Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida.
Para mí, el último motivo de asombro, quizá el más grande, es esta nueva y extendida idea de que estos novelistas son “novelistas experimentales” y que sus obras son trabajos de laboratorio. ¿Por q…
Origen: Los novelistas experimentales, Nathalie Sarraute – Calle del Orco
P.: ¿Se guía usted por algún principio particular para dar nombre a sus personajes?
R.: Tengo dos métodos. El primero es recurrir a los nombres de mis abuelos, mis bisabuelos, etcétera. Otorgarles una especie… no diré de inmortalidad, pero… ése es uno de los métodos. El otro es emplear nombres que me llaman la atención. Por ejemplo, uno de los personajes de mis cuentos se llama Yarmolinsky, porque el nombre me llamaba la atención. Es un nombre extraño, ¿no es cierto? Otro personaje se llama Red Scharlach porque Scharlach significa ‘escarlata’ en alemán, y él es un asesino. Red Scharlach: Rojo Escarlata. Dos veces rojo.
Jorge Luis Borges
Entrevista con Jorge Luis Borges (“The Paris Review”. 1953-1983)
Podrías ver un ángel en cualquier momento y en cualquier lugar. Claro que tendrías que abrir los ojos hacia algo así como un segundo nivel, pero no es tan difícil. Todo ese asunto acerca de qué es realidad y qué no nunca fue resuelto y es probable que no lo sea nunca. Así es que no me importa estar muy definida con respecto a cualquier cosa. Tengo un montón de bordes llamados Quizás y casi ninguno que pueda llamarse Certeza. Eso para mí, no para otras personas. Hay un lugar en el que simplemente no podés entrar, no del todo al menos: la cabeza de los demás.
Y con esto te dejo. No me importa cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler. Me basta con saber que para alguna gente ellos existen y que bailan.
En 1973, se encontraron en México dos gigantes: Borges y Rulfo. Esta fue su conversación:
R: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
B: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar.
B: Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
R: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
B: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
R: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
B: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
R: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
B: Entonces no le ha ido tan mal.
R: ¿Cómo así?
B: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
R: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
B: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero, era otro secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)