Creo que probablemente la parte más difícil sea en donde tienes que ir revisando la historia y te das cuenta de que es mala. La primera parte, la excitación, la segunda, muy bien, pero entonces te levantas un día y piensas “qué tontería” y es cuando realmente tienes que ponerte a trabajar en ella. Y para mí, siempre sentí que eso era lo correcto, era mi culpa que la historia fuera mala, no era culpa de la historia.
[Se cambia] trabajando mucho. Trato de buscar una mejor manera de explicarlo. Tienes a los personajes a los que no les has dado una oportunidad, y tienes que pensar en ellos o hacer algo diferente con ellos. En mis primeros tiempos, tenía a una prosa floreada, y gradualmente aprendí a quitarlo del camino. Así que tienes que pensar en ella, y encontrar más y más de qué trata la historia, lo que tu creías entender al principio, pero que en realidad, tenías mucho que aprender de ella.
Cuando era joven tiraba todas [las historias]. No tengo idea, pero no he hecho eso en años recientes. Generalmente sabía que era lo que tenía que hacer para darles vida. Pero puede haber todavía lo que yo creo que es un error y simplemente tienes que olvidarte de ello.
Todo me ha sido arrebatado: el amor y la fuerza. Mi cuerpo, precipitado dentro de una ciudad que detesto, no se alegra ni con el sol. Siento que mi sangre congelada está.
Burlada estoy por el ánimo de la Musa que me observa y nada dice, descansando su cabeza de oscuros rizos, exhausta, sobre mi pecho.
Sólo la Conciencia, más terrible cada día, enfurecida, exige cuantioso tributo. Y para responder, me cubro el rostro con las manos, porque he agotado mis lágrimas y mis excusas.
«Me estoy olvidando de la familia que fundé con mi primera mujer, me olvido de lo que vivimos juntos, de los viajes que hicimos, me olvido del nacimiento de mis dos hijos, estoy entrando en el olvido de mi vida, todo se aleja de mi; también me olvido de mi segundo matrimonio, que fue en el año 15; me olvido de mis padres; me olvido de todo cuanto he sido; parece una hemorragia cerebral de olvido devastador, todo parece como si hubiera ocurrido hace cincuenta mil años o cincuenta millones de años, y sin memoria la vida es frágil y terrorífica, sin memoria todo se lo lleva el terror; no el dolor, no la tristeza, no la melancolía, no la nostalgia; sino el terror.»
Su fragilidad la supo esconder bien en la vida; una suprema fragilidad, que, sin embargo, creo yo, es el cimiento moral de estas páginas. La fragilidad no debe ser confundida ni con el miedo ni con la tristeza ni con la cobardía. La fragilidad en él nacía de la contemplación minuciosa del gran y poderoso espectáculo de la vida.
Mi vida ha sido, como la de todo el mundo, un intento desesperado de no ser el último mono. Muchos os dirán que hay otras cosas en la vida. Sí, las hay. Pero dejar de ser el último mono puede que sea la primera.
No sé si Gil de Biedma fue o no fue un gran escritor, me da igual. Para mí sí lo fue, por una razón maravillosa: en su caso la vida fue superior a la literatura. Siempre había un cuerpo enamorado que atender antes que a la página de un libro. Y es estupendo no haberlo conocido, porque conocer a los escritores que admiras es un riesgo, siempre puede pasar lo peor, de modo que también es un acierto no haber conocido ni a Cervantes ni a Kafka.
Yo no soy un escritor, sino un adicto a las palabras, un adicto a la vida que aún hay en las palabras. Bienvenido al país de las maravillas, a la máxima fluctuación de los pensamientos y de las formas.
La solidaridad a mí me cae gorda; en cambio, la compasión en el sentido de cum-passio, en el sentido de voy contigo, vivo tu pasión, me gusta mucho más, es más hermosa. La solidaridad parece una exigencia administrativa, burocrática, y la compasión es como el sol a las doce del mediodía.
Cuando tienes sesenta años y llevas muchos libros leídos y muchas vidas vividas y has visto que casi todo en el mundo son supersticiones, te das cuenta de que en realidad da igual un libro que otro. Todos los libros más o menos cuentan lo mismo, como en todas las vidas se vive más o menos lo mismo. Por eso da igual que leas esta novela o aquella otra. Todas tienen palabras y personajes y descripciones y verbos y adjetivos. Hemos creado la superstición de que tal novela es mejor que otra, pero la gente lee lo que le da la gana. Bastante esfuerzo hay que hacer para acabar la lectura de un libro como para que luego te digan que el libro que te has leído es un libro comercial, un libro de mierda.
Ayer pasé por la Casa del Libro de Gran Vía para sufrir un rato. Las novedades editoriales de las últimas semanas han desplazado a mi novela. He visto cómo mi novela va perdiendo visibilidad en las librerías. Es como si yo me estuviese muriendo, eso nos pasa a los escritores, pero ninguno te lo confesará ni aunque lo torturará, porque en el fondo un escritor es la cosa más trivial y vulgar del mundo. Hacemos creer a nuestros lectores que nos dedicamos a los grandes temas de la condición humana pero en realidad nuestra única dedicación es ir de librería en librería para ver si está expuesta nuestra novela.
La diferencia más visible entre la literatura comercial y aquella que no lo es no está, en este momento, ni en el ámbito del vocabulario ni en el de los géneros ni en el de las formas narrativas, sino en la importancia dada al autor y a su experiencia personal: la literatura de calidad —que algunos llaman, no sin ironía, “literatura literaria”— subvierte esa figura, que en la literatura comercial es absolutamente central para la rentabilidad del producto y a menudo su única justificación.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)