Lectura: “Del color de la leche”, de Nell Leyshon

Elias Canetti escribió que en las escasas ocasiones en que las personas logran liberarse de las cadenas que las atan suelen, inmediatamente después, quedar sujetas a otras nuevas. Mary, una niña de quince años que vive con su familia en una granja de la Inglaterra rural de 1830, tiene el pelo del color de la leche y nació con un defecto físico en una pierna, pero logra escapar momentáneamente de su condena familiar cuando es enviada a trabajar como criada para cuidar a la mujer del vicario, que está enferma. Entonces, tiene la Nell Leyshon. Del color de la lecheoportunidad de aprender leer y escribir, de dejar de ver «sólo un montón de rayas negras» en los libros. Sin embargo, conforme deja el mundo de las sombras, descubre que las luces pueden resultar incluso más cegadoras, por eso, a Mary sólo le queda el poder de contar su historia para tratar de encontrar sosiego en la palabra escrita. En Del color de la leche, Nell Leyshon ha recreado con una belleza trágica un microcosmos apabullante, poblado de personajes como el padre de Mary, que maldice a la vida por no darle hijos varones; el abuelo, que se finge enfermo para ver a su querida Mary una vez más; Edna, la criada del vicario que guarda tres sudarios bajo la cama, uno para ella y dos para un marido y un hijo que no tiene; todo ello, enmarcado por un entorno bucólico que fluye al compás de las estaciones y las labores de la granja, que cobra vida con una inocencia desgarradora gracias al empeño de Mary de dejar un testimonio escrito del destino adquirido, al cual ya no tiene la menor posibilidad de renunciar.

Contraportada del libro. Ed. Sexto Piso


Textos

puse la cesta con los huevos junto a ella y me dirigí hacia el cuarto de al lado. ¿dónde te crees que vas?, me preguntó. dentro a ver a abuelo. no te creas que vas a quedarte ahí todo el día. tienes que hablar menos y trabajar más. ya lo sé, dije yo. y es verdad que lo sé pero no puedo evitarlo. porque soy como soy. mi lengua es rápida como la lengua del gato cuando se bebe a lametones la leche del cubo. entré en el cuarto de al lado y ahí estaba sentado junto al fuego. no había llamas. me senté en la otra silla, justo enfrente de él, y abuelo me miró y sonrió. ¿qué has estado haciendo?, le pregunté. esto y aquello, dijo él, y un poco más de eso. acerqué mi silla a él. ¿violet te ha lavado? ah, sí, dijo él. vaya si me ha lavado. me ha restregado la piel hasta que casi me la arranca, maldita sea. se cree que soy una vaca que hay que llevar al mercado. fíjate, no creo que les dieran mucho por mí. no tengo mucha carne, ¿verdad? me reí y le puse bien el abrigo que tenía encima de las piernas para que no se le quedaran frías, porque se le habían muerto cuando se cayó del almiar. ¿cuántos huevos hoy, jovencita?, me preguntó. no los suficientes. hostia. ya se encargarán. me encargaré yo. llévales restos y mondas. aliméntalas un poco. dales un poco de grasa. entonces ya verás cómo ponen. el cerdo se come los restos y las mondas. róbale un poco al cerdo. asentí con la cabeza. lo haré, pero es un glotón de la hostia. abuelo movió el dedo de un lado a otro. no me gusta ese lenguaje en una jovenzuela como tú, dijo. pero vaya, tienes razón, es un glotón de la hostia. me reí. bueno, dije entonces, ¿qué vas a hacer ahora? no hay mucho que hacer. tomaré la cena cuando esté lista. después me echaré un sueñecito. después me iré ahí al lado a pelar unas patatas, a comer algo en la mesa con vosotros y después a la cama para encontrarme un día más cerca de la muerte. no digas eso. ¿por qué demonios no voy a decirlo?, me preguntó. que llegue pronto la muerte, la amiga del trabajador. no digas eso tampoco. ¿para eso has venido, para decirme lo que puedo decir y lo que no? no, dije yo. he venido para ver si estabas bien. necesitas algo. lo único que necesito son dos piernas nuevas. ah, dije yo. sí, ah. miró hacia la chimenea vacía y después, otra vez hacia mí. míranos, dijo, qué pareja hacemos, joder. cuatro piernas entre los dos y sólo una sirve para algo. nos reímos y yo me puse de pie. ¿dónde vas?, me preguntó. ella me dijo que no hablara en todo el día. supongo que tengo cosas que hacer. que las jodan a esas cosas. vuelve a poner el culo en la silla. entonces me senté. ¿has visto a beatrice?, le pregunté. abuelo bostezó. ha estado aquí, me dijo, y me ha aburrido tanto que casi me mata. ha estado rezando por mi alma, tan fuerte que casi me deja sordo. ¿qué se cree? ¿que si le pide a gritos a su dios que me cure me voy a levantar de un salto y a ponerme a bailar? para eso haría falta más que un milagro. y se rio. entonces se le humedecieron los ojos por lo mucho que se reía y sacó su grueso pañuelo rojo y blanco y se los secó. vaya hermanas, dijo. no podríais ser más diferentes ni aunque cubrieran a todas las mujeres de la parroquia y cada una pariera una niña. pero yo soy tu favorita, ¿verdad?, le pregunté. me miró fijamente, y entonces sonrió y asintió con la cabeza. claro que sí. pero no les digas a las otras que te lo he dicho, joder.

he compartido cama con todas mis hermanas en distintas épocas y todas dan problemas. beatrice necesita tener la biblia en la mano y cuando estás tratando de dormir ella se pone a rezar. violet es muy larga sobre la cama y siempre está diciendo que tiene frío en los pies porque se le salen por el final. y cuando se agacha para recoger piedras o patatas dice que le duele la espalda porque tiene que agacharse más. y tiene unos codos puntiagudos. y hope tiene un carácter podrido y siempre hace todo lo que puede para quedarse con las mantas y que yo pase frío y dice que lo hace dormida, pero yo sé que está despierta y que lo hace aposta porque sí.

y entonces nos sentamos. pero antes de que me metiera el tenedor con comida en la boca él me hizo un gesto con la mano para que parara. vamos a dar gracias, dijo. cerró los ojos, puso las manos juntas y dijo: por lo que vamos a recibir, deberíamos estar muy agradecidos. yo me quedé escuchándolo y pensé en el día que había pasado y en lo que había cocinado y en que había estado de pie debajo de la lluvia arrancando puerros. ¿por qué, le pregunté, tenemos que dar gracias a dios cuando he sido yo la que ha salido y ha cogido la comida y yo la que la ha cocinado? mary, dijo él. y me hizo un gesto con la mano para que parara, pero yo seguí. y voy a ser yo, dije, la que recoja todo después de comer. él se rio. no eres más que una pagana.

y entonces me giré hacia la pared y miré los libros. y pensé en cuando entré por primera vez en ese cuarto y en que nunca había visto un cuarto como ése. fui hacia los libros y cogí uno. lo sujeté con la mano y miré la tapa y después, con mucho cuidado, lo abrí. y había páginas con un papel especial para proteger los dibujos, pero yo miré las palabras y entonces descubrí que las podía entender y fui pasando una página tras otra para asegurarme, pero podía leerlo, aunque iba despacio. donde antes había un lío de rayas negras, ahora había letras. y palabras. y frases. y entonces cerré el libro. y entonces fue cuando me di cuenta de que ya había terminado. sabía leer y sabía escribir.

Nell Leyshon 

Nell Leyshon. Del color de la leche. Ed. Sexto Piso

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