Lectura. "Desierto sonoro". Valeria Luiselli

Valeria Luiselli. Foto: Sexto Piso

“El archivo presupone un archivista”, reza la cita de Arlette Farge que abre Desierto sonoro, la nueva novela de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983). Es una buena forma de presentar un texto ambicioso, abundante en capas y estrategias, preocupada por la pregunta acerca del lugar […]

Origen: Desierto sonoro | El Cultural


Textos

No sé qué les diremos a los dos niños en el futuro, mi marido y yo. No estoy segura de qué partes de nuestra historia decidirá, cada uno por su lado, editar o suprimir, ni qué secciones reordenaremos e insertaremos de nuevo para crear la mezcla definitiva -y eso que suprimir, reordenar y editar mezclas finales es, quizá, la descripción más precisa de nuestro oficio-. Pero los niños harán preguntas, porque preguntar es lo que los niños hacen. Y no nos quedará más remedio que contarles algo con un inicio, un desarrollo y un final. Tendremos que dar respuestas, ofrecerles una narrativa.


Nos preguntamos mutuamente de dónde éramos y qué idiomas se hablaban en nuestras casas. Ellos eran de la mixteca, me dijo. Su lengua materna era el triqui. Yo nunca había oído a alguien hablar en triqui, y sólo sabía que era una de las lenguas tonales más complejas, con más de ocho tonos. Le conté que mi abuela era ñañú y hablaba otomí, una lengua tonal más sencilla que el triqui, con sólo tres tonos. Pero mi madre no había aprendido a hablarla, y por supuesto yo tampoco, le dije. Cuando le pregunté si su hijo hablaba triqui me dijo que no, que por supuesto que no, y dijo: Nuestras madres nos enseñan a hablar, y el mundo nos enseña a callarnos la boca.


Ahora, dentro del coche, cuando atravesamos áreas más pobladas, buscamos alguna estación de radio. Cuando logro encontrar noticias sobre la situación en la frontera, subo el volumen y los cuatro escuchamos: cientos de niños que llegan solos cada día, miles cada semana. Los reporteros lo llaman una crisis migratoria. Un flujo masivo de niños, lo llaman. Son indocumentados, son ilegales, son aliens, dicen algunos. Son refugiados, con derecho legal a recibir protección, argumentan otros. Esta ley dice que deben ser protegidos; esta otra enmienda dice que no. El congreso está dividido, la opinión pública está dividida, la prensa lucra con la polémica resultante, las ONG trabajan horas extras. Todos tienen una opinión al respecto; nadie se pone de acuerdo sobre nada.


Una vez tuve que buscar una identificación que mi hermana había olvidado en su escritorio y me sorprendí, de pronto, secándome las lágrimas con la manga del suéter al revisar sus lápices bien ordenados, sus clips multicolores y unos recordatorios dirigidos a sí misma -visitar a mamá esta semana, hablar más despacio, comprar flores y aretes largos, caminar más seguido-. Es imposible entender la forma en que algunos objetos triviales llegan a revelar aspectos tan importantes de una persona; y es difícil comprender la súbita melancolía que generan cuando esa persona está ausente. Tal vez lo que pasa, nada más, es que las pertenencias sobreviven a menudo a sus dueños, y por eso podemos imaginar con facilidad un futuro en el que existan las pertenencias, pero no sus dueños. Anticipamos la ausencia de nuestros seres queridos a través de la presencia material de sus objetos.


Algo cambió en el mundo. Hace no mucho tiempo, algo cambió, y lo sabemos. No sabemos cómo explicarlo todavía, pero creo que todos podemos sentirlo, en algún lugar hondo de nuestras vísceras o en nuestros circuitos neuronales. Experimentamos el tiempo de manera distinta. Nadie ha logrado captar realmente lo que sucede ni por qué. Tal vez es sólo que sentimos la ausencia de futuro, porque el presente se ha vuelto demasiado abrumador y por tanto se nos ha hecho imposible imaginar un futuro. Y sin futuro, el tiempo se percibe nada más como una acumulación. Una acumulación de meses, días, desastres naturales, series de televisión, atentados terroristas, divorcios, migraciones masivas, cumpleaños, fotografías, amaneceres. No hemos entendido la forma exacta en la que ahora se experimenta el tiempo.


La niña llena el espacio entero del coche con el aire tibio de su aliento de cachorro. Nos cuenta, desde el asiento trasero, historias largas e incomprensibles que me recuerdan a algunas letras tardías de Bob Dylan, posteriores a su conversión cristiana. Luego, de pronto, parece cansarse de estar en el mundo y se queda callada, mirando por la ventana sin decir nada. Ahí, en esos ratos en que se quedan de pronto callados y miran hacia fuera de lo que sea que los contiene, quizás empieza a crecer el misterio que nos separa de nuestros hijos. No dejes de ser niña, pienso, pero no lo digo. Ella mira por la ventana y bosteza. No sé qué piensa; no sé si ve el mismo mundo que nosotros vemos. Afuera del coche se extiende el paisaje vejado, casi lunar de Oklahoma, su cáncer industrial multiplicado hacia el horizonte. Defiéndete de este mundo llano y jodido, pienso, tápalo con un dedo, cierra los ojos, pero no digo nada, desde luego.


Creo que tú no entendías casi nada de las noticias ni de las historias de mamá. Yo no entendía todo, sólo algunas partes, pero cuando las voces de la radio empezaban a hablar sobre los niños refugiados o mamá empezaba a hablar sobre la cruzada de los niños, yo te susurraba: escucha, están hablando de los niños perdidos de nuevo; escucha, están hablando sobre los Guerreros Águila de los que nos contó papá, y tú abrías los ojos y asentías y fingías que entendías todo y que estabas de acuerdo.

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2 respuestas a Lectura. "Desierto sonoro". Valeria Luiselli

  1. lavie dijo:

    Qué texto tan adecuado para los tiempos que corren. Un placer leerlo. Saludos 🙂

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