Una selección subjetiva de escritores de una decena de países que se han consagrado en la literatura en español en estos 30 años de FIL
Origen: Fotorrelato: Tres décadas en 16 nombres | Babelia | EL PAÍS
Una selección subjetiva de escritores de una decena de países que se han consagrado en la literatura en español en estos 30 años de FIL
Origen: Fotorrelato: Tres décadas en 16 nombres | Babelia | EL PAÍS
Creo que en la poesía contemporánea, y al hablar así hablo de la segunda mitad del siglo XX hasta acá y no solo en España sino también fuera de nuestra lengua, hay una voluntad de que la poesía se ocupe de temas sociales y políticos; creo que hay un error en eso, porque la poesía indirectamente sí puede hacer algo en el terreno social y político, pero muy indirectamente; quizá importante, pero indirecto.
Directamente la poesía no puede modificar las estructuras sociales ni actuar sobre nada de esto, y tiene además el inconveniente de que los poetas que se inclinan a hacer un discurso de tipo social y político, utilizan el mismo realismo que se utiliza en artículos periodísticos, el manifiesto, el mitin; ¿por qué?, porque están saliéndose de la poesía que tiene su lenguaje otro, tiene sus funciones otras. Esta inclinación de ocuparse temáticamente de estos aspectos y a recoger el mismo lenguaje con que la vida diaria se trata en estos aspectos daña la calidad de la poesía.
Ahora bien, ¿significa esto que la poesía tiene que desentenderse de los aspectos sociales y políticos?, no. Si la poesía no tiene que ver íntimamente con la vida, no interesa. Entonces, lo que la poesía puede hacer, ocupándose con cualquier lenguaje, con cualquier tema, cualquier cosa, aunque esté hablando de un árbol esa poesía está intensificando la sensibilidad tanto de quien la está creando como de quien la va a recibir y esa intensificación de la sensibilidad es al mismo tiempo una intensificación de la conciencia.
Entonces, un ser humano con una sensibilidad y una conciencia intensificada está, por decirlo así, en mejor situación, más inclinado a actuar sobre los problemas objetivos de la vida: sobre el crimen, la opresión, la dictadura, las democracias falsificadas, las presiones económicas, la pobreza; pero hay zonas que temáticamente ir a ella es un error, porque ya está ocupada por la propia actividad ciudadana y política, como dije antes, por el artículo periodístico, por el manifiesto, por el discurso, ¡hasta por el público si me apuras!
Antonio Gamoneda
Yo vivo y gozo de mis días: mi hijo me sucede y goza de los suyos, y a él le sucede a su vez su hijo. ¿Por qué hacer de esto una tragedia? Por el contrario, si yo viviera eternamente, los goces de la vida acabarían por perder fatalmente su sabor. Siendo como es, la vida conserva perennemente su frescura.
Bertrand Russell. La conquista de la felicidad
Sin embargo, cuando llego a casa y me pongo ante mi mesa de escribir, revivo; y las energías que he ganado fuera, ya sea mediante la corriente alterna de las desarmonías o mediante la corriente continua de las armonías, se ponen ahora al servicio de mis diversos objetivos. Vivo, y vivo de forma múltiple, todas las vidas humanas que construyo: alegre con los alegres, malo con los malos, bueno con los buenos; abandono mi propia persona y hablo por boca de los niños, de las mujeres, de los viejos; soy rey y mendigo, soy el más encumbrado, el tirano, y el más despreciado, el perseguido enemigo del tirano; tengo todos los puntos de vista y profeso todas las religiones, vivo en todas las épocas y he dejado incluso de existir. Es un estado que proporciona una felicidad indescriptible.
August Strindberg
Una nueva traducción recupera «El buen soldado» , obra maestra de Madox Ford sobre la decadencia y la mentira
Origen: Crítica de ‘El buen soldado’, de Ford Madox Ford: La tragedia de la vida | Babelia | EL PAÍS
José María Guelbenzu. Babelia
Año 44 a.C. Julio César es asesinado. Cuando en su testamento adopta y nombra como su heredero universal a su sobrino Octavio, la vida de este joven de dieciocho años cambia para siempre. Rodeado de hombres que luchan encarnizadamente por el poder —Cicerón, Bruto, Casio, Marco Antonio, Lépido—, el joven Octavio debe imponerse a todas las maquinaciones para hacer suyo el legado de su padre adoptivo y reclamar su destino como primer Emperador romano.
«El hijo de César» (novela ganadora del prestigioso National Book Award) nace, después de una meticulosa labor de investigación, de la pluma de un auténtico poeta, y nos cuenta el sueño de un hombre por liberar a la corrupta Roma de las guerras intestinas que amenazaban con acabar con ella y afianzarla como eje del mundo.
«Uno se sumerge en un mundo cuya complejidad, lujo, cinismo político, credulidad pública y violencia se asemejan mucho al nuestro» The New Yorker
««El hijo de César» es una obra maestra» Los Angeles Times
«De los eventos que rodean a uno de los momentos más importantes de la Historia de occidente… John Williams ha moldeado un atractivo y psicológicamente convincente trabajo de ficción» The New York Times
««El hijo de César» es una vívida recreación de la Roma Clásica, pero su intuitiva forma de relatarnos la experiencia del poder hace de ella una novela inusual y superior» The Boston Globe
Contraportada del libro
Textos
He conquistado el mundo, pero ningún lugar es seguro; le he dado la libertad al pueblo pero huyen de ella como si fuera una enfermedad; desprecio a aquellos en los que puedo confiar, y quiero más a aquellos que sin pensarlo dos veces me traicionarían. Y aunque conduzco a una nación hacia su destino, ignoro hacia dónde nos dirigimos.
Fragmento de “Carta de Julio César, desde Roma, a Cayo Octavio en Apolonia (44 a. C.)”
Hijo mío, cuando recibas esta carta estarás ya en Brindisi y habrás oído las noticias. Tal como temía, el testamento se ha hecho público y has sido nombrado hijo y heredero de César. Aunque sé que tu primera reacción será aceptar tanto el nombre como la fortuna, tu madre te implora que aguardes, que reflexiones y juzgues ese mundo al que el testamento de tu tío te conducirá. No es el sencillo mundo campechano de Velletri donde transcurrió tu infancia, ni el entorno familiar de tutores y ayas de cuando eras niño; ni tampoco el mundo de los libros y la filosofía en el que viviste tu juventud, ni tan siquiera el sencillo mundo del campo de combate en el que César, en contra de mi voluntad, te inició. Es el mundo de Roma, donde ningún hombre sabe quién es amigo o enemigo, donde la licencia despierta más admiración que la virtud y donde los principios se hallan a merced de las voluntades particulares.
Tu madre te ruega que renuncies a los términos del testamento; puedes hacerlo sin traicionar el nombre de tu tío y nadie pensará mal de ti. Porque aceptando el nombre y la fortuna, aceptas también la enemistad tanto de los que asesinaron a César como de los que ahora honran su memoria. Tan solo contarás con el afecto de la plebe, al igual que César, que no fue suficiente para preservarle de su destino.
Inicio de la “Carta de Atia y Marcio Filipo a Octavio (abril, 44 a. C.)”
Hace unos años mi amigo Horacio me describió el modo en que componía un poema. Habíamos estado bebiendo vino y hablábamos con seriedad, por lo que creo que la descripción que entonces me hizo era más precisa que la expuesta más recientemente en lo que se conoce como la Carta a los Pisos, un poema sobre el arte de la poesía que, he de confesar, no me gusta demasiado. Me dijo: «Decido hacer un poema cuando me siento impelido por un sentimiento intenso; pero espero a que ese sentimiento se intensifique aun más hasta convertirse en un impulso incontenible; después pienso en un propósito, lo más sencillo posible, hacia al que dirigir ese sentimiento, a menudo sin saber cuál será la evolución. Y después compongo mi poema, empleando todos los medios a mi alcance. Si es necesario, tomo ideas prestadas de otros, no importa. Y si tengo que inventarme cosas, tampoco importa. Empleo el lenguaje que conozco y me muevo dentro de sus fronteras. Pero lo importante es esto: el propósito que descubro al final no es el mismo que concebí al principio. Pues cada nuevo problema trae consigo nuevas opciones, y cada opción que uno elige suscita nuevos problemas a los que hay que buscar solución, y así indefinidamente. En el fondo de su corazón, el poeta siempre se sorprende ante el rumbo que toma su poema».
Inicio de la “Carta de Cayo Cilnio Mecenas a Tito Livio (13 a. C.)”
Marco Cicerón había abandonado la ciudad poco antes de la llegada de los triunviros, convencido, y con razón, de que no tenía más oportunidades de escapar de Antonio que las que tenían Casio y Bruto de escapar de Octavio César. Huyó en primer lugar a su villa tusculana, para dirigirse después a través de carreteras comarcales a su villa de Formia con la intención de embarcarse en Gaeta. Intentó hacerse a la mar en varias ocasiones, pero los vientos adversos se lo impidieron: había un fuerte mar de fondo, y como ya no estaba en condiciones de soportar los vaivenes de un barco, cansado finalmente tanto de la huida como de la vida, decidió regresar a su villa en el interior, a escasos kilómetros del mar.
—Dejadme morir —dijo— en mi propio país, al que tantas veces he salvado.
Se sabe que sus esclavos estaban dispuestos a luchar por él con coraje y lealtad, mas él les ordenó que posaran la litera y que soportaran en silencio el duro e inexorable destino. Se colocó en su litera con el cuello estirado a la espera del golpe final, y le cortaron la cabeza. Pero aquello no satisfizo la brutalidad de los soldados, que le cortaron también las manos, vilipendiándolas por haber escrito en contra de Antonio. Le llevaron la cabeza a Antonio, quien ordenó que fuera exhibida junto con las dos manos en la tribuna desde la cual había hablado como cónsul y consular, y en la que aquel mismo año sus elocuentes invectivas contra Antonio habían despertado una admiración sin precedentes. Los hombres apenas podían alzar sus ojos llorosos para mirar los restos destrozados de su compatriota.
Fragmento de la «Historia de Roma» de Tito Livio (13 d. C.)
John Williams. El hijo de César. Ed. Pamies
Pocas autoras han sido tan exigentes y rigurosas como Elizabeth Bishop, la poeta de las «escenas iluminadas»
Origen: La altísima poesía de Elizabeth Bishop
Jaime Siles
Hay sincronías dolorosas: ayer, toda la tarde, estuve repasando la entrevista que le hice a Ricardo Piglia en 2010 para el suplemento Babelia de este diario. Mientras la leía, casi podía escuchar su voz, ese tono entre asertivo y dudoso, esas frases que se dirigían siempre hacia un destino preclaro pero fingiendo, por generosidad con su interlocutor, todas las dudas del mundo. Ahora, quince minutos después de enterarme de su muerte, no sé qué hacer.
No sé cómo se escribe esto para hablar de Piglia y no de la enorme sombra que (me, nos) deja su ausencia y que al final no importa, porque todo lo que importa es él: la forma en que fue un escritor extraordinario que, en 1980 y con apenas 39 años, escribió una novela —«Respiración artificial»— cuyas ondas concéntricas todavía se sienten en la literatura latinoamericana; la forma en que pensó la literatura argentina; la forma en que, en los últimos años, hizo un doble salto mortal y dejó Princeton y regresó a Buenos Aires y dio clases sobre Borges ¡por televisión!; la forma en que, ya enfermo, se transformó en una máquina de escribir humana, capaz no sólo de sacar un libro tras otro dando nuevo sentido a impecables textos antiguos, sino de imponerse la tarea bestial de revisar su diario y publicar dos tomos —Los diarios de Emilio Renzi—, llenos de reflexiones sobre la escritura —sobre la lucha por y con y contra la escritura, sobre los trabajos y los días— en los que se leía la lección de un maestro.

Lo conocí en 2010, cuando le hice aquella entrevista, y luego, en octubre de 2011, pasé un lunes con él en Ciudad de México cuando, regresando del Hay Festival de Xalapa, perdimos la conexión a Buenos Aires. Aquel lunes hicimos las cosas más delirantes para pasar el tiempo —fuimos a un museo de cera, a un túnel del horror, a una feria de artesanías—, nos reímos como dementes, y Piglia me preguntó cosas que yo jamás le hubiera contado a nadie y me dijo cosas sobre la escritura —sobre la vida del escritor— que jamás nadie me había dicho. Una vez lo escribí: “Piglia desplegó, con una generosidad que yo no he vuelto a ver, una trama sólida en torno al oficio de escribir, un método para recorrer distancias largas, un antídoto contra la crueldad de la escritura: un refugio”. Desde entonces, se transformó en el maestro que nunca tuve, que nunca quise, que nunca busqué. No sé si él lo sabía.
Tenía un humor infinito, una risa contagiosa, y le gustaba presentar entre sí a gente que creía que debía conocerse. Así, cada tanto, en mi casilla de correo aparecía un mensaje de alguien que decía que Piglia decía que teníamos que conocernos. En 2015, cuando Los diarios de Emilio Renzi fue elegido el mejor libro por los críticos de Babelia, lo entrevisté por mail. Con elegancia única, aún en su situación, él hacía que todo pareciera sencillísimo y en sus respuestas había una especie de energía vital, alegre: llegaban siempre repletas de bromas muy buenas, en ese estilo suyo que mezclaba la erudición y las orillas del lenguaje. Esa vez le pregunté si la enfermedad no interfería en su estado de ánimo para producir. Me respondió: “He seguido trabajando, con ayuda. Hay muchas cosas que ya no puedo hacer, pero puedo seguir leyendo y escribiendo como siempre, sin que eso sea un juicio de valor. Estoy de buen ánimo porque sigo dándole poca importancia a la realidad”.
Mucho antes de eso, en 2010, cuando lo conocí, hablamos de la sensación que queda después de terminar una novela. Él acababa de escribir Blanco nocturno yme dijo: “Uno se queda medio vacío y también con una sensación extraña, en el sentido de que algo que era un centro en la vida de uno, algo que estaba vivo, algo a lo que se podía volver, ya no está. Y cuando eso se termina hay algo que se cierra”. Después agregó: “Pero igual estoy muy contento”. Hay cosas que eran un centro en la vida de uno, cosas que estaban muy vivas y a las que se podía volver. Cosas que ya no están. Y cuando eso se termina hay algo que se cierra. Y eso es algo horrible y triste.
Leila Guerreiro. El País
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Carmen se sirvió una copa más, a condición de que fuese la última. «Por hoy ya es bastante, Gabi [Gabriel Ferrater]» y le puso una mano en el hombro. Él sonrió y le preguntó si conocía el telegrama que recibió Mauriac de André Gide al día siguiente de la muerte del autor de «Los monederos falsos». Carmen Rojo meneó la cabeza, como hacen los caballos para apartarse las moscas de los ojos. Nunca había oído hablar de Mauriac. El telegrama era más bien breve. Decía: «El infierno no existe. Suéltate el pelo. Stop. Gide»
Juan Tallón. Fin de poema
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