Lectura: “La guerra de los pobres·. Éric Vuillard

Éric Vuillard o el encanto de reconstruir la Historia desde lo literario

Sin la brillantez alcanzada en ‘El orden del día’, el escritor francés vuelve a hacer uso de una punzante ironía y un gran dominio del lenguaje en ‘La guerra de los pobres’.

Origen: Éric Vuillard o el encanto de reconstruir la Historia desde lo literario | Letras Libres


Textos

Cincuenta años antes, una pasta ardiente había fluido desde Maguncia hasta el resto de Europa, había fluido entre las colinas de cada ciudad, entre las letras de cada nombre, en los canalones, en los recovecos de cada pensamiento, y cada letra, cada pedazo de idea, cada signo de puntuación, había quedado apresado en un trocito de metal. Esos trocitos los habían repartido en un cajón de madera. Las manos habían elegido uno, luego otro, y habían compuesto palabras, líneas, páginas. Los habían mojado con tinta y una fuerza prodigiosa había presionado lentamente las letras sobre el papel. Repitieron la operación decenas y decenas de veces, antes de doblar las hojas en cuatro, en ocho, en dieciséis. Las fueron colocando las unas a continuación de las otras, las pegaron entre sí, las cosieron, las envolvieron en cuero. De ese modo se formó un libro. La Biblia.


A John Wyclif se le había ocurrido una idea, ¡oh!, una pequeña idea, una menudencia, pero que había de causar un gran escándalo. A John Wyclif se le ocurrió la idea de que existe una relación directa entre los hombres y Dios. De esa primera idea se desprende, lógicamente, que todo el mundo puede guiarse por sí solo gracias a las Escrituras. Y de esa segunda idea se desprende una tercera: los prelados han dejado de ser necesarios. Consecuencia: la Biblia debe traducirse al inglés. A Wyclif —que, como puede verse, no andaba corto de ideas— se le ocurrieron, además, dos o tres pensamientos terribles: así, propuso que se designara a los papas por sorteo. Ya puestos a discurrir locuras, declaró que la esclavitud es un pecado. Luego afirmó que el clero debía vivir en lo sucesivo conforme a la pobreza evangélica. Por último, para acabar de hacer la puñeta a la gente, repudió la transubstanciación, pues la consideró una aberración mental. Y, como colofón, concibió su más terrible idea, y propugnó la igualdad entre los hombres.


Sin embargo, la palabra falsa transmitirá entre líneas una chispa de verdad. «¡No son los campesinos quienes se sublevan, sino Dios!», cuentan que dijo Lutero, al principio, en un aterrado grito de admiración. Pero no era Dios. Eran sin duda los campesinos los que se sublevaban. A no ser que llamemos Dios al hambre, la enfermedad, la humillación, la penuria. No se subleva Dios, se sublevan la servidumbre, los feudos, los diezmos, el decreto de manos muertas, el arriendo, la tala, el viático, la recogida de la paja, el derecho de pernada, las narices cortadas, los ojos reventados, los cuerpos quemados, apaleados, atenaceados.


La gente quiere historias, aclaran las cosas, dicen; y cuanto más auténtica es la historia, más gusta. Pero las historias verídicas nadie sabe contarlas. Sin embargo, estamos hechos de historias, nos han criado junto a ellas desde la infancia: «¡Escuchad! ¡Leed! ¡Mirad!», hágase nuestra verdad, que nos toque en lo más vivo, que nos envíe lo más lejos posible mediante imágenes y palabras.

Éric Vuillard
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