Lectura: “El hijo de todos”. Louise Erdrich

Escribía hace un año en estas mismas páginas, reseñando el volumen de relatos El descapotable rojo, que Louise Erdrich (Little Falls, Minnesota, 1954) “no trata de magnificar la realidad nativa, tampoco de lamentar su situación sino de reconciliarse con su realidad” e idéntica apreciación se puede formular respecto a la última novela traducida al español de esta autora, El hijo de todos (LaRose en el original). El hilo argumental es tan imaginativo como sobrecogedor: un hombre -Landreaux- sale de caza y mata accidentalmente al hijo de su amigo y vecino Peter. La única forma de mitigar el sentimiento de culpa y la pena de los padres destrozados será entregarles a su propio hijo, LaRose, de tan solo cinco años, en sustitución del niño muerto, tal como establece la tradición de la tribu Ojibwe. Este es el motor de la acción, con la potencia necesaria para arrastrar al lector más exigente (en los “Agradecimientos” de la última página menciona que fue la madre de la autora quien le relató un episodio real similar).

Las posibilidades de resolución para una historia de tales características son infinitas. La escogida por Erdrich es probablemente la más virtuosa: LaRose logrará que entre “sus dos familias” vuelva a reinar la armonía existente antes del desgraciado accidente. Pero como en el resto de los anteriores catorce títulos, a Erdrich la trama le sirve de hilo conductor de donde derivar mil y una sub-tramas que además de enriquecer el relato principal tienen sentido en sí (y por sí) mismas.

Louise Erdrich. El hijo de todos.jpgDe esta forma, la sencillez argumental alcanza una complejidad propia de una epopeya, máxime cuando la comunidad -como suele ser habitual de indios nativos- se convierte en el referente histórico, social, y filosófico-conceptual de lo narrado. Entre la amplia nómina de personajes que aparecen en la novela (viejos conocidos algunos de ellos de anteriores títulos), destacan la primera LaRose, que inició la saga hace generaciones; Romeo, supuesto amigo de Landreaux pero de espíritu atormentado; el padre Travis, el párroco católico que tiene una singular forma de entender la religión. La narración de sus propias historias enfatiza la percepción de que es la comunidad la verdadera protagonista del libro. La acción de entregar al propio hijo como “compensación” por el mal causado ya presupone aceptar que existe un órgano superior a la familia, en este caso la tribu. Una argumentación reforzada por el hecho de que también Romeo entregara su propio hijo, Hollis, a la familia de Landreaux, que lo cuidará mejor que él, adicto a las drogas. En este sentido el título de la edición en español, El hijo de todos, se antoja más acertado que el original LaRose. No se derive de tal propuesta un inherente reduccionismo por el que se consideraría a Erdrich una autora étnica, con el folklorismo de ello derivado. El microcosmos de la tribu adquiere, gracias a la referida inclusión de los personajes secundarios, una novedosa dimensión universalista, en línea similar a lo que Faulkner lograra con su Yoknapatawpha. La primera LaRose representa el pasado del que no se puede escapar y del que debemos aprender; Romeo, el mal que existe en toda sociedad; no se trata de un mal natural, sino de un mal propiciado por las propias circunstancias sociales y personales; el padre Travis es el contrapunto a uno de los temas subyacentes, el de la asimilación cultural, al efectuar el recorrido contrario adaptando los preceptos religiosos a las necesidades de un grupo específico de feligreses.

Conozco bien la trayectoria narrativa de Louise Erdrich; la calidad de obras como The Master Butchers Singing Club (2003, los protagonistas son emigrantes alemanes) o más recientemente La casa redonda (2012, reconocida con el National Book Award), resulta incuestionable; sin embargo en ninguna de ellas había logrado Louise Erdrich emocionarme como en aquella primeriza y referencial Love Medicine (1984), algo que sí ha conseguido con esta deliciosa El hijo de todos.

José Antonio Gurpegui. El Cultural


 

Textos

Landreaux había seguido la pista del ciervo durante todo el verano, aguardando el momento para cazarlo cuando estuviera bien cebado, justo después de cosechar el maíz. Como siempre hacía, le daría una parte a Ravich. El ciervo tenía costumbres fijas y se sentía seguro en su recorrido. Se detenía y observaba hasta bien entrada la tarde. Después, se atrevía a salir antes del anochecer, cruzaba los límites de la reserva para explorar los márgenes de los campos de Ravich. Ese día se acercó por el camino y se detuvo para olisquear el aire. Landreaux se encontraba a favor del viento. El ciervo se giró para observar el maizal de Ravich, ofreciendo a Landreaux una diana perfecta. Era un cazador extremadamente hábil; se había iniciado en la caza menor de la mano de su abuelo cuando tenía siete años. Landreaux disparó con absoluta seguridad. Cuando el ciervo salió huyendo, comprendió que había alcanzado otra cosa; se le había nublado la vista en el momento de apretar el gatillo. Solo cuando se acercó para comprobar y bajó la mirada, se percató de que había matado al hijo de su vecino.

31 de diciembre de 1999. Peter almacenó la suficiente leña en las leñeras de la sala de estar como para mantener la estufa encendida toda la noche; estaba convencido de que el suministro eléctrico controlado por ordenador fallaría. Llenó jarras de agua potable y cubos de agua para arrojar al váter; después, cortó el suministro por si acaso se helaban las cañerías. Preparó camas en la sala de estar de la planta baja, donde la estufa desprendería un agradable calor. Había comprado sacos de dormir de fibra sintética High-Loft para soportar temperaturas bajo cero, por si tenían que utilizarlos durante todo el invierno. Con cierta esperanza, había elegido un saco de matrimonio para Nola y él. Y también había comprado gruesos bloques de espuma. Extendió todo este acogedor equipo de cama por el suelo y los niños bajaron sus almohadas. LaRose sostenía contra el pecho su muñeco. Había comida, la radio con pilas, el ordenador para ver cómo se volvía loco a medianoche y juegos de cartas. Nola preparó palomitas y se reía con cualquier cosa que hacía LaRose. Parecía encantada, y lo estaba, porque si se acababa el mundo de verdad, todo aquello terminaría. No tendría que seguir fingiendo que estaba mejorando. Cualquier caos que ocurriese no sería culpa suya. Peter y Maggie jugaron a Vete a Pescar, al Ocho Loco y a Corazones, y con voz susurrante y emocionada, Nola leyó a LaRose un libro tras otro. Finalmente los niños entraron en calor en sus sedosos y acolchados sacos de dormir y se quedaron dormidos. Peter encendió unas velas, sacó una botella de vino espumoso y alimentó el fuego. Vertió la espuma ámbar lentamente en la flauta de champán de Nola y después en la suya. Brindaron en silencio. Nola se apartó el pelo, los rizos rubios y sueltos, de la cara. Mientras bebían, se miraron a los ojos y vieron a los dos extraños que ahora habitaban los cuerpos que unidos habían dado vida a su hijo.

Era ancestral y había brotado de la tierra en ebullición. Había dormido, quedándose latente en la tierra y alzándose en la bruma. La tuberculosis había llegado como un torbellino vertiginoso para unirse a la cálida vida. Estaba en cada nuevo mundo y en cada viejo mundo. Primero amó a los animales, luego también amó a las personas. A veces aterrizaba en la cárcel de unos tejidos humanos o se desprendía de las nutritivas frondas del cuerpo. A veces saltaba, se liberaba, excavaba túneles en los huesos o agujeros en los intrincados pulmones hasta convertirlos en elegantes encajes. A veces se quedaba en nada. A veces se hacía un hueco en una familia o comenzaba su incansable recorrido por una escuela donde los niños dormían unos junto a otros. Una noche después de la oración en la escuela misional, donde dormía la primera LaRose, la Flor, junto a otras niñas en hileras de camas, en un dormitorio frío e inhóspito salvo por el vaho de sus alientos, la tuberculosis salió volando de pronto de los labios entreabiertos de una delgada muchacha. En el gélido viento que se filtraba por una ventana de guillotina torcida, se deslizó por encima de Alice Anakwad. Planeó sobre su hermana Mary. Descendió en picado y se precipitó hacia el bulto inclinado de LaRose bajo una manta de lana, pero la corriente de aire se detuvo de golpe. El viejo ser murió sobre los barrotes de hierro de su cama. Después, una hermana, empujada de forma explosiva por una gotita de la tos de Alice, saltó por encima de los barrotes de la cama de LaRose y se desvaneció en la inhalación de su aliento.

El pasado estaba removiendo a Landreaux. Había transcurrido mucho tiempo desde que evocara cómo eran Emmaline y él en los inicios. Ahora, incluso recordar le dolía y le procuraba placer a su mente al mismo tiempo. Hasta que conoció a Emmaline, había estado viviendo como dormido. Se mantenía en pie aletargado, aunque hacía mil cosas. Y entonces ella lo había sacudido violentamente y, cuando se atrevió a mirarla a los ojos, lo vio: juntos estaban despiertos. Ella comenzó a habitarlo. Él sentía demasiado. Tenía pensamientos extraños. Si ella lo abandonase, se volvería ciego. Sordo. Se olvidaría de hablar y de respirar. Cuando discutían, él se convertía en aire. Sus átomos, moléculas, fuese lo que fuese de lo que estaba compuesto, comenzaban a disgregarse lentamente. Él podía notar cómo iba perdiendo solidez. ¿Cómo había conseguido ella aquello? A veces, por las noches, cuando ella abandonaba la cama y él se quedaba anclado en un estado de seminconsciencia y no podía moverse, una sensación de pavor crecía en él, una opresiva angustia que rebosaba miedo y ansiedad, y que solo amainaba cuando percibía que ella se movía de nuevo a su lado. Si Emmaline no lo hubiese amado firmemente a su vez, habría muerto por la misma experiencia de enamorarse. Era como si hubiese nacido en una cueva, se hubiese criado como un niño lobo o un mono con una botella atada a un alambre por madre. Sentir era casi más de lo que era capaz de soportar.

Louise Erdrich.jpg

Louise Erdrich. El hijo de todos

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