Lectura: “Homo Lubitz”, de Ricardo Menéndez Salmón

Dice Control, nombre del enigmático personaje cuyo despótico poder planea sobre Homo Lubitz, que “el mundo, a pesar de nuestros esfuerzos, es casi siempre caos y oscuridad”. Y el narrador enfatiza en cursiva los dos sustantivos: “Esas palabras empleó: caos y oscuridad”. Ambos términos sintetizan la inquietante mirada contemporánea acerca de nuestro planeta que inspira la escritura de Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971), de casi toda su obra y también de esta nueva incursión en la realidad actual; en nuestro tiempo y con presagios de extenderse más allá como una maldición bíblica.

Ricardo Menéndez Salmón. Homo LubitzVuelve, pues, el exigente narrador asturiano al territorio imaginativo y moral que le es propio y lo hace con una moderada distopía: la acción de la novela se sitúa en 2025. La proximidad de esta fecha le permite ahorrarse la parafernalia habitual en la ficción fantástica y presentar datos que nos resultan familiares, y, a la vez, insinuar con verosimilitud hechos propios de un futuro inquietante. El argumento acaba con un dron, invento reciente cuyas consecuencias futuras no podemos ahora llegar a imaginar.

Al autor Menéndez Salmón le preocupan cuestiones de tipo filosófico y especulativo, y sobre ellas construye un relato alegórico en Homo Lubitz. Sabe, sin embargo, que esta clase de narración abstracta necesita un soporte imaginativo suficientemente concreto. A este fin cuenta de entrada una historia imaginaria pero posible. El protagonista, Richard O’Hara, consigue que las autoridades chinas firmen un fabuloso convenio con Arconte Limited, multinacional farmacéutica presidida por Control, para que millones de ciudadanos puedan consumir lácteos. La joint venture (“la más completa, rápida y radical operación colectiva de la historia humana”) entre un capitalismo salvaje y una manipulación política que encubre un auténtico genocidio provoca terribles consecuencias.

Despliega Menéndez Salmón en esta anécdota magníficas cualidades: excelentes apuntes del contraste entre oriente y occidente, poderosas descripciones y retratos humanos, sabio juego de lo ensayístico y lo anecdótico, puntadas de humor y creativas imágenes; en suma, una buena historia de ideas con un ameno desarrollo novelesco. Si hubiera acabado aquí el libro, tendríamos una magnífica novela corta -modalidad que ya ha cultivado el autor con gran acierto y que parece adaptarse muy bien a su ADN literario-, intensa, profunda y entretenida. Sin embargo, la enlaza con una segunda peripecia.

Muy satisfecho Control con O’Hara, además de abonarle una cifra suculenta, le hace otro encargo: localizar en algún lugar del planeta el sitio exacto recogido por una fotografía. La propia idea es poco creíble y su tratamiento se despeña en una complicación enorme. Toda la compleja anécdota resulta intrincada y, falta de un mínimo de trabazón, uno se pierde en los sucesos, bastante gratuitos o inexplicados, y queda aprisionado en un bucle de ideas que carecen de suficiente respaldo narrativo. Ayudan a saber qué asuntos se abordan las referencias al cine (fuerte presencia de David Cronenberg) y a cierto arte moderno (Pollock y varios pintores abstractos nihilistas), y el recuerdo del copiloto suicida alemán Andreas Lubitz que causó una tragedia en 2015 (a quien remite el título del libro con valor de categoría de nuestra especie), pero la novela no les da bastante encarnadura narrativa.

Menéndez Salmón utiliza una implacable imaginería expresionista para trasmitir que vivimos en un mundo incomprensible sometido a la doble ley del accidente y del vacío. Ciertamente, comunica una fuerte sensación de extrañeza respecto de la vida moderna, la cual escapa a nuestro albedrío y en la que somos marionetas cuyos hilos manejan y fuerzas incontrolables. El precio que paga este vigoroso alegato, auténtica parábola moral de una humanidad desnortada, es un férreo intelectualismo, acentuado al extremo en la segunda trama argumental, y una lectura en exceso ardua y árida. Aunque Menéndez Salmón haga muy seria literatura, indiferente a los relatos complacientes con el mercado, Homo Lubitz exige demasiados esfuerzos.

Santos Sanz Villanueva. El Cultural


 

Textos

China había resuelto el conflicto entre feudalismo e hipertecnología, reacción y revolución, detención y progreso en unas pocas generaciones, las que mediaban desde la llegada al poder de Deng Xiaoping. En cualquier metrópoli contemporánea eran perceptibles distintas épocas, desde elementos casi invisibles que habitaban en las cavernas de la mendicidad hasta individuos imposibles de clasificar que se habían propulsado hacia espacios todavía por cifrar en el Gotha de las modas y costumbres. La colmatación de ambos nichos había sido delicada, lenta, esforzada. En China, el matrimonio entre el vehículo de tracción humana y el bólido rutilante, la infravivienda y la ciudad transformer, el pozo de acción manual y el enjambre domótico se había construido a velocidad de vértigo y transcurría en una única burbuja visual. El entorno del Lago del Oeste estaba delimitado por las marcas eficaces (Mercedes Benz), elitistas (Cartier) y cool (Starbucks), aunque para acceder a ellas hubiera que sortear a ciclistas que transportaban inverosímiles zigurats de bidones de plástico. Este décalage, que en otras sociedades sobrevivía mediante líneas de demarcación, conformando ecosistemas paralelos, resultaba en China permeable. Se transitaba por estas realidades adyacentes mediante un plano secuencia. Preindustrialización y ciencia ficción no eran consecutivas, sino simultáneas.

 

Apuró el daiquiri de un trago, dejó cien yuanes de propina y se alejó tambaleándose. Quien lo hubiera visto caminar hacia el ascensor, habría experimentado el mordisco de la piedad.

Y una ecuación antigua: la tecnología es la naturaleza desprovista de lujuria.

La mano era cálida aunque áspera, y mientras contemplaba a la muchacha que decía llamarse Ada caminar a su lado en dirección al East Hotel, O’Hara se supo reconfortado. Era como si el tiempo le otorgara una pausa, un respiro, las galas de su indulgencia; como si el sueño —cualquier sueño— se hubiera encarnado. En realidad, esa extraña que aseguraba responder al nombre de Ada, la misma que aferraba su mano sin pronunciar palabra, no podía ser sino la personificación de algún principio superior e intangible que se aparecía a los hombres despojado de toda majestad, como cuando Atenea bajaba a los campos de la muerte en Troya para defender a sus favoritos durante la batalla. Quizá por eso, caminando en silencio hacia el hotel, dudó entre la Sabiduría y la Justicia. Pero la Sabiduría era triste y la Justicia era ciega, y aquella quimera encerrada en un cuerpo de mujer no estaba abrumada por la pena y tenía unos hermosos ojos que miraban a O’Hara con más afecto que lascivia, así que cuando ya dentro del ascensor bendecido por la memorable errata ella se giró quitándose los pendientes, ofreciéndole la blanca y nítida visión de su espalda, en ese segundo de infinita belleza en que todo se detuvo alrededor de cierto gesto femenino tan cotidiano como asombroso, O’Hara comprendió que ella era la Soledad y que él iba a convertirse en su jinete.

La voz de Cronenberg expresó su convencimiento de que Andreas Lubitz era un síntoma. Y de que él, Cronenberg, había filmado síntomas durante toda su vida de cineasta. Síntomas del calvario y del éxtasis. Síntomas de la enfermedad y de la violencia. Síntomas de las nuevas parusías. La voz de Cronenberg puntualizó que Andreas Lubitz era el síntoma de una enfermedad que se llevaba gestando hacía muchísimo tiempo en el organismo occidental, largos años de ausencia y deterioro, una época espléndida y a la vez inocua. Ese síntoma, precisó la voz de Cronenberg, era la angustia ante el vacío. Cronenberg dijo que consideraba a Andreas Lubitz un enfermo de nihilismo, pero sin el cariz romántico de los primitivos nihilistas, los jóvenes rusos que se inmolaban en aras de un futuro mejor. No. Andreas Lubitz era un nihilista del narcisismo, un hombre débil y estúpido que quiso jugar a ser dios, cualquier dios, y que al poner en cuarentena los panteones nos hizo percibir la aterradora presencia del vacío. Un vacío tanto más implacable en la medida en que transparentaba un cúmulo de decisiones egoístas: falta de reconocimiento y éxito, deudas de dinero, la puesta en duda de una personalidad.

Durante el despegue estudió cada detalle del rostro del capitán. Cada arruga de sus manos. Cada uno de sus gestos repetidos y mecánicos. Se llamaba Patrick Sondenheimer. Joven pero experto. Seis mil horas de vuelo a los treinta y seis años. Con una familia que lo esperaba. Con una posición envidiable. Con un futuro trazado. Y él iba a acabar con todo eso sin remedio. En Sondenheimer, en los minutos de soledad que pasarían juntos, sin intromisiones de terceros salvo por las indicaciones de la radio y la rutina de cabina, él podría observar, como en un espejo ampliado, lo que significa una vida que no sabe que se está agotando. Esa ceguera primordial que define al ser humano, que lo desconoce casi todo de sí mismo y con seguridad todo de quienes le rodean, y que por tanto, a expensas de una mejor definición, le condena a ser un animal que vive a oscuras. Él miraba aquel rostro, en el cual se precipitaban impresiones de las restantes personas a bordo, aquel rostro que era un crisol de toda la sangre vagabunda que es el mundo, y no advertía más que esa negrura seminal, esa indeterminación. Sondenheimer, que en unas horas sería un apellido repetido en los noticiarios del mundo, trending topic en la red de redes, un nombre sobre el que especular, a quien llorar, de cuya fortuna lamentarse, y que en unos días, cuando su cuerpo hecho polvo, fragmento, ráfaga de metralla orgánica, fuera recuperado bajo alguna forma capaz de procurar consuelo, demandaría a gritos que su historia, la historia número uno, la historia número ciento cincuenta, fuera contada, diseccionada, cartografiada hasta su último detalle para así, vana y fatalmente, intentar desentrañar alguna razón de lo que había sucedido.

Ricardo Menéndez Salmón

Ricardo Menéndez Salmón. Homo Lubitz

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