidos. La historia de las ocho exalumnas de Vassar causó pasiones encontradas. Todas las protagonistas, sospecho, son la propia Mary McCarthy. Son ella y sus secretos.

Por suerte, yo había leído años atrás Entre amigas en una traducción luminosa de la poeta argentina Anna María Becciu. Se trata de la correspondencia de McCarthy con Hannah Arendt, un intercambio epistolar que se prolongó quince años, hasta la muerte de la segunda. Se habían conocido en el Murray Hill Bar de Manhattan en 1944. Esta amistad, que empezó, como todas las perdurables, con un malentendido, fue decisiva para apaciguar a Mary. De Arendt emanaba una especie de humanidad, y al recordarla, alguien dijo que “daba la impresión de estar hablando de algo más antiguo y más profundo, eso que ella entendía por la cultura europea y que fascinaba a sus nuevos amigos americanos”. Mary así lo entendió y su amistad prueba la calidad humana de dos mujeres tan distintas. “Nunca aprendí a ser breve”, confesó una vez McCarthy.

Nota bene. Acudo a mi amigo Jaime Lorente, pintor y profesor de arte, que leyó entero el libro y me transmite esta frase: “Hay que andarse con cuidado al escribir. Tanto aclarar, oscurece”.

María Vela Zaneti. Babelia


Textos

Todas sin excepción coincidían en que lo peor que podía sucederles era llegar a ser como mamá y papá, unas personas envaradas y timoratas. Ninguna de ellas, si podía evitarlo, pensaba casarse con uno de esos banqueros, agentes de bolsa o abogados, secos como palos y fríos como el hielo, con quienes se habían casado tantas mujeres de la generación de sus madres. Preferían vivir en la más espantosa pobreza y comer todos los días sardinas antes que verse forzadas a casarse con uno de aquellos aburridos jóvenes rubicundos de su clase social, que tenían sede en la Bolsa y los ojos enrojecidos, solo interesados en el squash, en las peleas de gallos y en reunirse a beber con sus amigos, exalumnos de Yale o de Princeton, promoción del 29, en el Racquet Club.


La riqueza era un obstáculo tremendo; te aislaba de la vida. La Depresión, pese a todo, había tenido un efecto maravilloso entre las clases privilegiadas: había hecho ver a cantidad de gente las cosas que verdaderamente cuentan en la vida. Priss no conocía una sola familia que no fuera más feliz y más sana después de verse obligada a reducir sus gastos; los sacrificios los habían unido.


—Me gusta la vida varonil —dijo él entonces—. Ir al bar. La vida al aire libre. Cazar y pescar. Me gustan las conversaciones entre hombres, esa forma de charlar sin idea de llegar a ningún lado, sino simplemente por el placer de darle vueltas y más vueltas a las cosas. Por eso bebo. En París me adapté muy bien entre los grupos de pintores, periodistas y fotógrafos. Tengo naturaleza de exiliado; con unos cuantos dólares o francos me basta. Nunca pasaré de pintor de segunda categoría, aunque dibujo bien y hago un buen trabajo, limpio. Pero odio los cambios, Boston, y no pienso cambiar. Ahí es donde tropiezo con las mujeres. Las mujeres esperan que una relación vaya a mejor, y si no es así piensan que va a peor. Creen que cuanto más me acueste con ellas más acabarán gustándome, y si no me sucede eso, creen que me he cansado de ellas. Pero para mí siempre es igual. Si me gusta la primera vez, sé que me seguirá gustando. Anoche me gustaste y me seguirás gustando mientras quieras seguir viniendo. Pero no se te ocurra pensar que llegarás a gustarme más. —Estas últimas palabras le salieron en un tono truculento, amenazador, y le clavó una severa mirada al tiempo que columpiaba ligeramente el cuerpo sobre las zapatillas plantadas en el suelo.


No sin cierta amargura, se había entregado a componer una nueva versión de las «Notas de la promoción» para la revista de Vassar. «Noticias del fin de semana del Aniversario de Washington. Anoche vi al marido de Kay Strong Petersen en los brazos de Norine Schmittlapp. Los dos tenían muy buen aspecto, y Kay espera un inminente ascenso en Macy’s. Más tarde, los convidados a la pequeña fiesta fueron gentilmente invitados a presenciar la solemne quema de un manuscrito. Kay sirvió un ponche “Pescador” tomado de una antigua receta colonial. Kay y Harald tienen un elegante piso en los alrededores de la calle Cincuenta Este, muy próximo al río, al que podrá tirarse Harald cuando su matrimonio “naufrague” (en el alcohol). A este respecto, la graduada en antropología Dottie Renfrew opina que ciertas nimiedades, como mentir, pueden llegar a ser importantes en el matrimonio. Si ella se casara con un hombre mentiroso de nacimiento, se amoldaría a esa costumbre tribal. ¿Tenéis algo que añadir a esto, Promoción del 33? No dejéis de escribirme a fin de abrir un estimulante debate al respecto.»


La atrajo hacia sí, se inclinó y la besó. Libby respondió; había soñado tanto con este momento que sabía exactamente cómo sería —la cabeza caída hacia atrás, como un cáliz, para recibir sus labios, las aletas de la nariz tensas, los ojos cerrados—. Los labios de Nils eran blandos y cálidos, al contrario de lo que había imaginado, pues siempre pensaba en él vestido con sus ropas de esquiar, blanco y gélido, el cabello rubio alborotado bajo la visera del gorro. La fina piel de la cara muy tirante en los altos pómulos sonrojados, y Libby había supuesto que, con toda esa vida al aire libre, sus labios serían firmes y tersos. Con sus labios acariciaba suavemente los de ella. Entonces la tomó de la barbilla, la miró a los ojos y la besó de forma apasionada, dejándola sin respiración. Libby dio un paso atrás, se tambaleó y consiguió desasirse.

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