
La bestia humana sabe que tiene que morir ¿Y sabes lo que hace? ..Comprar, comprar, comprar. Porque tiene la absurda esperanza de que entre esa montaña de cosas inútiles que compra, se encuentra la vida eterna.
Tennesse Wiliams

La bestia humana sabe que tiene que morir ¿Y sabes lo que hace? ..Comprar, comprar, comprar. Porque tiene la absurda esperanza de que entre esa montaña de cosas inútiles que compra, se encuentra la vida eterna.
Tennesse Wiliams

El escritor escribe siempre desde un lugar y, al escribir, escribe (describe) al mismo tiempo ese lugar, que no es aquel en el que escribe sino el que lleva siempre consigo, vaya a donde vaya.
Enrique Vila-Matas
David Grossman (Jerusalén, 1954) es uno de los narradores más importantes de nuestro tiempo. Pertenece a la generación de Amos Oz (1939) y Abraham B. Yehoshúa (1936). Los tres han construido una obra sólida, valiente y comprometida. Pacifistas y de convicciones izquierdistas, siempre se han mostrado partidarios de buscar una salida negociada al conflicto entre palestinos e israelíes. Durante la guerra del Líbano de 2006, Grossman perdió a su hijo Uri. Su reacción consistió en escribir una hermosa carta de despedida, que hizo pública en la prensa. «Gran Cabaret» no es una novela sobre esa pérdida, sino un ambicioso monólogo que intenta reflejar todas las pérdidas que aún afectan al pueblo judío. El planteamiento formal es de indudable originalidad. Dóvaleh es un humorista que improvisa parlamentos en un cabaret de Cesárea, una pequeña localidad costera. Su extrema delgadez insinúa un estado de salud precario. Su apariencia es deliberadamente grotesca: pantalones rotos, botas viejas y sucias, camisa chillona, tirantes estrafalarios y unas gafas negras de pasta que devoran un rostro famélico. Dóvaleh no es un showman, sino un payaso triste que filosofa desde el escenario, combinando la provocación, la nostalgia, el ingenio, la agresión emocional y la autocrítica. Es tan despiadado con su público como consigo mismo. Bromea incluso con el destino de gran parte de su familia, asesinada en Auschwitz. Mengele envió a las cámaras de gas a tíos, primos y abuelos, pero su venganza no consiste en odiar, sino en subrayar que los criminales carecen de humor, lo cual explica su fanatismo. La risa es el mejor antídoto contra la intransigencia.
Sus funciones atrapan a un viejo amigo de adolescencia, que le escucha con una mezcla de melancolía y asombro. Es un juez prejubilado, con una viudez reciente. Aficionado a las sentencias con destellos líricos, su mujer le proporcionó el sentido del equilibrio que le permitió ejercer su trabajo con ecuanimidad. Se esfuerza por no exteriorizar su dolor, pero nota que se ha convertido en un ser humano incompleto, que sólo halla consuelo escribiendo notas. Cuando escucha a Dóvaleh, no puede contener el impulso de anotar sus ocurrencias. A fin de cuentas, es judío y no puede vivir sin la palabra. El pueblo del Libro necesita poetizar, meditar. Su identidad colectiva brota de esa peculiaridad. Dóvaleh es un poeta, un genio de la improvisación, de orígenes humildes. Su padre era barbero. Mantuvo a su familia con astucia y picaresca. No era un hombre deshonesto, sino un superviviente. En el caso de los judíos, la vida no es algo que se da por supuesto. Vivir es lo insólito.
Dóvaleh manifiesta un profundo apego por su madre. Su vínculo es tan intenso como el del juez con su mujer, cuya desaparición ha convertido su existencia en un naufragio. La muerte cerca a los dos protagonistas. Gran Cabaret parece un adiós con ritmo de hexámetro homérico. La madre de Dóvaleh cosiendo medias rotas noche tras noche es una moderna Penélope, que sueña con un hogar arrebatado por la violencia. Para un judío, tener un hogar es un gesto subversivo, pues el resto de las naciones han conspirado para expulsarlos de la historia. En las páginas finales, Grossman cita a Pessoa: “Basta existir para ser completo”. Al igual que Oz, nunca ha ocultado su escepticismo religioso. Su duelo por el hijo muerto no contempla la posibilidad del auxilio divino. Dios sólo es el nombre de nuestros miedos.
Grossman no ha escogido un pequeño cabaret por capricho, sino por su carácter simbólico. Al igual que el Aleph del célebre cuento de Borges, es un punto insignificante, pero en él convergen simultáneamente todos los aspectos y momentos del universo. El gran teatro del mundo no necesita aparatosas coreografías, sino a un hombre con un micrófono en la mano, multiplicando el significado de las palabras con metáforas, símiles y neologismos.
«Gran Cabaret» es un ejercicio de alquimia que transforma lo cotidiano en lirismo descarnado y el dolor en meditación filosófica. Grossman nunca decepciona, pero su literatura ha cambiado. La lumbre de la esperanza ahora es un cuchillo que disecciona implacablemente la realidad. La clave tal vez haya que buscarla en el paradójico grito de Dóvaleh: “¡Muerte, hazme un hijo!”. El escritor israelí sabe que la verdad es un anhelo sin respuesta.
Rafael Narbona. El Cultural
—Lo digo muy en serio, grita, hablando cada vez más acelerado, ¿os dais cuenta de lo que supone mantener un alma, hoy en día? ¡Pero, joder, si se ha convertido en un artículo de lujo! ¡Echad cuentas y veréis que os sale más caro que cuatro llantas de magnesio forjado! Y eso que os hablo del tipo de alma más básica, nada que ver con las de Shakespeare, Chéjov o Kafka, que, por otro lado, hay que reconocer que eran mercancía de la buena, o eso es, por lo menos, lo que me han soplado, ya que yo, personalmente, no los he leído, porque os confesaré una intimidad: padezco una dislexia severa, incurable, os lo juro, que me detectaron cuando todavía era un feto, y por eso el médico les propuso a mis padres que contemplasen la posibilidad de abortar… El público se ríe. Yo no. Recuerdo vagamente que cuando éramos niños solía hablar de libros de los que a mí solo me sonaban los títulos y que sabía que leería durante el bachillerato dos años más tarde, mientras que él hablaba de esas obras como quien ya las ha leído. Crimen y castigo era una de ellas y, si no me equivoco, también El proceso o El castillo. Ahora, en el escenario, sigue soltando a ritmo trepidante títulos de libros y de escritores mientras le jura al público que jamás los ha leído. A mí me entra una especie de cosquilleo en la parte alta de la espalda. Me pregunto si se estará burlando del público intentando venderle que es un simple y un inculto o si estará tramando algo que acabará por volverse contra mí, así que le meto prisa a la camarera con la mirada. —Porque ¿qué soy yo, en definitiva?, grita desgañitándose.
[…]
En estos momentos ya casi todos los que están en la sala gritan y aplauden siguiendo el ritmo, incluso yo, por lo menos por dentro. ¿Por qué no podré exteriorizarlo? ¿Por qué no puedo? ¿Por qué no me tomo, aunque solo sea por un momento, unas vacaciones de mí mismo, de la cara avinagrada que se me ha puesto durante estos últimos años, de los ojos siempre enrojecidos de tanto contener las lágrimas? ¿Por qué no subirme de un salto a la silla y gritar a pleno pulmón un aplauso para la muerte? A esa muerte que consiguió arrebatarme en solo seis semanas, maldita sea, a la única persona que he amado de verdad, con toda mi alma, con ansias y con alegría, desde el momento en que la vi, en que te vi, con tu carita redonda y radiante, y esa frente tan hermosa de la que crecía tu espesa y fuerte cabellera que yo, en mi estupidez, creí que era signo de que estabas aferrada por completo a la vida, y tu cuerpo, ancho, grande, danzarín… No se te ocurra, amor mío, borrar ni uno solo de estos adjetivos, porque tú fuiste mi medicamento, tú fuiste la medicina que me curó de la árida soltería en la que vivía encerrado, de «la templanza judicial» que casi me había agriado el carácter, el medicamento contra todos los anticuerpos que se me habían ido acumulando en la sangre durante todos los años que estuviste sin venir, hasta que llegaste, a raudales. Tú —todavía me niego, porque me duele físicamente, a darles a estas palabras una caducidad por escrito, aunque sea solamente en una servilleta—, que eras quince años más joven que yo, que ahora ya son dieciocho, y así, cada día más y más. El día que pediste mi mano me prometiste que siempre me verías con buenos ojos. Con los ojos de un testigo favorable que ama, dijiste, y nunca me habían dicho algo tan bonito. ¡Muerte, hazme un hijo!, grita saltando como un genio que hubiera sido liberado de una botella, sudoroso, el rostro encendido, con el público a sus pies repitiendo a gritos todo lo que él dice, y él rugiendo de nuevo: muerte, muerte, has vencido, no te guardamos rencor, llévanos contigo, reúnenos con la mayoría de la humanidad, y llegados a ese punto, yo grito con él para mis adentros, con el corazón a punto de estallarme, aunque lo que me gustaría es ponerme de pie y gritar con él a pleno pulmón, aunque alguien pudiera reconocerme como su señoría; quisiera ponerme a gritar con él, a aullarle como un chacal a la luna, a las estrellas y a los jabones de Tamara que se quedaron en el plato de ducha, a sus zapatillas rosa de debajo de la cama y a los espaguetis a la boloñesa que preparábamos juntos al atardecer.
[…]
También estoy yo, a su lado, haciendo los deberes, como siempre, mientras ella le coge los puntos a las medias, y cada tantos puntos se para, se queda en blanco mirando al tendido, ajena a nuestra presencia. ¿En qué pensará cuando está así? Nunca se lo he preguntado. Mil veces he estado a solas con ella y nunca se lo pregunté. ¿Qué sé, en realidad? Prácticamente nada. Que tuvo unos padres ricos. Eso lo sé por papá. Y que fue una buenísima estudiante que tocaba el piano tan bien que ya hablaban de los conciertos que iba a dar, pero todo quedó en nada porque cuando escapó del Holocausto tenía ya veinte años y durante medio año, en plena guerra, estuvo escondida en un tren, ya os lo he contado. Seis meses la tuvieron escondida tres maquinistas polacos en el cuartucho de un tren que hacía siempre el mismo recorrido, ida y vuelta. Se turnaban para vigilar, me contó, con una risa que jamás le había oído. Yo tendría unos doce años y estábamos solos en casa. Estando yo a media actuación de las mías, me interrumpió y me lo contó así, sin más, de golpe, y entonces se le torció la boca y estuvo unos segundos sin poder volver en sí, con la mitad de la cara torcida hacia un lado, como si huyera de ella. Durante medio año, hasta que se hartaron de ella, no sé por qué; no tengo ni idea de por qué un buen día, cuando el tren llegó al final del trayecto, aquellos cabrones la lanzaron al andén directo a la rampa.
David Grossman. Gran Cabaret
Somos los hombres huecos
Los hombres rellenados
Inclinados juntos
con la cabeza repleta de paja.¡Ay!
Nuestras voces resecas
cuando murmuramos juntos
Suavemente y sin sentido son
Como el viento que sopla sobre el pasto seco
Como pisadas de rata sobre los vidrios rotos
De nuestro sótano polvoriento
Modelados sin forma, sombras sin color,
Fuerza paralizada, gestos sin movimiento;
Aquellos que cruzaron
Con la mirada sostenida al otro reino el de la muerte,
Nos recuerdan tal vez
No como almas violentas y perdidas
Sino, simplemente
Como hombres vacíos
Hombres rellenados.
T. S. Eliot. Los hombres huecos I (Versión IG)
Todo eso de la mentira, en literatura, es una cuestión muy relativa. No es que se mienta, es que se inventa. La literatura es una invención y el escritor que no inventa se queda a medio camino, se atasca en la anécdota.
J.M. Caballero Bonald
Libros: El tamaño no importa: tres novelas cortas para leer en un suspiro que te harán feliz. Blogs de Mala Fama. Una novela corta siempre consigue su objetivo: ser leída. Si además la firman Mario Bellatin, Emmanuel Bove o Erri de Luca, la lectura es obligatoria


DICOTOMÍA INCRUENTA
Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y forman una mano.
Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
adonde yo me siento.
Y en el preciso instante
de entrar en una casa,
descubro que ya estaba
antes de haber llegado.
Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
y que mientras me rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la tumba,
vestido de esqueleto,
bostezando los tópicos y los llantos fingidos.
Oliverio Girondo
La soledad es la experiencia central de la vida moderna. Todos luchamos contra la soledad. Hay quien la elude buscando la seguridad de una familia, otros se rodean de gente. Yo escribo porque es una compañía constante. Llevo mis cuadernos a todas partes. Cuando escribo no me siento solo y necesito esa soledad para escribir. Es un conflicto sin solución.
Sam Shepard.
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