Con la llegada del calor el cuerpo pide una gran novela, una novela grande, anchurosa, acogedora, para sumergirse en ella con toda la voluptuosidad de la vagancia del verano, para quedarse a vivir en ella durante al menos dos o tres semanas, como una casa de campo que se alquila para las vacaciones, en la que uno siente que se renueva al habitar entre los objetos y los muebles de otro, al mirar por ventanas que no son la suya pero que muy pronto le muestran un paisaje familiar […]
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