Cecil Day-Lewis, uno y trino

Nació en Irlanda en 1904. En 1968, en el culmen de una carrera que se jactaba de veinte volúmenes de versos, millares de prestigiosas páginas de crítica literaria y una encomiable traducción de la «Eneida», fue laureado poeta de la corte de la reina Isabel II. En 1935, mientras con Auden, Spencer y MacNeice animaban en Oxford un sedicioso cuarteto de poetas militantes en la estela del comunismo, firmó como Nicolás Blake, que de poeta todo lo más tenía el apellido, la primera de las veinte novelas policíacas, muy ingeniosas pero no viciadas por el intelectualismo, y al menos una, «La bestia debe morir», digna de figurar entre las mejores de su género.

Murió en Hadley Wood en 1972, creyendo ser uno, sin saber que a día de hoy los amantes de su poesía ignoran al novelista, los amantes del novelista al poeta, y los amantes del cine, que lo recuerdan sólo como el padre del guapo y misterioso Daniel, ni al uno ni al otro.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

Eugenio Baroncelli. Doscientas setenta y siete vidas en dos o tres gestos.

 

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