No sé sentir, no sé ser humano, convivir desde dentro de mi alma triste con los hombres, hermanos míos, en la tierra. No sé ser útil, incluso sintiéndolo, ser práctico, ser cotidiano, nítido, tener un sitio en la vida, tener un destino entre los hombres, tener una obra, una fuerza, una voluntad, una huerta, una razón para descansar, una necesidad de distraerme, una cosa venida directamente de la razón para mí.
Por eso, sé conmigo fraternal, ¡oh noche tranquila!… Tú, que le quitas el mundo al mundo, tú qué eres la paz, tú que no existes, que eres sólo la ausencia de la luz, tú que no eres una cosa, un lugar, una esencia, una vida, Penélope del velo, continuamente deshecho, de tu oscuridad, Circe ideal de los febriles, de los angustiados sin causa, ven a mí, ¡oh noche!, tiende hacia mí tus manos, y sé frescor y alivio, ¡oh noche! para mi frente…
Tú, cuya llegada es tan suave que parece un alejamiento, cuyo flujo y reflujo de tiniebla, cuando la luz alienta, tiene ondas de cariño muerto, frío de mares de sueño, brisas de paisajes supuestos para nuestra excesiva angustia… Tú, pálidamente, tú, llorada, tú líquidamente, aroma de muerte entre flores, aliento de fiebre sobre orillas, tú, reina, tú señora del castillo, tú, dueña pálida, ven…
Mientras él va a la cocina a por el vino, ella se adentra un par de pasos en la habitación y mira a su alrededor. Frente a los libros se yerguen figuritas y juguetes de metal, hay postales recostadas contra el lomo de los libros, fotos clavadas a las tablillas: un niño pequeño, obviamente el hijo, montado en un poni, un paisaje vacío y nuboso, una mujer guapa en un balancín, probablemente su esposa, sonriendo hacia el fotógrafo, quizás él, Hans, es decir, su marido, pero desde la eternidad de la imagen sonríe ahora a cualquiera que mire la foto, también a Ella, que visita a su marido. Él llega por detrás, con ambas copas tintineando en una mano y en la otra, la botella, ¿escuchamos algo de música?, pregunta él, y entra en el salón de enfrente. Sí, dice ella, y va tras él.
Y entonces todas las criptas se vuelven transparentes, y él y ella están clavados en mitad del campo funerario, y la isla de los vivos no es más grande que el pedacito de suelo que hay bajo sus pies. Mientras ella le quita las gafas y las aparte y él la rodea por primera vez con sus brazos, la humanidad pide paz y luz eterna para la humanidad. Sostiene la cara de él entre las manos y lo besa, pero muy levemente. Entonces se yergue una voz joven y solitaria y alaba a Dios, pues si ella lo reconoce, quizás él la salve. El tacto que, en el transcurso de esa plegaria, tienen los hombros desnudos de la chica bajo su mano, ambos redondeándose al contacto, no habrá de olvidarlo mientras viva. «Hasta ti toda carne viene», sí, eso es, piensa él, y luego deja de pensar. Los besos, los coros, el pelo de ella, ese instante poco antes de que concluya el introito, ese ruego insistentemente repetido de los vivos para sus muertos: «¡Dales luz perpetua!», que se extingue en el vacío de la iglesia. Las personas han de darse cuenta de respuesta a sí mismas, el lugar donde viven sigue siendo oscuro, el deseo carece de violencia. Hans respira y Katharina, con la cabeza apoyada sobre él, también respira.
Hasta entonces Katharina ha vivido con la mirada puesta en la franja del Muro, en los pájaros que ejercitaban su vuelo por encima de la frontera nacional. Si caminaba por una rejilla de ventilación, oía el traqueteo del metro de Berlín Oeste bajo sus pies, tal vez sentía incluso la corriente de aire que se alzaba desde la rejilla y se mezclaba con la temperatura socialista.
Todo se ha vuelto nuevo en estas tres semanas con Katharina, nuevo para él, nuevo para ella, nuevo para ellos como pareja: por primera vez él la llevó a su casa, por primera vez escuchó su música con ella, por primera vez salió a comer con ella, por primera vez la vio desnuda, por primera vez estuvo con ella en la cama, por primera vez estuvo con una novia en su cama de matrimonio, por primera vez ella entró en su despacho, escuchó con él a Busch ya Eisler , por primera vez cocinó para él, por primera Una vez él miró sin asco el regazo de una mujer, por primera vez llamó a Katharina su amante, por primera vez le contó a alguien por qué no sabe nadar, por primera vez estuvo con ella en el cine, por primera vez la llevó a todos. los lugares en los que lleva pasando las tardes de los últimos treinta años
En la carta que Hans comienza a escribirle aparecen la palabra «polla» y sus sinónimos «miembro» y «la» y «lo» treinta y cuatro veces. Mientras Katharina permite por primera vez que Vadim la bese en la boca, Hans escribe en su carta la palabra «cachondo» ocho veces. Mientras ella misma se quita el jersey, mientras Vadim le desabotona la blusa que lleva debajo, mientras ella coloca al fin sus manos bajo la camiseta de Vadim y agarra su cuerpo, suave, caliente y firme es su piel, Hans escribe la palabra «coño» » seis veces. Seis veces escribe «muslo», y siete la palabra «húmedo». Mientras caen todas las prendas de ropa que llevan puestas Katharina y Vadim, una detrás de otra, mientras ambos se enredan en el suelo del atelier, entre recortes de papel y cartulinas y bocetos, mientras se oyen crujidos y Katharina agarra por el pelo a Vadim para acercar aún más su cabeza hasta ella, hasta que ya no hay manera de distinguir la cavidad de su propia boca de la de él, mientras eso ocurre, Hans escribe la palabra «tieso» y su sinónimo «durísimo» tres veces, las palabras emparentadas «lengua», «lengüetazo» y «punta de la lengua» ocho veces en total, y dos la palabra «abierto», y cuando Katharina deja de oponer resistencia a aquello que quiere y que Vadim también quiere, cuando todo se disuelve y se funde en uno, Hans está sentado en Berlín ante su pequeño escritorio junto al mirador, escribiendo oraciones en las que la palabra «follar» aparece doce veces, una sola la palabra «gemir», «tetas» y «lamer», y veintiuna veces, en cambio, la palabra «trasero», «ano» y «por detrás». Cuando Katharina comienza a explorar el cuerpo de Vadim y se tumba sobre él, cuando se lo come y se lo bebe entero, y él se la come y se la bebe entera, o quizás solo cuando ya están tumbados tranquilamente el uno al lado del otro. , totalmente desnudos y cerquísima el uno del otro, hasta tal punto que el aliento de uno es también el aliento del otro, Hans escribe una vez la palabra «castigo», «violación» y «violencia».
Cuando se ven, todo se vuelca continuamente, todo se enreda, la risa y la desesperación, el deseo, el desprecio, el amor, la compasión, el odio, la pena. A veces Hans dice que Katharina le da lástima, y le acaricia la cabeza como si fuera una niña. A veces está desesperado y dice: No te voy a dejar. A veces se ríe de ella cuando está seria. A veces llega contento, y ella da por sentado que está finciendo. A partir de ahora, Katharina ya no podrá decir «te quiero», pues oírle pronunciar esa frase únicamente le produce resentimiento, dice Hans.
¿Qué es lo que te ayuda a vivir en los momentos de desconsuelo? La necesidad de ganar tu pan, el sueño, el amor, la ropa limpia que te pones, un viejo libro que relees. Todo lo que era bueno en las horas de deleite sigue siendo exquisito en las horas de desamparo.
Edvard Munch. Vampyr, 1895. Óleo sobre lienzo, 99,9 × 117,9 cm. Crédito: Munchmuseet / Halvor Bjørngård
Necesitamos la ficción para continuar creyendo que existe algún tipo de diferencia entre lo que hacemos y lo que imaginamos, y porque, en nuestro deseo de comprender la naturaleza secreta de las cosas de este mundo, sentimos una necesidad irreprimible de consuelo.
Un señor toma un tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo. Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de la plaza.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee, y lo deja convertido en un montón de hojas impresas.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee, y lo deja convertido en un montón de hojas impresas.
Luego lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)