Reacia a las entrevistas, la escritora suiza aceptó dialogar telefónicamente con PERFIL. ¿La excusa? La aparición de su primer libro de relatos, «El último de la estirpe» (Tusquets), donde mezcla ficción con recuerdos de su vida y de sus amigos: Oliver Sacks, Ingeborg Bachmann y el Premio Nobel Joseph Brodsky.
Cosas que me gustan: los incendios, Venecia, el tequila, las puestas de sol, los bebés, las películas mudas, las alturas, la sal gruesa, los sombreros de copa, los perros de pelo largo, las maqueta…
Origen: Cosas que me gustan, Susan Sontag – Calle del Orco
Todo escritor es útil o es nocivo. Es nocivo si es farragoso, si deforma o falsifica (aun inconscientemente) para obtener un efecto o un escándalo; si se acomoda sin convicción a opiniones en las cuales no cree. Es útil si ayuda a la lucidez del lector, lo desembaraza de timideces y de prejuicios, le hace ver y sentir lo que ese lector no hubiera visto o sentido sin él. Si mis libros son leídos, y si llegan a una persona, a una sola, y le aportan una ayuda cualquiera, así fuera por un momento, me considero útil. Como creo también en la duración infinita de todas las pulsiones, como todo continúa y se vuelve a hallar en otra forma, esta utilidad puede extenderse bastante lejos en el tiempo. Un libro puede dormir cincuenta años, o dos mil años, en un rincón de una biblioteca, y de repente lo abro, y descubro en él maravillas o abismos, un renglón que me parece haber sido escrito sólo para mí. En esto, el escritor no difiere del ser humano, en general: todo lo que decimos, todo lo que hacemos trasciende, más o menos. Debemos tratar de dejar atrás nuestro un mundo un poco más limpio, un poco más bello de lo que era, aun si ese mundo es un patio trasero o una cocina.
No es fácil envejecer, te tienes que acostumbrar a caminar más despacio, a despedirte de quien eras y saludar a quien te has convertido. Es difícil esto de cumplir años, hay que saber aceptar tu nuevo rostro y pasear con orgullo tu nuevo cuerpo y desprenderse de vergüenzas, de prejuicios y del miedo que dan los años, y dejar que pase lo que tenga que pasar, y dejar que se vaya quien se tenga que ir, y dejar que se quede el que se quiera quedar. No, no es fácil esto de hacerse viejo, hay que aprender a no esperar nada de nadie, a caminar solo, a despertar solo y a que no te atrape cada mañana el tipo que ves frente al espejo, y aceptar que todo se acaba y la vida también, y saber despedirse de los que se van y recordar a los que ya se fueron, y llorar hasta vaciarse hasta secarse por dentro, para que crezcan nuevas sonrisas, otras ilusiones y nuevos anhelos.
No soy muy curioso acerca de las vidas o personalidades de otros escritores. Cuanto más me gusta la obra de alguien, menos quiero que el conocimiento personal contamine mi experiencia de lectura. He conocido brevemente a algunos de los escritores estadounidenses que admiro —a Cormac McCarthy, por ejemplo, y a Don DeLillo, y a Annie Dillard— y todos ellos me parecen personas excelentes y agradables. Aunque descubrí que no quería «charlar» con ellos. De hecho, ni siquiera me gustaba oírlos hablar. En sus libros, cada uno de estos escritores tiene para mí una «voz» bastante característica, una especie de sonido sobre el papel, que no tiene nada que ver con sus laringes o nasalidad o timbres verdaderos. No quiero estar oyendo sus voces «reales» en mi cabeza cuando leo. No estoy seguro de estar explicándome bien, pero esa es la verdad. Por otro lado, hay algunos escritores que mantienen correspondencia conmigo, y esto lo disfruto bastante. Porque la consciencia en las cartas se parece mucho a la consciencia que admiro en la obra. Espero que esto responda al menos parcialmente a tu pregunta.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)