El arte de escribir historias está en saber sacar de lo poco que se ha comprendido de la vida todo lo demás; pero acabada la página se reanuda la vida y uno se da cuenta de que lo que sabía es muy poco.
(A través de Literatura + 1)
El arte de escribir historias está en saber sacar de lo poco que se ha comprendido de la vida todo lo demás; pero acabada la página se reanuda la vida y uno se da cuenta de que lo que sabía es muy poco.
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Había empezado a escribir mis primeros versos algo así como un año antes, cuando tenía quince. Aquello fue un acontecimiento, otro de esos momentos estelares capaces de cambiar el curso de una vida hacia un nuevo destino.
Y luego, un día, no sé de qué manera, dejé de creer en Dios y me encontré creyendo en Gustavo Adolfo Bécquer.
Y un día escribí mi primer poema, temeroso quizá de estar profanando algo, de haber ido demasiado lejos, de estar comiendo de la fruta prohibida, tímido al principio, y luego ya más atrevido según las palabras acudían solícitas al reclamo de algo oscuro que yo quería decir y que no sabía lo que era hasta que ellas, las palabras, venían a revelármelo.
Ah, las palabras. A veces ocurría que me enamoraba perdidamente de una palabra hasta entonces desconocida y durante varios o muchos días vivíamos un amor turbulento, excluyente, febril, y yo escribía poemas donde esa palabra era la protagonista, la estrella invitada, y las demás hacían de teloneras. Palabras como errabundo, cénit, heliotropo, añoranza, inefable, éxtasis, madreselva, doliente, iridiscente, plenitud, taciturno… Y así llegó el día en que me sentí poeta de verdad, hermano menor de Bécquer, solitario y triste como él, elegido por un destino fatal como él, frágil pero también indestructible como él.
Esconderte en un libro, en el cálido cubil de las palabras, eso es lo que has hecho tantas veces, como de niño en los desvanes.
Creo que el escritor continúa el oficio inmemorial de los narradores de cuentos, que daban forma mediante relatos orales a la experiencia compartida del mundo. Contar y escuchar historias no es un capricho, ni una sofisticación intelectual: es un rasgo universal de la condición humana, que está en todas las sociedades y arranca en la primera edad de la vida.
Nunca quise ser minera ni policía nacional, ni grumete en la marina. Ni ministra. Ni economista ni camionera ni conductora de un taxi ni estrella del rock and roll. Nunca quise ser asistenta ni educadora infantil ni trabajadora social ni modelo de pasarela ni empresaria. No quise ser enfermera ni cocinera ni peluquera ni guardia urbano ni piloto de aviones ni boxeadora ni paracaidista ni obrera de la construcción. No quise ser camarera ni diputada del Congreso ni representante de una marca comercial. Ni torera ni bombera. No quise ser radióloga , dueña de una tienda de hilos y botones, estibadora del puerto, domadora de leones, princesa con agenda oficial, azafata, puericultora, jueza, abogada, constructora ni agente inmobiliaria. No quise ser presentadora de la televisión ni geriatra ni vendedora a domicilio ni ingeniera de minas, canales y puertos. Ni informática ni bibliotecaria ni encuestadora ni cartera ni, por supuesto, directora de recursos humanos o jefa de personal. No quise ser contable ni funcionaria del Estado ni me llevé una alegría cuando las mujeres pudieron entrar en el ejército. No quise ser coronela ni ca
pitana. No quise ser detective matrimonial ni detective a secas ni periodista ni científica ni costurera ni empaquetadora en unos grandes almacenes durante las navidades. Ni agente secreto. No quise ser matarife ni granjera ni agricultora ecológica. No quise ser portavoz. No quise comprar ni vender acciones ni trabajar en una sucursal bancaria. No quise ser obrera metalúrgica ni pescadora ni sexadora de pollos ni percebeira ni buza. Ni trepadora de torres de alta tensión. No quise ser emigrante. No quise ser directora de un colegio ni empleada de una fotocopiadora ni mensajera ni guarda de seguridad ni taquillera de metro.
Quise ser, en épocas sucesivas, hada, cajera de supermercado, bailarina, ladrona, dependienta de una farmacia, profesora, quise no ser nada y quise escribir.
Tomo asiento en la primera fila y cojo apuntes desde las ocho de la mañana hasta las tres. Mi mano es una garrita deformada y no desarrollo capacidad alguna para los estudios literarios, sino para la taquigrafía y los trabajos manuales. Es como un deporte. Año tras año, acumulo cuadernos cuadriculados de espiral en los que voy recogiendo, con mi letrita, el dictado de la lírica y la narrativa del Medievo, del Renacimiento, de los Siglos de Oro. Al curso siguiente doy la vuelta al cuaderno y comienzo a escribir, por detrás, otra asignatura. Voy a clase a diario y veo: profesoras que se liman las uñas y profesores que son como el príncipe gitano -¿se puede ser sabio y a la vez tener mal gusto? es una de las preguntas que, surgidas de la experiencia, han contribuido a desarrollarme intelectualmente-; pizarras con blancas caligrafías árabes, con signos del lenguaje para la transcripción fonética; cátedros homosexuales que ponen matrículas de honor a jovencitos recién llegados de una capital de provincias; niños con bozo; alumnas aplicadas; hombres mayores con asignaturas pendientes; maestros que pronuncian las mismas explicaciones un año detrás de otro.
El aprendizaje
El aprendizaje, el descubrimiento, la maravillada perplejidad, el instinto curioso, las bellas palabras con que nos conducen al dolor de desasnarnos nos colocan sobre una superficie quebradiza, no por lo que no sabemos, sino por lo que nos cuesta aprenderlo: resulta vergonzante exhibir las limitaciones frente a un maestro, de quien buscas aquiescencia y a veces, en las situaciones más neuróticas de la niñez, incluso admiración.
Sobre la piel del cráneo
Nos quedaríamos sorprendidos al afeitar la cabeza de cualquier asistenta, de cualquier mujer, y comprobar la cantidad de textos que se entrecruzan sobre la piel de sus cráneos, ocultos por el pelo, como manuales de dramáticas instrucciones.
La lucidez
[…] pese a los inconvenientes de la lucidez, me alegro de que nunca nadie me apretara los ojos, como un retalito, y uniera el párpado de arriba y el de abajo con puntadas provisionales, con pespuntes. Me alegro de que me dejaran enterarme de todo.
Una mujer se queda desnuda para que los demás la miren. La midan. Su cuerpo es el texto en el que se ha escrito su biografía. La mano derecha es más grande que la izquierda porque es la mano con que la mujer agarra, escribe, acaricia, desencaja la tapa de los botes de legumbres. Antes, a la mujer su abuela le da unos azotazos en el culo. Va al colegio y se forja un pequeño corazón competitivo. Nada como si fuera un besugo. Ama desesperadamente a su madre y la salva de morir en un ridículo incendio. Canta desgañitándose Pájaro Chogüí y se hace amiga de muchas niñas y mujeres, y del niño más gamberro de octavo de egebé. Desprecia a las asistentas y va cada noche a los cines de verano. Para seducir se aprieta las carnes ridículamente como si su cuerpo fuera el de otra persona. Bebe, fuma, se pone mala y tiene miedo de sus alumnos. Se manifiesta. Se casa. Trabaja de ocho a ocho. Miente y dice la verdad. Como casi todo el mundo. Cumple cuarenta años. Se queda quieta. Reclama el derecho a dejar de complacer. El derecho a la lentitud.
La lección de anatomía es una novela autobiográfica, de aprendizaje, escrita con el sentido del humor y el colmillo retorcido de la novela picaresca: el pudor no tiene que ver con el contenido de lo que se cuenta –morfologías del pene, pelos del pubis, la primera menstruación–, sino con el hecho de saberlo contar. El lenguaje expulsa al relato del espacio de la obscenidad ramplona y del morbo para darle otro sentido: el de una autobiografía novelada o una novela autobiográfica (¿el orden de los factores altera el producto?) que no explota la singularidad de la voz en primera persona, sino que la acerca a su comunidad anulando la distancia entre el nosotros y el yo, dentro y fuera, ser y parecer, porque, como decía Vonnegut parafraseando a Wilde, «somos lo que aparentamos ser, así que deberíamos tener cuidado con lo que aparentamos ser». Las lecciones de anatomía terminan convirtiéndose en lecciones de geografía e historia, y quizá la percepción de los cuarenta años como lugar desde el que echar la vista atrás sea un acto elegiaco, un signo de madurez en un mundo peterpanesco o una conducta forzada por el envejecimiento prematuro al que nos somete el cambio de era y la obsolescencia electrodoméstica.
Anagrama da una segunda oportunidad a esta La lección de anatomía, que ha sido revisada, reestructurada y ampliada por Marta Sanz. De este libro a la vez viejo y nuevo, singularísimo en el panorama de la narrativa hispánica, escribe Rafael Chirbes en su prólogo: «Su estilo ágil (salpicado de fogonazos brillantes), su inusual habilidad para retratar situaciones y para penetrar en la psicología de los personajes, y su fino oído para capturar la lengua hablada con vivacidad admirable convierten la escritura de nuestra novelista más en una gozosa representación de vida que en una melancólica o sombría manipulación de seres muertos.»
Contraportada de La lección de anatomía, Marta Sanz, Anagrama
Comentarios
«Lo mejor del libro: la facilidad con la que Marta Sanz se convierte en personaje. Y su falta de pudor» (ABC).
«Marta Sanz puede haberse convertido, en un solo instante, en el mismo instante en el que uno descubre la primera página de este libro –prologado con gran acierto por un Rafael Chirbes en estado de gracia– en una de esas autores en las que el refugio, el libro, la literatura, se convierte en esa pequeña jaula de oro en la que navegamos mientras el mar, allá afuera, está embravecido por el calor de las carreteras y las personas que las pueblan… Un libro imprescindible» (Sergio Sancor, Libros y Literatura).
«Marta Sanz, sin duda una de las firmas más fiables de nuestro circuito… Uno de los textos más desnudos, sinceros y combativos de los últimos años. Y, como lazo para el regalo, un prólogo del gran Rafael Chirbes, que no se limita a cumplir el trámite de cualquier manera, sino que se involucra en el análisis del libro para entregar unas páginas lúcidas y esclarecedoras, puro nervio narrativo y reflexiones en ningún momento superficiales» (Tino Pertierra, La Nueva España).
«La intensidad y la nitidez de las impresiones (…) de sentimientos y recuerdos a los que sólo el sujeto que los ha experimentado puede aplicar una potentísima lente de aumento que convierte el cuadro en una radiografía donde lo que importa son los matices, los pequeños detalles, los hechos minúsculos (…) No hay en estas páginas grandes novedades temáticas, pero sí una personalísima visión del mundo» (Ricardo Senabre, El Cultural).
«Repasa la vida española y especialmente la de las mujeres de esa generación que vivió el cambio de sociedad y tuvo que encarar nuevas relaciones familiares, vecinales, educativas, laborales, sexuales, profesionales y políticas» (Revista Leer).
«Sanz practica su propia autopsia, aunque a un cuerpo vivo, y sin caer en la complacencia ni con ella ni con nadie…» (Carmen Sigüenza, EFE).
«El torrencial estilo de Sanz presenta como casi comunes los recuerdos, no ahorra crudeza ni escatología, porque La lección de anatomía respira, suda, eructa (…) Huyendo de la petulancia que la propia autora atribuye al género memorialístico, este libro no es una novela, ni una recopilación de cuentos brevísimos; tampoco una autobiografía (…) es todo al mismo tiempo» (Elena Medel, Calle 20).
«Marta Sanz construye un retrato simbólico sin renunciar a la autobiografía” » (Santos Sanz Villanueva, Mercurio).
«Si aceptamos esa igualdad entre lo que aparentamos y lo que somos, La lección de anatomía constituye un autorretrato espléndido con la cantidad imprescindible de ironía y una notable aptitud para la narración anecdótica» (D. Ródenas de Moya, Ínsula 756K).
«Un retrato social que lleva a leer el libro como una crónica que, a pesar de ser muy personal, tiene mucho de memoria colectiva. Si las autobiografías nos enseñan cómo ha vivido alguien, «La lección de anatomía» nos enseña cómo hemos vivido nosotros» (Javier Sánchez Zapatero, La Gaceta).
Un hombre y una mujer estaban acostados en la cama. “Sólo una vez más”, dijo el hombre, “sólo una vez más”. “¿Por qué sigues diciendo eso?”, dijo la mujer. “Porque no quiero que termine nunca”, dijo el hombre. “¿Qué es lo que no quieres que termine?”, dijo la mujer. “Esto”, dijo el hombre, “este no querer que termine nunca”.
Como la mayoría de los escritores, no escribo porque lo haya elegido; escribo porque tengo que hacerlo. Escribo porque estoy tratando de entenderme a mí mismo, mi vida, la razón por la que nací, la explicación de por qué moriré, y descubro que solo puedo hacerlo entrando en un universo habitado por personajes que nacen de mi imaginación. Escribo porque las historias entran en mi mente y me niego a irme hasta que no escribo 26 letras en el teclado y las envío a una pantalla ante mis ojos. Escribo por Charles Dickens. Y por George Orwell. Y John Irving. Y Colm Toibin. Escribo porque me encanta la sensación de tener un libro en mis manos y un libro en mi cabeza. Escribo porque me encantan las palabras. Escribo porque leo. Escribo porque siempre quiero saber qué ocurrirá a continuación.
John Boyne
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