Lectura: “La gran fortuna”. Olivia Manning

Olivia Manning (1908-1980)

A bordo del Orient-Express por una Europa devastada

La autora británica Olivia Manning llevó a cabo un extraordinario proyecto narrativo, de seis novelas, sobre la II Guerra Mundial

Origen: A bordo del Orient-Express por una Europa devastada


Textos

Los salones del Athénée Palace abiertos al público estaban llenos a rebosar de invitados. Eran las primeras Navidades de la guerra, pero todo el mundo se había olvidado ya de la contienda. La amenaza de invasión había caído en el olvido. La vida en Rumanía siempre había sido difícil, así que la gente, como los conejos que han conseguido escapar de una trampa, se recuperaba muy deprisa y volvía a hacer su vida. Al ver a los invitados rumanos que llenaban el salón oficial con una copa en la mano, Harriet tuvo la impresión de que todos irradiaban seguridad y confianza en sí mismos. La nueva atmósfera se reflejaba en los periódicos de Bucarest, que llamaban la atención sobre la derrota alemana en la batalla del Río de la Plata. Los finlandeses, por su parte, estaban poniendo en apuros a los invasores soviéticos. Después de todo, las potencias que amenazaban a Rumanía a lo mejor no eran tan poderosas como parecían. Y tal vez hasta resultaba que la amenaza de invasión no había sido más que una falsa alarma. Lo fuera o no, Rumanía tenía poco que perder, dado que era un país rico en recursos naturales que estaba aislado de las trifulcas ajenas por medio.


La historia de Klein era muy similar a la de otros judíos refugiados en Bucarest, solo que en su caso su gran reputación como economista le había permitido permanecer algún tiempo más en Alemania. Hasta que un día un amigo alemán le hizo saber que estaban a punto de detenerlo, así que salió andando de su piso de Berlín, tomó un tren hasta la frontera rumana y, como no había tenido tiempo de gestionar un visado de entrada, tuvo que cruzar la frontera a pie, por la noche. La policía lo atrapó y tuvo que pasarse seis meses en la famosa prisión de Bistrita, donde ahora estaba detenido Drucker, hasta que sus amigos lograron sacarlo de allí.


Fue un invierno inusualmente frío en toda Europa Occidental. En el cine, los noticiarios mostraban a unos niños que se arrojaban bolas de nieve bajo el Muro de Adriano. Los ríos helados podían cruzarse a pie de una orilla a otra. Una niña hacía piruetas en medio del Sena con la falda girando a la altura de la cintura. De los tejados de París caían penachos de nieve como si fuera humo saliendo de una chimenea. Los parisinos salían a la calle con las máscaras de gas guardadas en un cilindro de hojalata. Cuando sonaba la alarma antiaérea, todos corrían a refugiarse en el metro. Las calles se quedaban vacías. Se veía un taxi abandonado en mitad de una avenida. Pero luego la gente salía del refugio sonriendo como si todo hubiera sido una broma. («Y quizá todo sea una broma», pensaba Yakimov, «y esta guerra pasará a la historia como una guerra de broma».) Luego se veía la cúpula de la catedral de San Pablo cubierta por una boa, pero no de plumas, sino de nieve. Cuando aparecieron unas breves imágenes de Chamberlain con su paraguas, se oyó un débil aplauso en la sala. Pero de pronto la proyección se interrumpió y apareció un rótulo en pantalla que anunciaba la prohibición de manifestaciones públicas de cualquier clase. Los espectadores continuaron viendo el documental en silencio absoluto.


Rusia y Finlandia firmaron un tratado de paz, así que Rusia tenía ahora las manos libres para embarcarse en una nueva aventura. Los habitantes de Bucarest, hacinados en los cafés por culpa del diluvio, no paraban de esparcir rumores sobre una invasión inminente. Se decía que un avión de reconocimiento había avistado tropas rusas cruzando el río Dniéster. Oleadas de refugiados estaban llegando al río Prut. Circulaban relatos muy descarnados de las atrocidades que habían cometido las tropas rusas con las minorías rumanas y alemanas. La gente se iba a dormir muy asustada, pero cuando se levantaba las cosas seguían más o menos igual. Todo el mundo negaba los rumores del día anterior, pero al día siguiente volvía a difundirlos.


Para Bucarest, la caída de Francia significaba el hundimiento de la civilización. Francia era el ideal de todos los que intentaban desprenderse de sus orígenes campesinos. Toda la cultura, todo el arte y la moda, las ideas liberales y el concepto de libertad, todo provenía de Francia. Y si Francia caía, ya no habría obstáculo alguno que pudiera proteger a nadie de los salvajes. Con la excepción de unos pocos fascistas natos, nadie creía de verdad en el Nuevo Orden. Incluso la gente que había invertido su dinero en Alemania pensaba que la victoria de la Alemania nazi supondría la victoria de la oscuridad. Si se cortaban sus vínculos con Europa Occidental, Rumanía se vería sumida en la persecución política, el fanatismo, la crueldad, la superstición y la tiranía. Y ahora ya no había nadie que pudiera salvarla.

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