Álbum de librerías incompleto, 25

Librería Visor 1

Librería Visor, 1. Madrid

Librería Visor 3

Librería Visor 2. Madrid

Librería Visor 2

Librería Visor 3. Madrid

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El arte

El arte es la intensificación de la emoción, del sentimiento y de nuestra percepción del mundo. Y posee también el atributo de la consolación. Incluso las ficciones más oscuras y terribles transmiten vigor si se expresan con concentración y belleza.

BanvilleJohn Banville

(A través de «Boulevard literario»)

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Arte poética: En literatura hay que evitar…

Según Silvina Ocampo, Borges y Bioy Casares, lo que en literatura hay que evitar:

— Las curiosidades y paradojas psicológicas: homicidas por benevolencia, suicidas por contento. ¿Quién ignora que psicológicamente todo es posible?

— Las interpretaciones muy sorprendentes de obras y de personajes. La misoginia de Don Juan, etcétera.

— Parejas de personajes burdamente disímiles: Quijote y Sancho, Sherlock Holmes y Watson.

— Diferenciación de personajes por manías. Cf.: Dickens.

— Méritos por novedades y sorpresa: Trick-stories. La busca de lo que todavía no se dijo parece tarea indigna del poeta de una sociedad culta; lectores civilizados no se alegrarán en la descortesía de la sorpresa.

— En el desarrollo de la trama, vanidosos juegos con el tiempo y con el espacio: Faulkner, Priestley, Borges, etcétera.

— El descubrimiento de que en determinada obra el verdadero protagonista es la pampa, la selva virgen, el mar, la lluvia, la plusvalía. — La enumeración caótica. — Poemas, situaciones, personajes con los que se identifica el lector.

— Frases de aplicabilidad general o con riesgo de convertirse en proverbios o de alcanzar la fama (son incompatibles con un discours cohérent).

— Personajes que pueden quedar como mitos.

— Metáforas en general. En particular, visuales; más particularmente, agrícolas, navales, bancarias. Véase Proust.

— Libros que fingen ser menús, álbumes, itinerarios, conciertos.

— Lo que puede sugerir ilustraciones. Lo que puede sugerir filmes.

— La vanidad, la modestia, la pederastia, la falta de pederastia, el suicidio.

Silvia Ocampo y Bioy Casares

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Ricardo Piglia: El descubrimiento de la literatura

[…] Un tiempo después de aquel viaje al sur, a los dieciséis años, yo cortejaba, digamos así, dijo, a Elena, una bella muchacha, muchísimo más culta que yo, con la que cursaba el tercer año del Colegio Nacional de Adrogué. Una tarde veníamos por una calle arbolada junto a un muro pintado de celeste, que todavía veo con nitidez, y ella me preguntó qué estaba leyendo.

Yo, que no había leído nada significativo desde la época del libro al revés, me acordé que había visto, en la vidriera de una librería, “La peste” de Camus, otro libro de tapas azules, que acababa de aparecer. “La peste” de Camus, le dije. ¿Me lo podés prestar?, dijo ella.

Me acuerdo que compré el libro, lo arrugué un poco, lo leí en una noche y al día siguiente se lo llevé al colegio… Había descubierto la literatura no por el libro sino por esa forma afiebrada de leerlo ávidamente con la intención de decir algo a alguien sobre lo que había leído: pero ¿qué?… Eterna cuestión. Fue una lectura distinta, dirigida, intencional, en mi cuarto de estudiante, esa noche, bajo la luz circular de la lámpara… De Camus no me interesa “La peste” pero recuerdo al viejo que le pegaba a su perro y cuando al fin el perro se escapa, lo busca desolado por la ciudad.

¿Y cuántos libros he comprado, alquilado, robado, prestado, perdido, desde entonces? ¿Cuánto dinero invertido, gastado, derrochado en libros? No recuerdo todo lo que he leído, pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca: épocas, lugares, podría organizar los volúmenes cronológicamente. El libro más antiguo es “La peste”. Luego hay una serie de dos: “El oficio de vivir” de Pavese y “Stendhal par lui-même”. Fueron los primeros que compré, a los que siguieron cientos y cientos. Los he traído y llevado conmigo como un talismán o un fetiche, y los he puesto sobre las paredes de piezas de pensión, departamentos, casas, hoteles, celdas, hospitales.

Ricardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formaciónRicardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi, I. Años de formación

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Philip Larkin: Reflexiones literarias

Razón para escribir

Una de las razones para escribir es que todos los libros que existen son de alguna manera insatisfactorios.

Aprender a ser poeta

¡Oh, por amor de Dios, no se estudia a los poetas! Los lees y piensas: ¡Qué maravilla!, ¿cómo lo ha hecho? ¿Podría hacerlo yo? Y así es como aprendes.

La poesía como transferencia de emociones

La poesía debería comenzar con una emoción en el poeta, y acabar con esa misma emoción en el lector. El poema no es más que el instrumento de transferencia.

LarkinPhilip Larkin, poeta

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Henning Mankell ha muerto

De repente fue como si la vida se estrechara. Aquella mañana, recién estrenado el año 2014, cuando me dieron el diagnóstico de cáncer, fue como si la vida se encogiera. Escaseaban las ideas, una especie de paisaje desértico se me extendía por dentro, en la cabeza.

Henning MankellHenning Mankell. Arenas movedizas, 2015

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Lectura: «¡Melisande! ¿Qué son los sueños?», de Hillel Halkin

A finales de los años cincuenta, en Nueva York, dos chicos: Hoo y Ricky, y una chica, Mellie, se conocen mientras trabajan en la redacción de la revista literaria de su instituto. Allí forjarán una amistad que durará años y condicionará el resto de sus vidas.

Muchos años después, Hoo, convertido en catedrático de filosofía, rememora su relación con Ricky y con Mellie, y también el trasfondo cultural y social de la época que les tocó vivir: los coletazos del macarthismo, la liberación de los años sesenta o las protestas contra la guerra de Vietnam. Conforme avanza la historia se van revelando las razones que le han llevado a escribir el relato de esa amistad; que es, en realidad, una maravillosa carta de amor a Mellie.

En «¡Melisande! ¿Qué son los sueños?» la sabia mirada de un hombre maduro sobre su vida y sobre aquello que le da sentido convierte este libro en un canto al amor y a la amistad, en una invitación al perdón. Una de las novelas de amor más extraordinarias de los últimos años que nos habla del poder de la literatura y la memoria.

Hillel Halkin %22¡Melisande! ¿Qué son los sueños?Contraportada de ¡Melisande! ¿Qué son los sueños. Libros del Asteroide


 

TEXTOS

—Cuando estábamos en el instituto —dije yo—, Ricky me contó que una vez, en tercero o cuarto, estaba mirando por la ventana cuando de repente se preguntó cómo sabría si lo que estaba contemplando no era un sueño. Quizás no hubiera nadie a su lado y todo desaparecería cuando se despertara.

—Sin dejar ni rastro —dijiste tú.

—Le dije que a mí también se me había pasado por la cabeza algo así. Aunque lo que yo pensaba era: imagínate que alguien me está soñando y que este alguien se despierta.

—¿Tuviste miedo? —preguntaste.

—Un poco —dije—. ¿Tú no lo habrías tenido?

—Sí —dijiste—, pero me habría asustado un poco más de haber sido Ricky.

¿Te acuerdas? Si uniéramos todos nuestros recuerdos, ¿serían acaso la parte más minúscula de todo cuanto hemos olvidado? Si añadiéramos aquello que solo creemos recordar, ¿serían acaso la parte más diminuta de entre la más diminuta?

 

—He estado leyendo un libro de Albert “Queimis” —dijo.

—¿Cuál?

—“El mito de Sísifo”. Ya sabes, el tío ese de la mitología griega que tiene que empujar una piedra montaña arriba. Y siempre que está llegando al final, la piedra rueda colina abajo y tiene que volver a empezar.

—¿Sí? —Y yo quería volver contigo.

—“Queimis” dice que la Revolución es igual. Al final, siempre te aplasta. El hombre rebelde es aquel que no se rinde. Sigue empujando la piedra montaña arriba, aun cuando sabe que es absurdo. La cuestión es si es o no es un gilipollas.

Camus fue solo el comienzo. Ricky se lanzó a los libros como si estuviera seguro de encontrar la respuesta en ellos. Yo lo seguí porque no quería quedarme rezagado. Vaciamos las estanterías de la sucursal de Bloomingdale de la biblioteca pública en la calle 100 como si estuviéramos en las rebajas. Y todo sin orden ni concierto. Leímos a Platón y a Herman Hesse y “La montaña mágica” y “El retrato del artista adolescente” y “Así habló Zaratustra”, engullendo cuanto podíamos. Empecé “Tratado de la desesperación” de Kierkegaard porque en una edición en tapa blanda sobre existencialismo que había comprado en una librería de viejo lo mencionaban como una obra «seminal», palabra que tuve que buscar. Me rendí en la primera frase. Leí “El ángel que nos mira” en tres días y me salté las clases. Leí “Pan y vino” de Ignazio Silone, “La náusea” de Sartre e “Hijos y amantes” de D. H. Lawrence.

 

Hace unos años me la encontré en Nueva York en la presentación de un libro de un autor al que ambos conocíamos. El fulgor de su belleza no se había desvanecido del todo. Estuvimos charlando en un rincón. No se había casado. Siempre había sabido, dijo, que no estaba hecha para un solo hombre. La lista de sus amantes era impresionante. Incluía a un legendario pianista de jazz, un poeta ganador del Pulitzer y un afamado filósofo postmoderno francés. Le dije que me halagaba haber sido el Ganímedes de semejante Panteón y ella se rio y me acarició el pelo con sus cálidos dedos. De haber vivido en otra época, habría sido una famosa cortesana.

 

Hicimos el amor como tigres. Lo hicimos como gaviotas, gritando sobre las olas. Lo hicimos como anguilas, húmedos y resbaladizos después de una ducha. Lo hicimos como caracoles, lentos y pegajosos con nuestras propias secreciones. Lo hicimos como topos, abriéndonos paso ciegamente a través de nuestros sueños hasta que nos chocamos con el otro en la oscuridad. […]

[…] A veces me desnudaba y volvía contigo a la cama, haciendo la cuchara con las rodillas pegadas a ti (hay que ver los nombres que dábamos a cómo dormíamos: la «cuchara», el «foxtrot», «ir de paseo» y el «dosey-do». «Vamos de paseo», decías tú medio dormida y, sin despertarme, me daba la vuelta y te cogía de la mano y paseaba contigo por la noche como si fuera un campo florido).

Hillel HalkinHillel Halkin

 

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Álbum de Bibliotecas en construcción, XXXIII

Biblioteca nocturna

Biblioteca nocturna

 

La imprenta es un ejército de 26 soldados de plomo con el que se puede conquistar el mundo.

Johannes Gutenberg

Biblioteca del Capitolio de Des Moines, en Iowa, USA.

Biblioteca del Capitolio de Des Moines, en Iowa, USA.

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Joan Margarit: «Nuevas cartas a un joven poeta», 1, (1)

Dudas del poeta

El poeta auténtico, por joven que sea, puede que dude acerca de en qué momento de su aprendizaje se encuentra, pero pienso que sabe perfectamente que él es un poeta, y nunca preguntará por esa cuestión. […]

La poesía no es ni un oficio ni una profesión

¿Por qué me cuesta tanto imaginarme a un poeta preguntando si lo que escribe es poesía? Supongo que porque pienso que la poesía, en el sentido que lo ha entendido toda una serie de generaciones a las cuales yo todavía pertenezco, no es ni un oficio ni una profesión. Es algo que se decide desde uno mismo, con pocas posibilidades de que alguien pueda garantizar el acierto de esta decisión. […]

Escribir poesía

Escribir poesía es una operación que trata de reunir en un solo «flash» -el poema- sensaciones, sentimientos, experiencias de sentimientos e intuiciones que se combinan mostrando un reflejo de la verdad. Pero este «flash» tiene lugar, al principio, sólo en la mente del poeta. Este debe, entonces, separar los sentimientos de las experiencias de sentimientos, porque estas y no aquellos será, las que conducirán hasta el poema. Después, para que este «flash» se repita en la mente del lector, hay que trasladarlo a palabras de manera que no pierda ni su concisión, ni su exactitud, ni su intensidad. Para llevar a cabo el comienzo de esta operación, llegar a tener el poema «in mente», se necesita ser poeta, haber nacido con unas condiciones iniciales. Después, para trasladarlo a la palabra, hace falta además una tecnología personal, que sólo se puede aprender conociendo los caminos interiores que hay que seguir para el desarrollo de la propia poesía, para llegar a reconocer qué parte de su descubrimiento pertenece a los poetas que han escrito antes y qué es lo que se va perfilando como algo propio, que no se encuentra en poema alguno. Para llevar a cabo todo este proceso, es necesario dominar herramientas cuyo aprendizaje están al alcance de todo el mundo, y que básicamente son la gramática, la sintaxis, la ortografía, la métrica, la retórica y la lectura de clásicos.

Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poetaJoan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta

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El Vieco cortaziano VIII

Texto de Julio Cortázar

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