Lectura: «Incendios», de Richard Ford

En 1960, cuando Joe tenía dieciséis años, su madre se enamoró. Hacía muy poco tiempo que se habían mudado a Great Falls, en Montana. Era la época del boom del petróleo y el padre de Joe, un golfista profesional que se ganaba escasamente la vida como instructor en clubs privados, había pensado que el gran dinero estaría allí, y que él recibiría una parte de la lluvia de oro que caería sobre la región. Pero nada resultó de acuerdo con lo esperado, y lo que comenzó a caer sobre las cabezas de los pobladores de Great Falls fue la lluvia de cenizas de los incontrolables incendios de los bosques cercanos, que llevaban ardiendo todo el verano sin que fuera posible extinguirlos.

Richard Ford. IncendiosLos fuegos alteraron también la quieta superficie de la vida, liberando latentes complejidades en las relaciones entre los padres de Joe.

El padre perdió su trabajo y, sumido en un profundo extrañamiento, se alistó en las brigadas que marchaban a los bosques a combatir el fuego. Sólo estuvo ausente tres días, pero duraron una eternidad y cambiaron para siempre la vida de Joe.

Su madre conoció a otro hombre, y el adolescente arrojó entonces su primera y desconcertada mirada sobre el opaco mundo del deseo, sobre el enigmático mundo de la madurez. Incendios es una novela de iniciación, «de entrada a la vida», y es también la historia de una pasión contada por quien menos puede saber de ella, el hijo de la enamorada, por quien menos puede creer y comprender la naturaleza de tales sentimientos.

Contraportada de la editorial Anagrama


 

Textos

Se ajustaba el gorro de baño, juntaba las manos por encima de la cabeza, doblaba las rodillas y se zambullía en el agua; tras deslizarse bajo la superficie unos instantes, volvía a aparecer y nadaba doblando los brazos y uniendo los dedos, primero, y rompiendo el agua y avanzando luego con fáciles movimientos. Hacía un largo y volvía, y los ancianos —rancheros, supongo, y mujeres divorciadas de granjeros— la miraban con envidia y en silencio. Yo la observaba, y mientras lo hacía pensaba que cualquiera que la viera, no mi padre o yo sino alguien que no la hubiera visto nunca antes, se llevaría una impresión equivocada. Quiero decir que se diría: «He ahí una mujer feliz»; o: «He ahí una mujer con una bonita figura»; o: «He ahí una mujer a quien me gustaría conocer mejor, aunque jamás podré hacerlo…» Y me decía a mí mismo que mi padre no era ningún estúpido, y que el amor era permanente, por mucho que a veces pareciera recular y no dejar huellas.

[…]

Se volvió como para dirigirse hacia su cuarto, pero al hacerlo alargó la mano y me dio unos golpecitos en el hombro.

“ —Eres un cielo —me dijo—. Como tu padre. Me dejó en la cocina y volvió a entrar en su cuarto para terminar de arreglarse. Yo seguía queriendo preguntarle si amaba a mi padre. Pensé que me sería mucho más fácil ser amable con ella si sabía si lo amaba. Pero allí, solo, sentado en la cocina, no me pareció que pudiera preguntárselo gritando, y tampoco tenía ganas de ir a su dormitorio. Así que tuve que resignarme a quedarme sin saberlo, ya que nunca más tuvimos ocasión de hablar acerca de ello.

[…]

Y entonces emprendí la vuelta a casa. Había deseado marcharme aquel mismo día, pero ahora comprendía que no podía hacerlo, porque mis padres seguían viviendo en casa y yo aún era demasiado joven. Y aunque el hecho de quedarme no podía ayudarles, los tres debíamos estar juntos de un modo que yo no podía cambiar. Mientras caminaba en el frío anochecer hacia las incipientes luces de Great Falls, una ciudad que no era ni sería nunca mi hogar, recordé que la pasada madrugada mi madre me había preguntado si tenía un plan para ella. Y no tenía ninguno; pero si lo hubiera tenido sin duda habría sido que los dos —ella y mi padre— vivieran más tiempo y fueran más felices que su hijo. La muerte, en aquel momento, era menos terrible que estar solo, aunque yo no estaba solo y confiaba en no llegar a estarlo, aunque me di cuenta de la puerilidad de este pensamiento. Y en aquel preciso instante advertí que estaba llorando sin saberlo. ¡Aquello sí que era algo inesperado! Porque lo único que hacía —me dije— era ir hacia casa e intentar pensar en cosas, en las cosas de mi vida, tal y como estaban.

[…]

Se enderezó y fue hasta la trasera del coche y abrió el maletero. Miré hacia atrás, pero no pude ver qué hacía, ni oír nada. Tampoco le oí decir nada. Cerró el maletero, e instantes después, cuando miré por una de las ventanillas laterales, lo vi: subía deprisa por las escaleras hacia la casa blanca de Warren Miller, que seguía iluminada y en la que aún se oía la música del piano. Llevaba algo en las manos; no pude ver lo que era, pero debía de ser algo que había sacado del maletero. Lo llevaba asido con ambas manos. Y entonces experimenté esa sensación que más tarde oiría decir que acompaña a todos los desastres, la sensación de ver las cosas desde una enorme lejanía, como si se miraran a través de un catalejo invertido; la sensación de que, pese a tenerlas a un palmo de los ojos, uno se queda inmovilizado y sumido en la impotencia. Una sensación que primero te hace sentir frío, y luego calor, como si lo que temes no va a suceder finalmente, si bien después sucede y te sorprende aún menos preparado para presenciarlo y para aceptar que te suceda.

   Vi a mi padre llegando a lo alto de las escaleras y andando por el porche —una pequeña galería de acceso que ocupaba sólo en parte la fachada— y dirigiéndose hasta un extremo, justo enfrente del ventanal que daba a la sala. Oí sus pasos sobre el piso de tablas. Oí el débil salpicar que produce un líquido al ser vertido sobre una superficie. Y entonces supe lo que mi padre estaba haciendo, o intentaba hacer. La música, en el interior de la casa de Warren Miller, cesó. Y se oyó sólo el apagado ruido del líquido vertido de una garrafa de cinco litros, que era lo que mi padre tenía en las manos. Rociaba con él —con gasolina o queroseno o fuera lo que fuere lo que había comprado en la estación de servicio— el pie de la casa, donde las tablas del porche se unían con la pared de la fachada. Y quise detenerlo, pero se movía con rapidez, y yo no pude moverme lo bastante deprisa dentro del coche, no lograba manejar con celeridad las manos ni hacer un ruido capaz de llamar su atención para decirle que dejara inmediatamente de hacer lo que estaba haciendo. Vi a contraluz su silueta, que cruzaba de un lado a otro el ventanal. Y entonces se encendió la luz del porche, y Warren Miller abrió la puerta en el preciso instante en que mi padre llegaba ante ella. Warren Miller salió al porche iluminado, y visu cojera. Y él y mi padre se encontraron frente a frente, mi padre con la garrafa de cristal en las manos y Warren Miller con las manos vacías. Fue algo en verdad extraño de presenciar. Y, por espacio de un instante, pensé que todo iba a arreglarse, que Warren Miller tomaría las riendas de la situación —yo sabía que podía hacerlo— y que mi padre renunciaría a sus propósitos de prender fuego a la casa de Warren Miller y arruinar su propia vida y la mía y la de mi madre, como si no importaran nada y fueran algo de lo que alegremente se pudiera abdicar.

 

Richard FordRichard Ford. Incendios

 

 

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