Lectura: «Duelo sin brújula», de Carme López Mercader

Carme López Mercader, autora del libro ‘Duelo sin brújula’. / EPE

La autora, pareja del desaparecido escritor, comparte en este libro una emocionante reflexión sobre el duelo

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Textos

Primero llega la muerte y después el duelo, la desolación infinita.



Javier y yo éramos muy conscientes de lo extraordinario que era que nos hubiésemos conocido, que existiésemos en el mismo tiempo histórico y cronológico, con lugares de residencia más o menos cercanos, que nuestras trayectorias nos hubiesen llevado a coincidir en el momento vital adecuado para ambos.



Javier no está en ninguna parte. Y eso me resulta inconcebible más allá de lo que soy capaz de expresar.


Y sientes entonces un poco de pena por ti misma. Otro de los cambios que te resultan inaceptables, porque llevas toda la vida intentando no tener nada que ver con la autocompasión, justamente el sentimiento que te ronda insistente, sobre todo cuando piensas lo que pensaría quien tanto te cuidaba si pudiera vislumbrar la que ahora es tu realidad.


Esa transformación de los vocablos fascinaba a Javier. Le gustaba indagar en los orígenes y evolución del lenguaje. Y era muy meticuloso en el uso que hacía de él, lo que, entre otras cosas, nos daba para muchas carcajadas.

Por ejemplo, opinaba que no puede llamarse igual el golpe que te das al caerte en una ciudad pequeña que en una grande. Porque, mientras en esta última te das un golpe, un tortazo, un porrazo, etc., en una pequeña sólo puede ser una toña.



En Madrid habíamos ido dejando casi todo lo suyo digamos profesional, aunque Javier nunca se consideró un profesional de la escritura. Escribía un libro y, al terminar, nunca sabía si habría otro, porque nunca los escribía por encargo, ni con prisas. El mismo lo decía cuando le comentaban (y se lo comentaban mucho) que con un ordenador iría más rápido. No quería ir más rápido, al contrario, disfrutaba del proceso mismo de la escritura.



Yo sé todo lo que contienen sus libros -que he leído innumerables veces- y sé por qué lo contienen. Porque conozco el proceso de su pensamiento mientras los escribía, y también sus inquietudes, los meandros de sus reflexiones, los guiños, directamente a míy también a causa de otros, para que los más cercanos los detectáramos, el humor, tan importante para él en la vida, una de las piezas fundamentales de la convivencia y de la relación, sus dudas, no sólo de escritura, sino también a la hora de tocar determinados asuntos, algunos porque le dolían personal y profundamente.

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Dos breves libros consistentes. Enrique Vila-Matas

El escritor francés Georges Perec, fotografiado en 1978.Louis MONIER (Gamma-Rapho via Getty Images)

‘La casa’, de Julien Gracq, y ‘Por qué Georges Perec’, escrito por Kim Nguyen Baraldi, una vez leídos, me llevaron a otros lugares, a otros mundos, inspecciones de todo tipo

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Christian Bobin. «Escucha mi deseo»


Escucha mi deseo, siempre está ahí. Me quedo cerca de él, no lo abandono, es lo que me lleva, lo que me lleva a ti, lejos de mí, lejos de todo, lejos de la sangre que huye de mí, que me abandona y me quema. E incluso si yo no llego, incluso si no llego. Escucha, en las ruinas de mis huesos, en las piedras de mi carne, en el yeso del cielo, escucha. Aún queda un grillo, una canción. En ella puedes encontrarlo todo, renovar la alianza, el aire, la locura, la canción de cuna en mi sangre, en la voz de mi sangre que es más que mi sangre; escucha, te estoy llamando, te estoy llamando. Tengo frío, mucho frío.

Christian Bobin, «El agua de los espejos»

Christian Bobin
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Crítica de la novela de Gonzalo Hidalgo Bayal ‘Arde ya la yedra’

El escritor Gonzalo Hidalgo Bayal, autor de ‘Arde ya la yedra’. / EPE

Este libro es una sátira de la pedantería intelectual y una celebración del lenguaje

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Annie Ernaux

junio de 1988

Hay una cosa que deseo más que nada: volver a la soledad, al anonimato, a la insignificancia en el mundo; recuperar la irresponsabilidad de la infancia, las tardes en el jardín, los pájaros, cuando soñaba que me iría a países remotos, a conocer mundo, que me sucederían cosas. Y todo eso ha pasado y seguirá pasándome, quizá, y, sin embargo, lo que más deseo es retornar a ese tiempo en que aún no había ocurrido nada. No para recuperar mi deseo y mi sueño, sino precisamente lo que ni me gustaba ni detestaba; es decir, mi vida real: el campo, los ruidos lejanos de los coches, de una sierra de madera, la voz de mi padre, los ladridos de los perros, la campanilla de la puerta de la tienda. Todo lo que me hace revivir eso – Venecia, un domingo por la mañana; escribir; el amor, a veces, en 1984- es felicidad. Me parece que aquí me acerco a algo importante, a esa verdad que estoy buscando.

Annie Ernaux
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Defender lo que amamos | Letras Libres

«Manual para el crítico literario en emergencias», de Malva Flores, es una crítica a la soberbia del saber universitario y la mala poesía, y una vindicación de la belleza y la libertad.

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Leer juntos. Jorge Carrión

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Vivía a la intemperie y sin permiso de residencia, Roberto Bolaño

Escribí este libro para mí mismo, y ni de eso estoy muy seguro. Durante mucho tiempo sólo fueron páginas sueltas que releía y tal vez corregía convencido de que no tenía tiempo. ¿Pero tiempo para q…

Origen: Vivía a la intemperie y sin permiso de residencia, Roberto Bolaño – Calle del Orco

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La crítica y el editor. Vladímir Nabokov

P.: ¿Cumple algún propósito útil la crítica literaria, ya sea en general o en relación con sus propios libros? Puede ser instructiva en alguna circunstancia?

R.: El propósito de la crítica es que el crítico diga algo sobre un libro que tal vez haya leído y tal vez no. La crítica puede ser instructiva en el sentido de que ofrece a los lectores y al autor del libro información sobre la inteligencia o la honestidad del crítico. O sobre ambas cosas.

P.: ¿Y la función del editor? Le ha ofrecido un editor alguna vez recomendaciones literarias útiles?

R.: Cuando dice “editor” supongo que se refiere a los revisores o correctores de pruebas. Entre ellos he conocido a criaturas límpidas de infinito tacto y ternura que hablan conmigo sobre la conveniencia de un punto y coma como si fuera una cuestión de honor —y una discusión sobre una cuestión artística, en efecto, lo es en muchos casos—. Pero también me he cruzado con unos cuantos mastuerzos pomposos y paternalistas que tratan de “hacer sugerencias”, y tengo que pararles los pies con un bramido.

Vladímir Nabokov


Entrevista con Vladímir Nabokov  (“The Paris Review”. 1953-1983)

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Cuaderno de poemas. «Balada del ausente». Juan Carlos Onetti

Entonces no me des un motivo por favor
No le des conciencia a la nostalgia,
La desesperación y el juego.
Pensarte y no verte
Sufrir en ti y no alzar mi grito
Rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
En lo único que puede ser
Enteramente pensado
Llamar sin voz porque Dios dispuso
Que si Él tiene compromisos
Si Dios mismo le impide contestar
Con dos dedos el saludo
Cotidiano, nocturno, inevitable
Es necesario aceptar la soledad,
Confortarse hermanado
Con el olor a perro, en esos días húmedos del sur,
En cualquier regreso
En cualquier hora cambiable del crepúsculo
Tu silencio
Y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda
Que no responde al sombrero enlutado
Golpeando las rodillas
Que teme a Dios y se preocupa
Por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron,
Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
Hacia la claridad dolorosa del mundo,
Desnudo, sólo, desarmado
bamboleo mi cuerpo enmagrecido
Tropiezo y avanzo
Me acerco tal vez a una frontera
A un odio inútil, a su creciente miseria
Y tampoco es consuelo
Esa dulce ilusión de paz y de combate
Porque la lejanía
No es ya, se disuelve en la espera
Graciosa, incomprensible, de ayudarme
A vivir y esperar.
Ningún otro país y para siempre.
Mi pie izquierdo en la barra de bronce
Fundido con ella.
El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
Se aceptan todas las apuestas:
Eternidad, infierno, aventura, estupidez
Pero soy mayor
Ya ni siquiera creo,
En romper espejos
En la noche
Y lamerme la sangre de los dedos
Como si la hubiera traído desde allí
Como si la salobre mentira se espesara
Como si la sangre, pequeño dolor filoso,
Me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
Muerto por la distancia y el tiempo
Y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
A cambio de vejeces y ambiciones ajenas
Cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
Apoyar el zapato en el barrote de bronce
Y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas,
no me inflará las mejillas
Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro que no se cumplirá.

Juan Carlos Onetti

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