Lectura: “El ala izquierda”. Mircea Cărtărescu

Las metamorfosis de Mircea Cărtărescu

Coincidiendo con la entrega al escritor rumano del Premio Formentor el próximo viernes se empieza a publicar completa la trilogía Cegador , su obra cumbre

Origen: Las metamorfosis de Mircea Cărtărescu | Babelia | EL PAÍS


Textos

Mi madre tenía en la cadera izquierda una gran mancha rosa-violácea en forma de mariposa. El cuerpo vermicular se extendía horizontalmente desde el vientre hacia la nalga, una de las alas descendía por el muslo y la otra subía hacia la cintura. Recordé esto en la adolescencia, y no en una ensoñación vespertina, sino en un sueño. Soñé, una noche de julio, después de vagar horas muertas por las calles del centro contemplando atentamente las estatuas, que mi madre estaba tumbada en la cama con una sábana de satén blanco, primorosamente arrugada, semejante al forro de los joyeros. Era grande y blanca como el mármol, su piel transparente dejaba ver las venitas y las glándulas sudoríparas, y en la cadera izquierda se había posado una mariposa tropical de colores deslumbrantes, apoyada en sus patitas finas y nerviosas. Cuando desperté, me acordé de que mi madre tenía una mancha de lupus eritematoso en la cadera. La había visto muchas veces, tiempo atrás, cuando en las tardes tórridas andaba desnuda por casa.


Treinta años recuerdan las lágrimas de mis ojos. No estoy en mis cabales. Siento en mis oídos el susurro de la soledad, desesperado y tranquilizador al mismo tiempo, como oía en otra época el susurro de los intestinos que rodeaban el útero de mi madre. El gorgoteo del manantial de la cueva de su vejiga. A veces pasa el tranvía o, en la profundidad de la noche, ladra algún perro vagabundo o habla alguien en voz alta y todo estos ruidos le recuerdan a mi piel (pues seguramente en aquel entonces yo oía con la piel, como las arañas, como si estuviera completamente envuelto en mi propio tímpano) el eco lejano de la voz de mi padre, en una habitación miserable en la que yo todavía no existía. Muy joven, sin afeitar, en camiseta, mi padre pegaba la oreja a la barriga de mi madre y decía algo, y mi piel, tan fina como una pompa de jabón, oía sus palabras deformadas, como se oyen los ruidos de casa cuando te sumerges por completo en la bañera llena. Me parecía sentir incluso el olor a sudor que emanaba la pelambrera de sus sobacos. Sentía luego cómo agarraba con los dedos mi taloncito o mi codo, cuando yo los apoyaba en la pared elástica del vientre. Sentía en una parte del cuerpo, cuando estaba acurrucado, translúcido, la sombra de la gran mariposa de la cadera de mi madre, que eclipsaba la luz mortecina de la bombilla que colgaba del techo sujeta por dos cables. A veces abría los párpados, se me emborronaba la córnea con el líquido de la placenta y, a través del cristal grueso del útero, entreveía el Mundo: dos animales inmensos olisqueándose en su guarida, abrazándose en una cama de tablones, penetrándose como se penetrarían dos astros. Dos anatomías monstruosas extendidas en el cadalso de tablas, dos muestras teratológicas.


¿Quién soy? ¿Quién he sido? ¿Cómo es posible? ¿Por qué he venido al mundo? ¿Qué significa toda esta locura, todo este circo, todo este engaño? ¿Por qué salí de un útero femenino en esta mota de polvo estelar? ¿Y por qué puedo entender esta locura? Junto a la banalidad de ese pensamiento nocturno de que vas a desaparecer enseguida para siempre, cuando te incorporas bruscamente y dices «No, Señor, no quiero, por favor, por favor, Señor…» y sabes que no volverás a pensar y no volverás a sentir nada jamás, junto a esta monstruosidad banal, he vivido en incontables ocasiones otra que me ha perturbado tal vez más: podría haber nacido gusano o ácaro o chinche o simple bacteria, habría sentido la existencia y luego habría desaparecido sin llevarme nada de ella conmigo, hundiéndome en mi limo del fondo del lago, avanzando con movimientos peristálticos, agitando mis cilios vibrátiles en una gota de agua, excavando canales con las mandíbulas a través de un apestoso trozo de queso que habría sido mi universo toda la vida. Habría podido ser un hongo que le provocara una candidiasis bucal a un perro callejero, o quién sabe, cualquier otra cosa. No solo sin consciencia, sino también sin conciencia, incluso sin sensaciones.


Cuando entró en la habitación, el padre distinguió, en primer lugar, las grandes tocas blancas como la leche, almidonadas, que cubrían la cabeza de las monjas. Fevronia era hermosa como una escultura de porcelana e igualmente frágil. Sus ojos castaños parecían dos cáscaras de cristal, muy separadas, que miraban siempre al vacío. Caterina era más alta y más pálida, con ojos de color azul. Cuando la veías caminar por un sendero, entre agaves y cactus gigantes, perfilada sobre el cielo de Luisiana, tenías la impresión de que su rostro, blanco como el yeso, era solo una máscara y que el mismo cielo triunfante que rodeaba su cara se adivinaba a través del pozo de sus ojos. Ahora, sin embargo, sus ojos se mostraban sombríos, pues Monsieur Monsú acababa de morir. «Demasiado tarde —suspiró Caterina—, ha llegado demasiado tarde, padre.» Pero una sensación de fuerza —como el sol cuando sale— crecía en el sacerdote a la par que el desasosiego del espíritu. El hermano Armando sintió de repente que un dios habitaba en su interior. «Salid», les pidió tranquilo a las monjas, que se escabulleron y cerraron la puerta con marco de caoba. En la puerta había esculpidos unos ángeles cantores, con bocas redondas y ojos piadosos dirigidos al cielo.

Mircea Cărtărescu: El ala izquierda

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