Lectura. ‘Tiempos recios’. Mario Vargas Llosa

Tiempos recios’, de Mario Vargas Llosa: Piedad en tiempos recios

Mario Vargas Llosa construye una novela hermosa y turbadora que trata de la maldad y quisiera conjurarla.

Origen: ‘Tiempos recios’, de Mario Vargas Llosa: Piedad en tiempos recios | Babelia | EL PAÍS


Textos

El dominicano pensó que nunca había entrado en la catedral de Guatemala y, como estaba abierta, decidió aprovechar el cuarto de hora que tenía para visitarla. Era enorme e impersonal, y más grande pero menos cálida y próxima que la de Ciudad Trujillo. Sus muchos altares estaban mejor iluminados que el Parque Central. En una capillita vio la reproducción del Cristo Negro de Esquipulas que, como no quisieron prestarle el original, el arzobispo Mariano Rossell y Arellano mandó hacer y paseó por todo el país en su cruzada anticomunista contra el gobierno de Árbenz. Era un gran tipo ese arzobispo, se había ganado con justicia la condecoración pública que le impuso el Presidente Castillo Armas. ¿Sería cierto que éste también declaró «General del Ejército de la Liberación Nacional» al Cristo Negro de Esquipulas y que lo vistieron para la ocasión con uniformes militares? En este país ocurrían muchas cosas raras.


Al triunfo de la revolución liberacionista, a fines de 1954, el doctor García Ardiles había estado preso quince días en un cuartel, y, antes, dos en un campo de internamiento donde, por puro milagro (¿o por órdenes del propio Castillo Armas?), se libró de ser pateado y sometido a las descargas de electricidad con las que los liberacionistas hacían chillar o electrocutaban a dirigentes sindicales y a campesinos analfabetos que no entendían nada de lo que les ocurría. En el Fuerte de San José de Buena Vista no se torturaba, sólo se fusilaba. En las dos semanas que pasó allí, Efrén contó por lo menos media docena de ejecuciones. ¿O eran simulacros para aterrorizar a los presos políticos? Su mujer, Marta, apenas lo saludó cuando él volvió a casa. ¿Estaba ya planeando la huida que haría meses más tarde?


A poco de subir al poder, el coronel Castillo Armas había creado el Comité Nacional de Defensa contra el Comunismo y puesto como su director a José Bernabé Linares, asesino y torturador que dirigió la policía secreta los trece años de la dictadura del general Jorge Ubico Castañeda, un personaje cuyo solo nombre provocaba escalofríos a los guatemaltecos de cierta edad. Aquel Comité inició las quemas de libros en la calle, una costumbre que se extendió como una epidemia por todo el país. Parecía resucitar la colonia, cuando la Inquisición velaba por la ortodoxia religiosa a sangre y fuego. Todas las bibliotecas públicas y algunas particulares, como la suya, habían sido purgadas de manuales marxistas, libros anticatólicos y pornográficos (a él le habían decomisado todas sus novelas en francés, por si acaso), además de poemas de Rubén Darío y las historias de Miguel Ángel Asturias y de Vargas Vila.


Sudaba copiosamente. No era el calor, pues desde la cama veía las aspas del ventilador girando de prisa sobre su cabeza y sentía en la cara el vientecito que despedían. Era el miedo. No había sentido un miedo así nunca antes, al menos que recordara, ni siquiera el día que supo que habían asesinado al Jefe y que, probablemente, con ese asesinato su suerte se haría trizas y tendría que vivir en el futuro a salto de mata. Acaso fugarse al extranjero. Pero aquello había sido tristeza, rabia, soledad, no miedo. Miedo era lo que sentía ahora, un miedo que lo tenía sudando un sudor frío que le empapaba la camisa y el calzoncillo y le hacía castañetear los dientes. A ratos le venían rachas de escalofríos que lo paralizaban y debía contenerse, con gran esfuerzo, para no llorar a gritos pidiendo socorro. ¿Socorro a quién? ¿A Dios? ¿Acaso creía en Dios? ¿Al Hermano Cristóbal, entonces?


Al pasar por la Academia Militar de Pétionville recordó el trabajo que había cumplido allí estos dos últimos años, las charlas increíbles que les daba sobre seguridad a los cadetes, los casos especiales que les contaba a los oficiales y a esos cuerpos auxiliares de ex presidiarios y delincuentes con prontuario que llamaban los tonton macoutes. Hablaba despacio, a base de notas que un intérprete traducía luego al créole. ¿Servían para algo? Por lo menos, los oficiales, los cadetes, los auxiliares parecían interesados. Le hacían muchas preguntas sobre cómo hacer hablar a un prisionero. Gracias al miedo, les explicó él mil veces. Hay que hacer que tengan mucho miedo. De ser castrados. De ser quemados vivos. De que les reventaran los ojos. De que les rompieran el culo con un palo o una botella. Infundirles pánico, terror, como el que sentía él en este instante. Hasta les había hecho comprar una silla eléctrica, parecida a la que él instaló en la Cuarenta, allá en Ciudad Trujillo, como la que tenía el general Ramfis en la Academia de Aviación. Con una diferencia: la silla eléctrica de Pétionville nunca funcionó como era debido. No se podía graduar la electricidad y electrocutaba a los prisioneros inmediatamente, en vez de irlos asando poco a poco hasta que hablaran. Ésta de aquí, que costó tan cara, los carbonizaba de entrada. Se rio, sin ganas, y recordó cómo había hecho reír a sus alumnos aquella vez que les contó que, durante los interrogatorios, allá en Ciudad Trujillo, mientras los prisioneros chillaban o imploraban a él se le antojaba siempre recitar poemitas sentimentales de Amado Nervo o tararear canciones de Agustín Lara.


Los tonton macoutes saltaban ahora, como bailando, sobre los cadáveres de las tres sirvientas, o lo que quedaba de ellas. Abbes García alcanzó a ver que tenían sangre en las manos, en las caras, en las ropas, en los garrotes, y todo aquello parecía, más que una matanza, una fiesta bárbara, primitiva, un ritual. Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que moriría así, masacrado por una horda enloquecida de negros que, aunque llevaban revólveres, preferían los garrotes y los cuchillos, como en los tiempos remotos, los de las cavernas y las selvas prehistóricas.

Mario Vargas LLosa. Tiempos recios

Esta entrada fue publicada en El oficio de lector, Lecturas recomendadas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s