Lectura: "Nuestras vidas". Marie-Hélène Lafon

La escritora Marie-Hélène Lafon, en un café del centro de Paris. BRUNO ARBESU

Marie-Hélène Lafon, la escritora de la Francia vacía

La autora francesa es la voz de la generación que abandonó el moribundo mundo rural para trasladarse a la ciudad, sin llegar a encajar del todo en el ambiente urbano

Origen: Marie-Hélène Lafon, la escritora de la Francia vacía | Babelia | EL PAÍS


Textos

Y qué decir de sus pechos. La blusa cerrada no bastaría para contenerlos. Abundan. Escapan al entendimiento; ni castos ni turgentes; no se pueden calificar, ni contener, ni resumir. Los pechos de Gordana no perdonan, superan la medida, franquean los límites, no nos evitan, no nos ahorran nada, no salvan a nadie, pueden herir la sensibilidad del espectador, siembran cizaña, no tienen el menor respeto ni educación alguna. No toleran disidencia ni resistencia. Te dejan indefenso. Te quedas ante ellos, quisieras pensar en la compra, ejecutar los gestos por orden, sacar dejar ordenar, vaciar llenar, la tarjeta el código. Nos esforzamos nos concentramos nos aplicamos, todos más o menos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes y de mediana edad; pero los pechos atraviesan, rezuman, es algo orgánico. Es un brillo tenaz y anacarado que parece soldarse a través de los tejidos, que emanaría, a través y contra todo, de esa carne inaudita, inimaginable y perfectamente tibia, opalescente y suave, densa y mullida. Querrías recogerte, cerrar los ojos, juntar las manos, recitarías descabelladas letanías, olerías sabores, gustos, tactos, consistencias, fragancias tenues o lancinantes. Perderías el seso y el sentido común. Los senos de Gordana emergen, considerables y seguros, apuntando. Es un pecho de mujer duro, joven y acorazado.


En París, en el metro, durante cuarenta años, he estado pescando rostros, perfiles de mujer o de hombre que no volvería a ver nunca más, y he fantaseado, husmeado dentro de ellos, a fondo, como si nada, en la línea seis o en la línea cuatro, quince o veinte minutos ida y vuelta mañana y tarde cinco veces por semana, sin contar el tiempo de los viajes que no tenían nada que ver con la oficina; he pasado cuarenta años hundiéndome en el laberinto de unas vidas olfateadas, trenzadas, esbozadas, como otros habrían dibujado a lápiz inclinados sobre una libreta de espiral.


En septiembre de 1985 Karim no regresó de Argelia. No me telefoneó, no me escribió, no me comunicó nada, no regresó, eso es todo; empezó el silencio, empezó la ausencia, su silencio, su ausencia; yo aguanté y durante unos cuantos años infraviví justo a ras de los gestos y las cosas, apenas en la superficie, apenas con la cabeza fuera del agua.


Mi madre lamentaba vivamente que no tuviera religión y me lo decía con sus expresiones; los días malos, sacudía la cabeza de derecha a izquierda y apuntaba con la barbilla con golpecitos secos para insistir, me sabe mal, tus hermanos no hacen tantos remilgos, se te va a caer el pelo, o, ya hablaremos cuando hayas cumplido los cincuenta; otras veces añadía más ligeramente, solo por probar, el comer y el rascar todo es empezar, o, entre sentencia y chiste, daño no puede hacerte aunque no te haga bien.


Horacio Fortunato habría sido un excelente padre, un padre mayúsculo, un padre inconmensurable, inolvidable, irremediable, insuperable, insumergible; sus tesoros de menudas y constantes atenciones, de cariño sin falla, de amor orgánico, de paciencia angélica, de autoridad benevolente, de firmeza tranquilizante, sus reservas de inquietudes dolorosas y de angustias lancinantes no se gastarán, no se habrán gastado, permanecerán apiladas en montones apretados en los laberintos afelpados de sus almacenes interiores, se convertirán en polvo, o se pudrirán bajo su piel, Se pondrán agrias y lentamente envenenarán todo lo que le queda de vida, los días las semanas los meses los años.


Qué será de Horacio Fortunato cuando su padre haya muerto, en quién pensará en el transporte público, sobre quién se inclinará, a quién tocará, para quién elegirá los mejores productos domésticos y las carnes blancas fáciles de digerir, para quién pasará por la farmacia, quién lo esperará con ilusión, quién contará con él para cambiar la bombilla del baño o para arreglar el tirador del armario de los zapatos y regar las orquídeas y ocuparse del panteón del cementerio de Bagneux y llamar a la peluquera a domicilio y cambiar la pila del mando a distancia de la televisión nueva. Quién, muerto ya el padre, pensará en Horacio Fortunato varias veces al día.

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