Lectura: «Miss Marte». Manuel Jabois

El periodista y escritor Manuel Jabois. Dani Pozo.

Manuel Jabois: “Nos cambia toda la vida la primera persona que nos quiso o que nos protegió»

‘Miss Marte’ es el libro -poético, fantasmal y cinematográfico a la vez- que consagra a Jabois como novelista: un casi thriller sobre una niña desaparecida en la costa de Galicia.

Origen: Manuel Jabois: “Nos cambia toda la vida la primera persona que nos quiso o que nos protegió»


Textos

Girón era alto, mustio y tenía un punto cáustico y amargo. Llevaba tanto tiempo siendo alcalde que podía adivinar su número de concejales dependiendo de cuánta gente hubiese muerto en esa legislatura. Una vez la portavoz de la oposición bromeó con empezar a estudiar medicina paliativa; Girón, con retranca churchilliana, la animó muy sinceramente. Era hijo del anterior alcalde, Máximo Girón y Girón, un conservador que también le debía su éxito a una mano impecable en los velatorios, donde daba los pésames mejor que Dios: los dos ofrecían la misma sensación reconfortante, pero Girón al menos no se llevaba a nadie con él. «Los Girones llevan siendo alcaldes de Xaxebe desde que murió el primer habitante» era una frase típica del pueblo. Pero nunca se había enfrentado la estirpe a un suceso tan traumático como la desaparición de Yulia Lavinia. Ahora que lo pienso, sin cuerpo ni funeral ni nada.


Aquí, en el norte, si un hijo le da un beso a un padre es porque tiene pensado matarlo.


«Yo no les pedí a mis hijos que sacasen buenas notas, ni que no fumasen, ni que hostias; yo les pedí que tuviesen buenos amigos. Porque al final tus hijos no van a ser lo que quieres tú que sean, sino lo que quieren sus amigos. Un chaval a los trece años no quiere impresionar a su padre, quiere impresionar a su clase, y cuidado con eso», dijo.



Una de las leyendas más hermosas que se contaron tras la boda de Mai Lavinia y Santiago Galvache es que el amor la llevó a la locura, la locura a perder a su hija, y la pérdida de su hija al amor por ella, y el amor por ella, que había desaparecido, finalmente a la muerte.


Mai vestía un esmoquin blanco. Era un esmoquin blanco con pajarita negra, la mitad del pelo en ondas sueltas y la otra mitad rapada, poco maquillaje, raya negra en los ojos. Estaba dulcemente guapa, quizá también a punto de estar dulcemente loca, pero se le disculpaba. El esmoquin se lo había pedido a un camarero de Casa Saladina cuando fueron ella y Santi un día a probar el menú de la boda. Nos lo contó luego, durante la fiesta de Faxilda. Les estaban plantando delante una langosta y ella se quedó mirando al camarero —luego supo él que tomándole la medida como una boa constrictor—, y cuando volvió a recoger los platos salió detrás de él («voy al baño», se excusó). Lo abordó en la cocina, se lo llevó a una esquina («te voy a quitar la ropa, pero no hoy») y le pidió el esmoquin. «Lo pruebo mañana, te lo vuelves a llevar, ¿y me lo dejas para la boda?». El chaval balbuceó; no debía de tener más de dieciséis años, flaco y delgado, un poco más alto que Mai, de pieles blancas como la espuma. Ella lo miró de arriba abajo, entusiasmada: «Eres ideal». «Gracias», acertó a decir él. «Ideal para mi vestido de novia, tú me das un poco igual, eres muy pequeño».

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