Recuerdo muy bien aquel mundo de agua donde empezó mi vida. Lo recuerdo porque puedo
imaginarlo, porque puedo conjeturarlo. Ese mundo de agua, redondo y sin fondo, donde
adquirí mi forma fue la metáfora primera que conocí. Y el canal entre mi madre y yo, fue el
primer verso.
Porque la poesía es una conjetura acerca de lo inefable. Un modo, quizás el único, de
acercarse a las quimeras.
Recuerdo también el día en que mi madre se quedó parada a mis espaldas, mientras yo subía
las escaleras de la mano de una mujer vestida con guardapolvo blanco. La mujer me dijo que
no llorara, que iba a enseñarme a dibujar la letra m. Entonces, llegó de nuevo la poesía. Y
entendí que el lenguaje puede ser la extensión del regazo materno.
También recuerdo cuando ocurrió al revés, y fue mi propio vientre una metáfora de agua.
Puedo recordar cuando yo fui la madre detenida a espaldas de mi niña. Aquella vez, regresó la
poesía a explicarme los sentidos del tiempo.
Hoy recuerdo mi muerte.
Puedo recordarla porque puedo imaginarla, puedo conjeturarla.
Si en ese trance consigo aceptar que es nuestro deber dejar sitio a los otros, entonces la muerte
no será más que la mejor metáfora del amor.

REDONDO como el ciclo de la vida… del regazo materno al de la acogedora tierra que se resume en cielo…