Lectura: “Telefónica”. Ilsa Barea-Kulcsar


Textos

Miró hacia la oscuridad agobiante de afuera, en la que solo se reflejaba un cielo mate. No vio ningún bombardero, pero ¿cómo iba a verlos entre los jirones de nubes? El ruido de motores se aproximó, era un zumbido que atravesaba todo, pero no retumbaba. Manuel tensó todos los nervios tratando de escuchar y soportar la primera explosión. Cuando de pronto restalló un cañón antiaéreo justo al lado de la Telefónica, casi se llevó una desilusión. Vaya defensas más malas, solo algo mejor que una ametralladora, pensó Manuel, y se sentó porque estaba cansado de estar en cuclillas.


La planta once está en la parte superior de la torre. Desde la gran sala, que ahora está vacía, se puede divisar Madrid en tres direcciones. Anita ve la sierra, las colinas verdes de la Casa de Campo, los campos yermos de la meseta, tal y como los pudo contemplar por primera vez desde el avión. Ve Madrid, lo ve de una forma distinta que antes porque empieza a sentir la vida de la ciudad. Los colores puros y nítidos del paisaje son tan apacibles que se le hace un nudo en la garganta. Sobre la Casa de Campo, nubecillas blancas de humo que se disipan. Por encima, en el cielo, puntos negros. Puede ver las líneas del frente. Oye todo casi sin asimilarlo. Los cañones, las ametralladoras, los fusiles. ¿Quién está atacando? André le pasa los prismáticos. Distingue figuras que corren, cree entender que los nuestros están contraatacando y que la artillería enemiga les dispara. Pero en realidad no lo comprende. Ve granadas que impactan en las casas de la ciudad, le molesta no saber muy bien cómo se llaman los diferentes barrios.


De pronto tronaron bastante cerca las primeras explosiones del ataque nocturno. Los pilló desprevenidos. El aviso se dio en el despacho contiguo, donde el capitán Ramón hacía guardia, después de que cayeran las primeras seis bombas. Agustín se precipitó al teléfono. Anita se quedó sola unos momentos en el saloncito. El zumbido de los bombarderos casi rozando los tejados que lo penetraba todo y el tintineo y la vibración de las ventanas cayeron sobre ella como un manto de ruido asfixiante. Las explosiones —una tras otra o varias a la vez— eran tan fuertes que ya no se podían oír, solo se podían sentir en todas las fibras, como si fueran a desgarrar la casa y el propio cuerpo.


Algunos se dan la vuelta, luego siguen caminando: la explosión no ha sido cerca. Después, muchos se detienen y miran al cielo. Caminan rápido, cada vez más rápido, y la calle de repente está casi vacía. Los motores atruenan. Allí están, se los ve volar más allá de la torre de la Telefónica. Una, dos, tres, cuatro… cuatro son las bombas que cuenta Stephen Johnson. Él también camina tan rápido como los desconocidos que van junto a él. Luego echa a correr, porque esa gente de cara tranquila corre, y porque sabe que es estúpido quedarse quieto. Los bombarderos han virado a la derecha. Una, dos, tres —pausa— cuatro, cinco, seis bombas, cuenta, algo más lejos. El humo se eleva y se traga las perezosas nubes de humo de los incendios anteriores, de los incendios de ayer. Stephen ve cómo se destaca ante él la Telefónica en medio del cielo azul cubierto con un velo de humo. Pero no consigue cruzar la Gran Vía. La gente que lo rodea ya no corre, no grita, pero lo empuja irremediablemente a la entrada oscura de la estación de metro. Deja que lo empujen. Es reportero, tiene que ir con ellos, se dice. Desde la entrada bajan al subterráneo oscuro y abovedado por una escalera de hierro. No sabe cuántas personas hay dentro ni lo que hablan o piensan.

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