Lectura: "Trilogía de la noche". Elie Wiesel

La noche es un relato goyesco situado en Auschwitz que trata de la muerte de Dios en el alma de un niño. La víctima sobrevive para llevar consigo la vergüenza de haber soñado un día con volverse verdugo a su vez. En El alba, tensa meditación situada en la Palestina bajo mandato inglés, la víctima se ha vuelto verdugo y debe hacer frente a su sueño hecho realidad. Con El día, historia de amor situada en Nueva York, nace la certidumbre de que la herida no se cerrará y de que lo único que cabe es la mentira piadosa. Trilogía esencial dentro de la literatura del holocausto, publicada por primera vez en castellano en 1975.

(Contraportada)


Breve guía de la noche. Javier Rodríguez Marcos

Si esto es un hombre, Primo Levi (El Aleph). Es el gran clásico entre los testimonios sobre los campos de concentración. Como tantos judíos secularizados, el turinés Primo Levi cobró conciencia de serlo cuando lo deportaron a Auschwitz. En 1947, sólo dos años después de su liberación, Levi narró en 200 páginas su paso por un lugar en el que a la crueldad de los verdugos se sumaba el papel de algunas víctimas como transmisores de esa […]

Origen: Breve guía de la noche | Edición impresa | EL PAÍS


Textos

Después, un día se expulsó a los judíos extranjeros de Sighet. Y Moshé-Shames era extranjero. Apiñados por los gendarmes húngaros en vagones para ganado, lloraban sordamente. También nosotros llorábamos en el andén su partida. El tren desapareció en el horizonte: detrás de él solo quedó una humareda espesa y sucia. Detrás de mí oí a un judío que suspiraba y decía: —Qué quieren, es la guerra… Los deportados fueron olvidados rápidamente. Algunos días después de su partida se decía que estaban en Galitzia trabajando y hasta que estaban satisfechos de su suerte.


Un día, cuando iba a entrar en la sinagoga, divisé, sentado en un banco, próximo a la puerta, a Moshé-Shames. Relató su historia y la de sus compañeros. El tren de los deportados había atravesado la frontera húngara y, en territorio polaco, la Gestapo se había hecho cargo de él. Detenido allí, los judíos tuvieron que descender y subir a unos camiones. Los camiones se dirigieron a un bosque. Se les hizo bajar. Se les hizo cavar amplias fosas. Cuando terminaron su tarea, los hombres de la Gestapo comenzaron la suya. Sin pasión, sin apresurarse, abatieron a sus prisioneros. Cada uno de ellos debía acercarse al foso y presentar la nuca. Los bebés eran lanzados al aire y las ametralladoras los tomaban como blanco. Fue en el bosque de Galitzia, cerca de Kolomaie. ¿Cómo había logrado salvarse él, Moshé-Shames? Por milagro. Herido en una pierna, lo creyeron muerto…


Se esforzaron en meterme esa idea en la mente desde el primer día, desde mis primeros pasos en la tierra de Palestina. Al descender del barco, en Haifa, dos camaradas me recibieron, me llevaron en su coche hasta una casa de dos pisos que se encontraba en alguna parte, entre Ramat-Gan y Tel-Aviv. Alquilada a nombre de un profesor de lenguas (para justificar ante los vecinos las idas y venidas de una cantidad tan grande de muchachos y muchachas), servía al Movimiento, que había organizado allí cursos de terrorismo para los recién venidos, uno de los cuales era yo. Además, la casa —a la que llamábamos escuela— estaba provista de una prisión subterránea, en donde alojábamos a los prisioneros, rehenes y camaradas buscados por la policía. En esa misma prisión, esa noche, John Dawson esperaba su ejecución. El escondite era enteramente seguro y no había ningún riesgo de que fuera descubierto. Muchas veces, el ejército y la policía habían registrado la casa de arriba abajo; los perros policía muchas veces se habían encontrado muy cerca de John Dawson. Una pared los separaba; pero no la habían franqueado.


Afuera la noche seguía mirándonos. Pero, por la forma en que nos miraba, era fácil comprender que se disponía a alejarse. Repentinamente me decidí: —Voy a bajar —anuncié a Gad. —¿Tan temprano? —preguntó sorprendido y emocionado—. Tienes tiempo. Una hora tal vez… Le respondí que prefería bajar antes: quería verlo, hablarle, conocerlo. Agregué que era una cobardía matar a un desconocido. Resultaba demasiado fácil. Como en la guerra: no se matan hombres. Se dispara a la noche que, herida, emite gritos de dolor que recuerdan los quejidos desgarradores de los hombres. Eso: se dispara contra la noche, se dispara contra una masa y nunca se sabe con seguridad sí un hombre fue muerto y por quién. Ejecutar a un desconocido sería algo similar. Al verlo en el momento de su muerte tendría la impresión de disparar sobre un muerto. Sería una cobardía. Fue la razón que di para explicar mi decisión. No sé si era correcta. Ahora, al pensar en ello, me digo que si quería bajar más temprano era tal vez sencillamente por curiosidad: quería ver al rehén. Nunca había visto un rehén. Quería ver a un rehén que iba a morir, a un hombre que sabía que iba a morir. Quería contemplar a un rehén que iba a morir y que relataba historias graciosas. ¿Curiosidad? ¿Voluntad de dar pruebas de coraje? Ambas cosas tal vez…


Eran unos diez en el bunker. Noche tras noche, escuchaban a los perros policía alemanes que, entre las ruinas buscaban a los judíos escondidos en sus refugios subterráneos. Shmuel y los otros vivían casi sin agua y sin pan, casi sin aire. Pero resistían. Sabían que allá abajo, en su estrecha prisión, eran libres: arriba, era la muerte. Una noche, estuvo a punto de ocurrir una catástrofe. La falta fue de Golda. Había llevado a su hijo consigo. Un bebé de pocos meses. El bebé comenzó a llorar poniendo así en peligro la vida de todos. Golda trató de calmarlo, de hacerlo dormir. En vano. Entonces los otros, a los cuales la misma Golda se unió, se dirigieron a Shmuel diciéndole: «Hazlo callar. Ocúpate de él ya que tu oficio es degollar pollos. Sabrás hacerlo sin que sufra demasiado». Y Shmuel se rindió a estas razones: la vida de un bebé contra la vida de todos. Agarró al niño. En la oscuridad, sus dedos tantearon hasta encontrar el cuello. Y el silencio se hizo en el cielo y en la tierra. Solo los perros continuaron ladrando a lo lejos.


—Pretendes amarme y continúas sufriendo. Dices amarme ahora y vives todavía en el pasado. Declaras tu amor por mí y te niegas a olvidar. De noche tienes pesadillas. A veces exhalas quejidos desgarradores durante el sueño. La verdad es que no soy nada para ti. No cuento para nada. Lo que cuenta, es tu pasado. No el nuestro: el tuyo. Trato de proporcionarte alegría: una imagen se levanta en tu memoria y termina con todo. Ya no estás presente. La imagen es más fuerte que yo. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que tu silencio es capaz de cubrir el infierno que llevas en ti? ¿Tal vez crees que es fácil vivir junto a alguien que sufre y se niega a aceptar todo socorro?


Le expliqué: un hombre que dice a una mujer que cree amarla: «Te amo y te amaré por toda la eternidad. Que me muera si dejo de amarte», lo cree. Sin embargo, un día ausculta su corazón y lo encuentra vacío. No obstante, queda con vida. Con nosotros —los que conocimos el tiempo de la muerte— es diferente. Allá declaramos que nunca olvidaríamos. Y eso es válido para siempre. No podemos olvidar. Las imágenes están ahí, ante los ojos. Aunque no estuvieran los ojos, las imágenes seguirían estando. Creo que si tuviera capacidad para olvidar, me odiaría. Nuestro paso por allá ha dejado en nosotros bombas de tiempo. De vez en cuando, una estalla. Y entonces no somos sino dolor, vergüenza y culpa. Nos sentimos avergonzados y culpables de estar con vida, de comer pan hasta saciarnos, de llevar en invierno un buen calzado abrigado. Una de esas bombas, Kathleen, sin duda provoca la locura. Es inevitable. Quien estuvo allá, se ha llevado consigo un poco de la locura de la humanidad. Un día u otro, ascenderá a la superficie.

Elie Wiesel. Trilogía de la noche

Elie Wiesel.
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