Onetti estaba en una habitación pequeña, desnuda como una habitación de hospital, tendido de costado en una cama abatible, como torcido, apoyado inestablemente en un codo, con un cigarrillo en la mano, las piernas flacas bajo los pantalones de un pijama azul claro de enfermo, con unas zapatillas azules, los tobillos morados, el vientre hinchado sobresaliendo de la chaqueta medio desabrochada del pijama. Tenía unos ojos grandes y saltones y una barba escasa y no llevaba gafas. En su cara estaba la hinchazón amoratada del alcohol. Sus manos eran muy largas, torcidas, hábiles tan sólo para sostener cigarrillos, vasos, libros, mecheros. Dolly me dijo que ahora al menos sólo bebía vino, mezclado con agua. Había un vaso de vino en una mesita articulada como de hospital al lado de la cama.
Había además libros, hojas sueltas de periódicos, recortes, un cenicero con colillas, uno o dos paquetes de tabaco, una botella de vino a granel, un vaso de agua, frascos de medicinas. La ventana estrecha y alargada, a la que Onetti daba siempre la espalda, se abría a una terraza llena de macetas y al cielo de Madrid sobre esa torre de ladrillo rojo en la avenida de América en la que se encendía de noche el letrero de Iberia.
Ahora me arrepiento de no haber anotado aquel mismo día todos los detalles del encuentro y de la conversación, lo que Onetti me dijo, hace veinticuatro años, recuerdos de recuerdos, gastados de haberlos querido invocar tantas veces. En la pared, encima de la cama sin cabecero, sobre una almohada doblada y estrujada, una almohada de no dormir por las noches, había fotos pegadas con chinchetas o cinta adhesiva: una perra fox terrier que se le había muerto hacía poco, la Biche, amigos y nietos; su hija, con cara de nórdica, una muchacha muy joven, de cara morena y pelo castaño, una belleza. Había venido hacía poco a visitar a Juan, dijo Dolly, con tono de indulgencia, y se había quedado muchas horas hablando con él. «Es que Juan es bastante lolitero.» Hablamos de Humbert Humbert y de Lolita: Onetti dijo que la novela tenía que haber terminado después de la noche en que Humbert viola a la niña, que todo lo demás era una añadidura innecesaria. Por qué no se habría conformado Nabokov con escribir una novela corta, dijo, con aquella expresión de error trágico en sus ojos saltones, enfermo, con los oídos taponados por la gripe, queriendo sobreponerse a la casi invalidez, a la sordera transitoria, a la injuria de los años.
Estuvo hablándome de su amor por Faulkner, a quien yo había descubierto inducido por él. Me enseñó una carta que había escrito para mandar al periódico, burlándose de la obsesión de los obispos y la gente eclesiástica por regular o prohibir pasiones sexuales de las que ellos, en rigor, no deben opinar porque no saben nada.
Yo le conté lo difícil que era encontrar en Granada sus libros cuando era estudiante, en los años setenta: la primera vez que vi una edición de La vida breve, o cuando robé El astillero en una casa en la que estaba de visita. Se acordó de la felicidad de salir de una librería con una novela recién publicada de Faulkner, de ir por la calle leyéndola y chocando con la gente.
Extraía los cigarrillos del paquete con sus dedos largos y flacos como pinzas, amarillos de nicotina, y los encendía con un mechero desechable, apoyándose en el codo. Daba caladas hondas y no echaba en el cenicero la columna de ceniza que iba formándose poco a poco
y que se desmoronaba sobre la pechera del pijama, que él sacudía con descuido. Era asombroso que no hubiera quemaduras ni en la cama ni en la tela del pijama, que no se incendiara todo alguna vez. Dolly me dijo que el miedo a que él se durmiera con el cigarrillo en la mano o en la boca y provocara un incendio no la dejaba descansar por las noches. […]
[…] Dolly me dijo que Onetti se empeñaba en beber vinos y whiskies malos que le hacían daño. Yo le pedí permiso para regalarle la botella de single malt que había comprado el día antes en el duty free del aeropuerto de Lisboa. Me dijo que sí, con un gesto de fatalismo sin drama. «Por lo menos beberá algo bueno.»
Trajo dos vasos limpios y le serví a Onetti un poco de whisky, y yo bebí algo también. Estaba casi en ayunas, y además había perdido el hábito de beber. El whisky me hizo un efecto halagüeño e inmediato. Me acordé de las tres cosas que él decía que más le gustaban: «Escribir, una dulce borrachera bien graduada, hacer el amor». Dolly contó un recuerdo de los años en que empezaban a estar juntos, cuando ella era una adolescente, y él se quedó en silencio y dijo: «Dice Rubén que sólo dos cosas existen, arrepentimiento y olvido».
Se quedaba a veces callado y terriblemente serio, con un ojo saltón fijo en mí o en la pared o el vacío. Yo miraba con disimulo el reloj sintiendo que cometía una deslealtad. Muy pronto tendría que salir hacia el aeropuerto si no quería perder el avión. Le dijo a Dolly que me trajera uno de los libros más valiosos que tenía, el primero de los dos tomos monumentales de la biografía de Faulkner de Joseph Blotner. Dolly le preguntó que por qué no me dejaba los dos: «Para estar seguro de que vuelve a traer uno y llevarse el otro». Pero pasó el tiempo y nunca volví. El segundo tomo me lo regaló Dolly después de su muerte. Cuando nos despedíamos, Onetti me apretó muy fuerte la mano, incorporado a medias en la cama, de costado, con un vigor inesperado en sus dedos tan débiles, y me dijo: «Es lindo sentirse amigo».
Antonio Muñoz Molina. Como la sombra que se va. Seix Barral