Lectura. ‘Hiere, negra espina’. Claude Louis-Combet

‘Hiere, negra espina’, de Claude Louis-Combet: Así habló su boca ensangrentada

Claude Louis-Combet recrea con crudeza en la novela “Hiere, negra espina” el amor incestuoso entre el malogrado poeta Georg Trakl y su hermana

Marta Sanz

Origen: ‘Hiere, negra espina’, de Claude Louis-Combet: Así habló su boca ensangrentada | Babelia | EL PAÍS


Textos

El niño tiene diez años y su hermana acaba de cumplir cinco. De entre todos los seres que viven en la casa, el hermano reconoció en ella, desde el principio, a «aquella que trae la tiniebla». Esa necesidad se instaló entre ellos desde los tiempos de las primeras miradas y de los primeros contactos, y se ha convertido en una oscurísima fuerza de atracción debido a esos ojos negros que ambos poseen y con los que, la mayor parte del tiempo sin pronunciar una palabra, saben entenderse, maravillosamente cada cual por la presencia del otro y compartiendo ambos ese silencio oculto que constituye, quizá, el fondo del alma, con su fardo de sueño y de deseo, y que, en los niños que se aman, hace de cada uno el doble fascinante del otro… o su promesa, cuando menos; el anuncio de una identidad maravillosamente multiplicada en su replicación.

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Le gustaban los licores fuertes que abrasan el gaznate, los aguardientes secos y devoradores que   hacen hervir el cerebro y espantan las ganas de dormir. Entonces, las palabras abandonan las guaridas donde las habían arrinconado y olvidado los reparos ordinarios de la lengua, y comienzan a agitarse las imágenes inmemoriales, tan antiguas y tan nuevas como el sentido, como el mundo, como el alma, de cuya destilación nacen éstas, casi fuera del tiempo. Las bebidas fuertes tenían el poder de derribar las barreras y de hacer emerger   los estratos verbales en los que se habían acumulado las primeras emociones. Así, la escritura, al contrario que la ciencia y, muy especialmente, la química, mantenía una relación privilegiada con lo elemental. La poesía se ofrecía, en ese sentido, como una vía de realización del ser.

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Hacía días que el aliento acuciaba al aliento. Los hombros se rozaban. Las miradas se buscaban continuamente. Los labios dolían de pura avidez, en el silencio. Había cosas que caían por su propio peso, como hacen los primeros frutos. A los corazones les costaba refrenarse, sofocados, al mismo tiempo, por el deseo y la ansiedad. El olor de las piedras recalentándose al sol avivaba los sentidos. Brazos desnudos, largas manos, largas piernas, Vaivén del cuerpo en la persistencia de la luz, fisonomías cómplices… Alargar una espera tan rebosante como aquélla se convertía en una tortura.
Entonces, de pronto, todo se precipitó.

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Aquellos que ya no podían más se dejaban caer al borde del camino o directamente allí donde les fallaran las fuerzas. Reprendidos, zarandeados, intentaban ponerse en pie y recuperar su lugar en la fila. Pero era demasiado. Se desplomaban de nuevo y, si no se quitaban de en medio, los demás, caballos y carros incluidos, les pasaban por encima. Así era, en honor a la verdad, como brotaba el lamento más penetrante, el de los hombres disgregados, abandonados. Se alzaba por doquier, de los arcenes y las cunetas: un estertor envolvente, una vehemencia ronca y agónica de pechos rotos, de gargantas desgarradas, a través de la cual seguía avanzando la pesada columna de los aún capaces; pero pronto también ellos caerían derrotados y otros los pisotearían y los aplastarían, y sus lamentos particulares podrían sumarse entonces al coro de lamentos y henchir el cielo con un dolor más vasto, con un clamor sin eco.

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Fogonazos. Sabía muy bien cuál era el remedio para librarse de ellos, para que volvieran a reinar en su interior el silencio y el vacío que permitieran acoger las palabras auténticas: esas palabras, por encima de todo, que habían concebido juntos en la luminosa tiniebla de su amor… «Hiere, negra espina». Ésas eran las palabras que él quería oír susurradas de voz de su hermana, susurradas en su interior. Que todo callara a su alrededor y que esa voz volviera a él con el canto y el aliento: «Hiere, hiere una vez más, negra espina; hiere otra vez, hiere siempre». Y el único remedio —no había otro posible– que le procuraría el respiro que tanto necesitaba cabía entero en la bolsita de polvo blanco escondida en el forro de su guerrera.

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Cuando le anunciaron la muerte de su hermano, con un poco de retraso respecto a los acontecimientos, hacía poco que había salido del sanatorio tras una larga cura de desintoxicación. La inesperada noticia la fulminó allí mismo. Comenzó a gritar de una manera desaforada, desde lo más profundo de su cuerpo infatigable. Aulló ininterrumpidamente durante veinticuatro horas, sin tomar aliento, sin sentarse o acostarse siquiera, de pie, en el mismo lugar, conjurando el infinito, sin pensar en nada, sin imaginar nada, ajena a todo sentimiento y toda representación, limitándose a ser ese cuerpo golpeado de lleno vaciándose de todos sus sentidos en la violencia del grito. No oía, no veía, no sentía ya nada. No tenía conciencia alguna de su grito.

Claude Louis-Combet
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