Historias de la Literatura. Raymond Chandler

En 1945, Raymond Chandler recibió el encargo de escribir el guión de la película «La dalia azul».

Víctima de su inseguridad, Chandler colapsó cuando sólo faltaba el desenlace.
Para intentar revertir la crisis creativa, los directivos de Paramount le ofrecieron una bonificación económica si cumplía con los plazos.

Chandler les planteó una idea mejor: terminar el guión bajo el efecto del alcohol.
Raymond consideraba el alcohol una condición indispensable para superar su bloqueo escritor. Escribiría borracho, apenas comería, y un médico le inyectaría suero para evitar que se deshidratara.

A su vez, la Paramount debía asegurarse que dos secretarias se hallasen siempre a su disposición. Chandler, empezaría a dictarles al haber alcanzado el grado etílico que diese rienda suelta a su creatividad.

La estrategia funcionó, y la película le valió a Chandler una nominación al Oscar como mejor guión original.

Raymond Chandler
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Un muelle barrido por la tempestad, Samuel Beckett

En 1946, regresa a Irlanda y durante ese viaje experimenta aquella convulsión que modificó radicalmente su manera de enfocar la escritura y su concepción del relato. – Esta toma de conciencia…

Origen: Un muelle barrido por la tempestad, Samuel Beckett – Calle del Orco

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Ser escritora. Toni Morrison

Me di cuenta de que tenía el don de ser escritora muy tarde en la vida. Siempre pensé que tenía la facilidad porque la gente me lo decía, pero su criterio solía no ser el mío. No me interesaba lo que decían, en verdad, no significaba nada. Cuando estaba escribiendo “Song of Solomon”, mi tercer libro, empecé a pensar que esto sería una parte central de mi vida. Otras mujeres lo han hecho en la historia, pero es difícil para una mujer decir “soy escritora”. Bueno: ya no lo es, pero ciertamente lo fue para las mujeres de mi generación, mi clase y mi raza. El punto es que una se está moviendo hacia afuera del rol de género. No estás diciendo soy una madre, soy una esposa. O, si estás en el mercado de trabajo, soy una profesora, soy una editora. Cuando te movés hacia “escritora”, ¿qué significa? ¿Es un trabajo? ¿Es una forma de ganarse la vida? Es intervenir en un terreno que no resulta familiar, en el que una no tiene una procedencia. En aquel momento, personalmente no conocía a ninguna otra mujer escritora exitosa; el terreno parecía reservado para los varones. Así que una esperaba ser una especie de persona pequeña en los márgenes. Era casi como si hubiese sido necesario un permiso para escribir. Cuando leo biografías y autobiografías de mujeres, incluso relatos de cómo empezaron a escribir, casi todas tienen esta pequeña anécdota que habla del momento en que alguien les dio el permiso de hacerlo. Una madre, un esposo, un maestro, alguien, dijo OK, adelante, podés hacerlo. Eso no quiere decir que los hombres nunca hayan necesitado ese empujón; con frecuencia, cuando son muy jóvenes, un mentor dice: sos bueno, y ellos van hacia adelante. Eso si, la autorización se daba por hecho. Yo no podía. Era todo muy extraño. Así que incluso cuando sabía que escribir era central en mi vida, que era donde estaba mi mente, donde me sentía mas a gusto y donde se encontraba el mayor desafío, no lo podía decir. Si alguien me preguntaba, ¿a qué se dedica?, yo no decía, oh, soy escritora. Decía soy editora, soy maestra.

Toni Morrison

(A través de el blog de Casa de Letras)

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Cuaderno de poemas. «En algún lugar» (fragmento). Maria Wine

En algún lugar
tiene que haber un despertador de la sensatez
que avise el peligro de los juegos autoaniquiladores
una gravedad
que se atreva a tomarse en serio
y una bondad
cuya raíz no sea simplemente maldad
frenada.


En algún lugar
tiene que haber una belleza
que siga siendo belleza
una conciencia pura
que no oculte un crimen apartado
tiene que haber
un amor a la vida
que no hable con lengua equívoca
y una libertad
que no se base en la opresión de los demás
.

Maria Wine

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Ventana a YouTube. Diana Krall – The Look Of Love

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Vídeo. Agnès Varda

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCLXIII

Biblioteca Montserrat Abelló. Barcelona

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Columna de Leila Guerriero

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Lectura: «No me acuerdo de nada». Nora Ephron

Nora Ephron es un género literario en sí misma. Famosa por su mordaz ingenio, por sus acertados y cómicos análisis de la experiencia femenina y por su capacidad para detectar los absurdos de la vida moderna, es una de las escritoras y guionistas neoyorquinas más singulares e influyentes de las últimas décadas.

En este libro, el último que publicó, Ephron hace un divertido repaso de su pasado, de sus mayores fracasos y alegrías, y se lamenta con humor de las vicisitudes cotidianas. Nos habla –entre otras cosas– de lo que recordamos, olvidamos o inventamos al llegar a cierta edad; de su historia de amor con el periodismo; de cómo sobrevivir a un divorcio; de su preocupante relación con la bandeja de entrada de su correo electrónico; de intimidades, pequeñas manías, recetas favoritas, fiestas desastrosas; y de muchas cuestiones que todas las mujeres se preguntan al llegar a una cierta edad pero que raramente se atreven a confesar.

La autora sintetiza lo mejor de su literatura –sinceridad, humor y una sencillez deslumbrante– en No me acuerdo de nada, sin duda una de sus mejores obras.

«Nora Ephron nos dejó en 2012 y, aunque lo intento, no he encontrado a nadie que la reemplace en mis lecturas con dosis similares de lucidez, inteligencia y gracia.»

(Contraportada)


Textos

Vivo en los tiempos de Google, eso es incuestionable. Y tiene sus ventajas. Si te olvidas de algo, puedes sacar el teléfono rápidamente y buscarlo en Google. El momento del lapsus mental ha dado paso al momento Google, y suena mucho más amable, moderno, juvenil y contemporáneo, ¿verdad? Si le pillas el truco al mecanismo de búsqueda casi puedes demostrar que estás al día. Puedes engañarte pensando que ninguna de las personas sentadas a la mesa te considera una abuela. Y encontrar el fragmento que falta es muy rápido. Se acabó la pesadilla del momento del lapsus mental: la larga búsqueda de la respuesta, las conjeturas, las recriminaciones a uno mismo, la perplejidad que te obliga a pellizcarte, chasquear los dedos de frustración. Simplemente vas a Google y lo recuperas.


No puedes recuperar tu vida (a menos que estés en Wikipedia; en ese caso, puedes recuperar una versión inexacta de tu vida).


Mi madre se volvió alcohólica cuando yo tenía quince años. Fue extraño. No era alcohólico, y de la noche a la mañana se había vuelto una borracha perdida. Se bebía una botella de whisky todas las noches. Alrededor de medianoche salía de su dormitorio dando voces y portazos, y nos aterrorizaba a todos. Mi padre también bebía, pero él era un bebedor blando y sentimental, y de cierto modo, su alcoholismo parecía más benigno.


Casi todos los libros de memorias se concibieron inicialmente como novelas, hasta que el agente o el editor dijo: Esto funcionaría mejor como unas memorias.


Mi mayor fracaso fue una obra de teatro que escribí. Recibió lo que se conoce como críticas dispares: es decir, tuvo algunas buenas críticas pero no en el New York Times. Resistió malamente un par de meses y se acabó. Se perdió todo lo invertido. La experiencia me resultó especialmente dolorosa porque era lo mejor que había escrito nunca. Si me paro un momento a pensarlo, me echo a llorar.


Pero un día te cae la rodilla, el hombro, la espalda, la cadera. Se acaban los sofocos; todo se cae. Te salen manchas. El canalillo parece un hueso de melocotón. Si los codos estuvieran colocados hacia delante, te suicidarías. Ha encogido cinco centímetros. Pesas cinco kilos más y no conseguirías perder uno ni aunque te fuera la vida en ello. Las manos ya no funcionan tan bien como antes y no eres capaz de abrir botellas, tarros, envoltorios, sobre todos esos envases que son un molde de plástico rígido. Si te vieras varada en una isla desierta y la comida estuviera envasada en uno de esos moldes de plástico, te morirías de hambre. Tomas tantas pastillas por la mañana que no te queda hueco para desayunar.

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Crítica: «Nexus». Yuval Noah Harari

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