Lecturas: “4 3 2 1”, de Paul Auster

Cuando, se publicó Una y otra vez, de Kate Atkinson, en 2013, causó una impresión de novedad, de ser una novela histórica salvajemente imaginativa, en la que el personaje principal muere repetidas veces para acabar resucitando en circunstancias distintas. La historia vuelve sobre sí misma como un videojuego, lo cual da a la protagonista otra oportunidad de que las cosas salgan bien, o al menos, de explorar avenidas de posibilidad alternativas. Se trata de un estimulante experimento que libera tanto a la autora como al lector de la implacable lógica lineal de la narrativa realista, al tiempo que plantea intrigantes preguntas sobre el destino, la identidad y el poder de los individuos para controlar su propia vida.

Paul Auster (Newark, 1947) se aventura en un territorio similar en 4 3 2 1, una épica novela de aprendizaje que ofrece al lector cuatro versiones de los años de formación de Archie Ferguson […]

Origen: 4 3 2 1

Paul Auster. 4 3 2 1


 

‘4321’, de Paul Auster: Paul Auster: “No estoy seguro de tener la fuerza necesaria para escribir otra novela”

Origen: ‘4321’, de Paul Auster: Paul Auster: “No estoy seguro de tener la fuerza necesaria para escribir otra novela” | Babelia | EL PAÍS


 

Textos

Su madre se llamaba Rose, y cuando fuera lo bastante mayor para atarse los zapatos y dejar de hacerse pis en la cama, pensaba casarse con ella. Ferguson sabía que Rose ya estaba casada con su padre, pero su padre era viejo y no tardaría mucho en morirse. Una vez que pasara eso, Ferguson se casaría con su madre, cuyo marido a partir de entonces se llamaría Archie, no Stanley. Se pondría triste cuando su padre muriese, pero no mucho, no lo suficiente como para derramar lágrimas. Llorar era de niños pequeños, y él ya no era pequeño. Había momentos en que aún se le saltaban las lágrimas, claro está, pero sólo cuando se caía y se hacía daño, y hacerse daño no contaba.

En aquel momento de su viaje por la vida, Ferguson aún aguardaba su primer beso, el primer beso de una chica, un beso de verdad en contraposición a los besos fraudulentos de madres, abuelas y primas hermanas, un beso ardiente, erótico, que fuese más allá de poner simplemente los labios sobre otros labios, un beso que lo transportara por los aires a un territorio hasta entonces desconocido. Estaba preparado para aquel beso, llevaba pensando en él desde antes de su cumpleaños, Howard Small y él habían discutido el asunto repetidas veces y en profundidad a lo largo de los últimos meses, y ahora que Gloria Dolan y él intercambiaban sonrisas secretas en clase, Ferguson decidió que Gloria debía ser la primera, porque todas las señales apuntaban al hecho inevitable de que iba a ser la primera, y así fue como, un viernes por la noche a finales de abril, en el curso de una reunión en casa de Peggy Goldstein en Merrywood Drive, Ferguson condujo a Gloria al jardín trasero y la besó, y como ella le devolvió el beso, siguieron besándose durante un buen rato, mucho más tiempo del que él había imaginado, quizá diez o doce minutos, y cuando Gloria le deslizó la lengua por el interior de la boca, todo cambió de pronto, y Ferguson comprendió que había entrado en un mundo nuevo y nunca volvería a poner los pies en el antiguo.

Qué extraño fin de semana fue aquél, que pasaron sentados en el sofá sin salir para nada del piso, viendo cómo juraba Johnson el cargo de nuevo presidente, viendo cómo se llevaban a Oswald a la cárcel con su ensangrentada camiseta mientras protestaba ante las cámaras afirmando que él no era más que un chivo expiatorio, expresión que Ferguson siempre asociaría con el joven frágil que mató o no mató a Kennedy en solitario, viendo un breve descanso de las noticias cuando una orquesta interpretó el canto fúnebre de la sinfonía Heroica de Beethoven, viendo el cortejo fúnebre por las calles de Washington el domingo, Amy con un nudo en la garganta ante el espectáculo del caballo sin jinete, y viendo cómo Jack Ruby se introducía en la comisaría de policía de Dallas y disparaba a Oswald en el estómago. Ciudad irreal. El verso de Eliot restallando una y otra vez en la cabeza de Ferguson en aquellos tres días mientras Amy y él iban dando cuenta de la comida en la cocina, huevos, chuletas de cordero, tajadas de pavo, paquetes de queso, latas de atún, galletas y cajas de cereales para el desayuno, Amy fumando más que nunca y Ferguson fumando con ella por primera vez desde que se conocían, los dos sentados en el sofá uno junto a otro y apagando los Lucky al unísono para abrazarse y besarse, incapaces de no cometer el sacrilegio de besarse en momento tan solemne, de no levantarse del sofá cada tres o cuatro horas para hacer otra visita a la alcoba, liberarse de la ropa y meterse de nuevo en la cama, ambos doloridos ya, no sólo Amy sino Ferguson también, pero no podían parar, el placer siempre era más intenso que el dolor, y pese a lo deprimente que resultaba estar allí en un fin de semana tan espantoso, fue el más grande, el más importante fin de semana de sus jóvenes vidas.

[…] porque leer Crimen y castigo lo transformó, Crimen y castigo fue el rayo que cayó de los cielos y lo partió en mil pedazos, y cuando logró recomponerse, Ferguson ya no albergaba duda alguna sobre su futuro, porque si aquello era lo que un libro podía ser, si aquello era lo que una novela podía hacer en el corazón, la mente y las opiniones más arraigadas de una persona sobre el mundo, entonces escribir novelas era seguramente lo mejor a lo que una persona podía dedicarse en la vida, porque Dostoievski le enseñó que las historias inventadas podían ir más allá de la diversión y el entretenimiento, eran capaces de volverlo a uno del revés y ponerlo patas arriba, podían escaldarlo, congelarlo, quitarle la ropa y arrojarlo desnudo a los implacables vientos del universo […]

En sus tres años de segundo ciclo de instituto en las afueras de Nueva Jersey, el Ferguson de dieciséis, diecisiete y dieciocho años pasó no menos de una hora diaria completando diecinueve cuadernos de trabajo, según los denominaba él, rellenándolos con diversos ejercicios creados por él mismo con el fin de aguzar el ingenio, ahondar en el detalle y tratar de mejorar (como una vez explicó a Amy): descripciones de objetos físicos, paisajes, cielos matinales, rostros humanos, animales, el efecto de la luz en la nieve, el ruido de la lluvia en el cristal, el olor de un tronco ardiendo, la sensación de caminar entre la niebla o escuchar el viento que sopla entre las ramas de los árboles; monólogos en la voz de otros con objeto de convertirse en esos otros o al menos tratar de entenderlos mejor (su padre, su madre, su padrastro, Amy, Noah, sus profesores, sus amigos del instituto, el señor y la señora Federman), pero también desconocidos y gente nada cercana, como J. S. Bach, Franz Kafka, la cajera del supermercado del barrio, el cobrador de los billetes del ferrocarril Erie Lackawanna y el mendigo que le pidió un dólar en la estación Grand Central; imitaciones de escritores admirados, exigentes e inimitables del pasado (cogía un párrafo de Hawthorne, por ejemplo, y redactaba algo basado en su modelo sintáctico, empleando un verbo cuando él utilizaba un verbo, un sustantivo cuando él usaba un sustantivo, un adjetivo siempre que él se servía de alguno… con objeto de marcar el ritmo en su interior, para sentir cómo se hacía la música);

Le asignaron una habitación en la décima planta de Carman Hall, la residencia más moderna del campus, pero en cuanto deshizo las maletas y colocó sus cosas, Ferguson se dirigió a Furnald Hall, una residencia contigua que estaba unos cuantos metros más arriba, y subió en ascensor a la sexta planta, donde permaneció unos instantes frente a la habitación 617, y luego bajó por las escaleras, caminó en dirección este por el sendero de ladrillos que corría a lo largo de la biblioteca Butler y se encaminó a una tercera residencia, el edificio John Jay Hall, donde subió en ascensor hasta la duodécima planta y se quedó unos momentos frente a la habitación 1231. Federico García Lorca había vivido en aquellas dos habitaciones durante los meses que pasó en Columbia en 1929 y 1930. La 617 de Furnald y la 1231 de John Jay eran los sitios en donde había escrito «Poemas de la soledad en la Universidad de Columbia», «Vuelta a la ciudad», «Oda a Walt Whitman» y la mayoría de los poemas recogidos en Poeta en Nueva York (Nueva York de cieno / Nueva York de alambres y de muerte), libro que acabó publicándose en 1940, cuatro años después de que Lorca fuese apaleado, asesinado y arrojado a una fosa común por esbirros de Franco. Suelo sagrado.

Paul Auster

Paul Auster. 4 3 2 1

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