Charles Darwin, eremita y misántropo

Vivió cuarenta años como un eremita. En 1842 compró una casa en la Villa de Down, que en inglés significa abajo, y apenas volvió a salir. Allí sufrió un misterioso mal. El estómago le producía náuseas y el corazón palpitaciones. El cuerpo empezaba a temblar y le faltaba la respiración. La vista se le enturbiaba.

La cabeza se le volvía de piedra. Para no utilizar las escaleras, que le daban vértigo, instaló su cama en el piso de abajo. Debilitado, cayó en una deprimente apatía. Se dio miles de baños en agua helada, se sumergió en vinagre, se dejó atormentar el cuerpo por corrientes eléctricas, pero nada. La causa de aquellos males no fue descubierta nunca.

Se dijo que quizá le había envenenado la sangre la exótica picadura de un insecto sudamericano. Se dice que quizá fue culpa de su magnífica imaginación. Desafortunadamente, una hipótesis es tan romántica que no parece verdad y la otra es tan científica que le falta imaginación.

Prefería las lombrices a los hombres. Fuera de la ventana de su estudio montó un espejo que le advertía si venía a buscarlo algún inoportuno Visitante. Entonces corría a atrancar la puerta y lo dejaba llamar sin responderle jamás.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

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