En literatura no existen sinónimos ni equivalencias: no es lo mismo un rostro, que una cara o una jeta. “Dijo que estaba harto” no equivale a “–Estoy harto –dijo”. Aferrarse a una frase o palabra simplemente porque “ha salido del alma”, es por lo menos un riesgo: el alma, a veces, dicta obviedades. En Filosofía de la composición, Poe cuenta que, durante la escritura de su poema El cuervo, decidió que necesitaba un animal para que repitiera un leimotiv al final de cada estrofa. Y naturalmente el primer animal que se le cruzó fue el loro. A veces conviene sacrificar al loro.

(A través de «Las cuatro esquinas, una intersección literaria»)
«A veces conviene sacrificar el loro» ya se ha convertido en una regla para guiar mis horas de escribir. Gracias por escribir este puesto y por hacerme conocer a Liliana Heker.
Gracias por compartir!