Dos poemas de Edith Södergran

Amor

Mi alma era un vestido azul pálido del color del cielo;

lo dejé sobre una roca, a la orilla del mar,

y desnuda me acerqué a ti y parecía una mujer.

Y como mujer me senté a tu mesa

y brindé con una copa de vino y aspiré el aroma de unas rosas.

Me encontraste hermosa y parecida a alguien que habías visto en sueños,

olvidé todo, olvidé mi infancia y mi patria,

sólo sabía que tus caricias me tenían cautiva.

Y tú, sonriendo, cogiste un espejo y me pediste que me mirase.

Vi que mis hombros estaban hechos de polvo y se desmoronaban,

vi que mi belleza estaba enferma y no tenía otro deseo que —desaparecer.

Oh, abrázame, abrázame con tal fuerza que no necesite nada más.

La luna

Qué maravilloso es todo lo muerto

y qué indescriptible:

una hoja muerta y un hombre muerto

y el disco de la luna.

Y todas las flores saben un secreto

y el bosque lo guarda,

y es que la órbita de la luna en torno a la tierra

es la ruta de la muerte.

Y la luna teje su maravillosa tela,

la que aman las flores,

y la luna teje su fantástica red

en torno a todo lo viviente.

Y la hoz de la luna siega flores

en las noches de finales de otoño,

y todas las flores esperan el beso de la luna

con infinito anhelo.

Edith Södergran
Esta entrada fue publicada en Colección de textos literarios o no y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s