René Descartes, filósofo friolero

Cuando en febrero de 1649 fue recibido por Cristina de Suecia, reina de fe protestante, e invitado a trasladarse al gélido Estocolmo para enseñarle los principios de su filosofía, dudó. Era un hombre prudente, que reflexionaba incluso ante la oportunidad de un viaje. Finalmente, el primer día de septiembre, se decidió a abandonar los aburridos salones de París y se embarcó hacía Suecia. No sabía que otro hombre, el padre jesuita Viogué, acababa de salir de Roma ese mismo día con la orden taxativa de convertir a la reina a la fe católica. Se encontró con una alumna poco madrugadora. Cada día de clase debía estar en Palacio a las cinco en punto, bajo aquel cielo oscuro que prometía nieve y que normalmente cumplía su promesa. El hielo del invierno sueco no lo conservó. El 11 de febrero de 1650, en la habitación de la Embajada francesa en la cual lo hospedaba su amigo Pierre Chanut, murió. De pulmonía, naturalmente. Europa lo lloró. En mayo, Chanut dictó este epitafio: «Expió los ataques de sus rivales con la pureza de su Vida». En agosto, Cristina declaró públicamente su intención de abdicar y envió a Roma al jesuita Antonio Macedo para que llevase la noticia de que estaba decidida incluso a hacerse católica.

Trescientos treinta años después Eike Pies, histórico médico alemán, descubrió en el fondo de legajos y documentos occidentales de la Universidad de Leiden, una carta secreta dirigida a uno de sus antepasados. Estaba escrita, pocas horas después de la muerte de Descartes, por el holandés Johann van Wullen, médico personal de la reina, a su colega Willem Pies. Entre líneas, tras la versión oficial de la pulmonía, le revelaba hábilmente la verdad, que en realidad es lo que corresponde a los filósofos, para que la divulgase al menos en la libre Holanda: el pobre Cartesio había sido envenenado. El nombre del intrépido Viogué, que al moribundo dio su última bendición, en la carta no aparecía por ninguna parte, pero fácilmente podríamos incluirlo nosotros.

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