Benjamín G. Rosado gana el Premio Biblioteca Breve 2025

 

El escritor y periodista ha sido reconocido con el galardón, uno de los más prestigiosos de la narrativa en español, por su novela ‘El vuelo del hombre’.Más información: Salman Rushdie se reencuentra con el hombre que le intentó matar a puñaladas

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La vida de un escritor. Roald Dahl

La vida de un escritor es un verdadero infierno comparada con la de un empleado. El escritor tiene que obligarse a trabajar. Ha de establecer sus propios horarios y si no acude a sentarse a su mesa de trabajo no hay nadie que lo amoneste. Si es autor de obras de ficción, vive en un mundo de temores. Cada nuevo día exige ideas nuevas, y jamás puede estar seguro de que se le vayan a ocurrir. Dos horas de trabajo dejan al autor de ficción absolutamente exhausto. Durante esas dos horas ha estado a leguas de distancia, ha sido otra persona, en un lugar distinto, con gente totalmente distinta, y el esfuerzo de volver al entorno habitual es muy grande. Es casi una conmoción. el escritor sale de su cuarto de trabajo como aturdido. Le apetece un trago. Lo necesita. Es un hecho que casi todos los autores de ficción beben más whisky del que les conviene para su salud. Lo hacen para darse fe, esperanza y ánimo. Es un insensato el que se empeña en ser escritor. Su única compensación es la libertad absoluta. No tiene quien le mande, salvo su propio espíritu, y eso, estoy seguro, es lo que le tienta.

Roald Dahl

(A través de el blog de Casa de Letras)

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Recopilación de textos fotografiados. María Negroni

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Reflexiones. Milan Kundera

La estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo. La sabiduría de la novela procede de tener una pregunta para todo. Cuando don Quijote sale al mundo, éste se convierte en un misterio puesto ante sus ojos.

(Kundera en una charla con Philip Roth)

Milan Kundera
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Los disparates de J. A. González Sainz – Zenda

En una nueva entrega de su Videoteca Booktuber, José de Montfort entrevista a J.A. González Sainz, autor de ‘Por así decirlo’. Origen: Los disparates de J. A. González Sainz – Zenda
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Lectura: ‘Biografía de X’, de Catherine Lacey

Catherine Lacey. Foto: © Lauren Volo

‘Biografía de X’, la magistral novela de Catherine Lacey que promete convertirse en un clásico contemporáneo.

El nuevo libro de la autora, muy reconocida en Estados Unidos, recuerda a la literatura de Philip Roth y Paul Auster.

Origen: ‘Biografía de X’, la magistral novela de Catherine Lacey que promete convertirse en un clásico contemporáneo


Textos

Una noche, aún viva, en Penn Station para coger un tren que iba hacia el norte, le pregunté a un hombre de aspecto serio si tenía hora. Hora tenía, tiempo, sí, pero no espacio, ya que se había exiliado de Estambul hacía años y nunca había tenido el valor de cambiar la hora, y al mirar a aquel desconocido a la cara vi mis propios ojos devolviéndome la mirada, pues yo tampoco era capaz de desgajarme del lugar de mi destierro. Nos despedimos enseguida, pero jamás lo he olvidado.


Yo ya había aceptado la posibilidad de que igual había perdido la cabeza, de que era posible que me equivocara con X, que igual lo único que había hecho había sido dejar la fantasía de un matrimonio estable por la fantasía de una transformación total del personaje, aunque nunca me había sentido tan libre de temores y con tanta claridad en mi vida —la claridad era física, como una vibración en la piel, los pies, la clavícula—. Aún no había sucedido nada, pero en esa nada todo había acontecido.


Mientras nos alejábamos de Greenwood, empecé a ver la huella que ese lugar había dejado en mi mujer y casi oía, de nuevo, aquel tono sombrío que adoptaba su risa cuando surgieron rumores de que había nacido en el Sur. X siempre había impuesto una vara de medir extrema para el amor y la devoción; creía que dos personas que se aman de verdad han de ser capaces de leerse la mente, uno de cada tres pensamientos debía ser para mi esposa, que no debería necesitar la compañía de nadie más y, si en algún momento parecía apartarme de esa visión de lo que era o debía ser el amor, su gesto adoptaba una expresión infantil, un menosprecio de chiquilla, dolida por lo que consideraba un fallo por mi parte. Una historia violenta y una creencia romántica en un amor divino y que todo lo abarca encajaba bien con el lugar en el que se había criado. Ella —una mujer nacida el mismo año que el muro, siempre desconcertada, inquieta, en guerra consigo misma— no podía haber nacido en ninguna otra parte.


La camarera apareció y retiró los cuencos de sopa. Clavé los ojos en la mesa vacía. Estaba en un momento extraño de mi investigación. Llevaba años trabajando, había leído el archivo al completo, había viajado a Montana, Misisipi, en Illinois y en Italia, pero había estado evitando algunas entrevistas importantes y aún no había mirado los papeles del despacho de X, la habitación en la que murió. De hecho, había sido incapaz de entrar, aunque lo había intentado varias veces, había intentado estar allí dentro; para colocar la silla, por lo menos, o, no sé, quitar un poco el polvo o quizá tirar los muebles por la ventana y quemarlos en el jardín… Pero era incapaz. Cuando me reuní con Bertha, ya sabía que no estaba investigando la vida de X para desmentir las falsedades del libro de Theodore Smith y punto, pero aún tenía que aceptar del todo que estaba compilando todos aquellos datos para mi propio libro, un libro que nunca habría elegido escribir de haber sabido, al inicio, dónde me estaba metiendo. La pregunta de Bertha —si mi libro trataba de lo bien que sabía fingir X— me hizo darme cuenta de lo que estaba haciendo, de en qué se había convertido mi vida, y darme cuenta de eso me trajo un duelo nuevo y abrumador.


A veces pasa que llamas a tu mujer para que baje a comer y no baja y subes y llamas a la puerta y no responde y vuelves a llamar y no oyes nada y te vas, te vas hasta mitad de pasillo, luego das media vuelta enfadada por que te ignore y abres la puerta despacio, con miedo a estar cometiendo un error y a que te grite que está trabajando, ¿no ves que está trabajando?, pero no te grita porque yace en el suelo como un buen montón de ropa sucia o una manta que se ha caído de la cama.

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Entrevista a Fleur Jaeggy

Las cosas desaparecen

Reacia a las entrevistas, la escritora suiza aceptó dialogar telefónicamente con PERFIL. ¿La excusa? La aparición de su primer libro de relatos, «El último de la estirpe» (Tusquets), donde mezcla ficción con recuerdos de su vida y de sus amigos: Oliver Sacks, Ingeborg Bachmann y el Premio Nobel Joseph Brodsky.

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Colección de citas literarias. CIX

Entre dos cirujanos igual de competentes, procure que le opere el que haya leído a Chejov.

Simon Leys


Si un pájaro supiera explicar lo que canta, por qué lo canta y cómo lo canta, dejaría de cantar.

Paul Valery


Hay sólo tres cosas a hacer con una mujer. Se puede amarla, sufrir por ella, o convertirla en literatura.

Lawrence Durrell


Los viejos no buscamos la verdad.

Toda certeza es una herida inútil.

Joan Margarit 

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Cosas que me gustan, Susan Sontag

Cosas que me gustan: los incendios, Venecia, el tequila, las puestas de sol, los bebés, las películas mudas, las alturas, la sal gruesa, los sombreros de copa, los perros de pelo largo, las maqueta… Origen: Cosas que me gustan, Susan Sontag – Calle del Orco
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Utilidad de la literatura. Marguerite Yourcenar

Todo escritor es útil o es nocivo. Es nocivo si es farragoso, si deforma o falsifica (aun inconscientemente) para obtener un efecto o un escándalo; si se acomoda sin convicción a opiniones en las cuales no cree. Es útil si ayuda a la lucidez del lector, lo desembaraza de timideces y de prejuicios, le hace ver y sentir lo que ese lector no hubiera visto o sentido sin él. Si mis libros son leídos, y si llegan a una persona, a una sola, y le aportan una ayuda cualquiera, así fuera por un momento, me considero útil. Como creo también en la duración infinita de todas las pulsiones, como todo continúa y se vuelve a hallar en otra forma, esta utilidad puede extenderse bastante lejos en el tiempo. Un libro puede dormir cincuenta años, o dos mil años, en un rincón de una biblioteca, y de repente lo abro, y descubro en él maravillas o abismos, un renglón que me parece haber sido escrito sólo para mí. En esto, el escritor no difiere del ser humano, en general: todo lo que decimos, todo lo que hacemos trasciende, más o menos. Debemos tratar de dejar atrás nuestro un mundo un poco más limpio, un poco más bello de lo que era, aun si ese mundo es un patio trasero o una cocina.

Marguerite Yourcenar

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