Reflexiones. Aldous Huxley

Aldous Huxley

La mayoría de los hombres y mujeres llevan vidas tan penosas en el peor de los casos y tan monótonas, pobres y limitadas en el mejor, que el afán de escapar, el ansia de trascender de sí mismo aunque solo sea por breves momentos es y ha sido siempre uno de los principales apetitos del alma..

Aldous Huxley

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El Vieco cortaziano XXX

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Moriré siendo poeta

Moriré siendo poeta.
Asesinada por los que no lo son.
No renunciaré a ningún sueño,
no me resignaré a ninguna fealdad,
no aceptaré nada de otro mundo,
que no sea el que yo misma he construido.
He escrito, vivido y amado como Don Quijote
y el día de mi muerte diré:
“Que me perdonen,
todo esto ha sido un sueño”.

Anais Nin  Anaïs Nin

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Zygmunt  Bauman: Sobre el amor

…el amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas. El amor está muy cercano a la trascendencia; es tan sólo otro nombre del impulso creativo y, por lo tanto, está cargado de riesgos, ya que toda creación ignora siempre cuál será su producto final.
En todo amor hay por lo menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita de la ecuación del otro. Eso es lo que hace que el amor parezca un capricho del destino, ese inquietante y misterioso futuro, imposible de prever, de prevenir o conjurar, de apresurar o detener. Amar significa abrirle la puerta al destino, a la más sublime de las condiciones humanas en la que el miedo se funde con el gozo en una alineación indisoluble, cuyos elementos ya no pueden separarse. Abrirse a ese destino significa, en la última instancia, dar libertad al ser: esa libertad que está encarnada en el Otro, el compañero en el amor.

Zygmunt  Bauman

Zygmunt  Bauman. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos

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Descargas: Arthur Rimbaud. Poesía completa

Rimbaud

Origen: Arthur Rimbaud – Poesía completa

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Emilio Renzi: Posibilidades técnicas de la visión ingenua

En García Márquez (La hojarasca), como antes en Rulfo, descubro las posibilidades técnicas de la visión ingenua. El que narra está afuera de la cultura letrada y mira el mundo con asombro. Permiten descubrir un nivel casi absurdo y fantástico en la realidad. Se dan los datos sin hacer síntesis, hechos unidos por el conocimiento parcial (y mágico) que el ingenuo parece tener de las cosas. En la novela sobre Cacho ese nivel tiene que ser el de Bimba.

ricardo-piglia-proyectos-keoe-620x349abcRicardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación

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6 libros que cuentan una historia redonda en 150 páginas

Eduardo Halfo. Duelo

Origen: 6 libros que cuentan una historia redonda en 150 páginas | Vogue

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Colección de citas literarias XVI

Danilo Kis

 

Cuando uno ya no tiene nada que perder, empieza a escribir. Escribir es un acto de desesperación.

Danilo Kiš.

 

 

 

Albert Camus 1

 

 

Los buenos espíritus prefieren la poesía, pues ésta es cosa del alma.

Albert Camus

 

 

Alejandra Pizarnik 1

 

Si no me escribo soy una ausencia.

Alejandra Pizarnik

 

 

 

Chejov

 

 

El arte de escribir consiste en decir mucho con pocas palabras

Antón Chéjov

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Cuaderno de poemas. Yves Bonnefoy 

Hemos vuelto a nuestro origen.
Fue el lugar de la evidencia, aunque desgarrada.
Las ventanas mezclaban demasiadas luces,
Las escaleras trepaban demasiadas estrellas
Que son arcos que se hunden, escombros,
El fuego parecía arder en otro mundo.

Y ahora hay pájaros que vuelan de una habitación a la otra,
Los postigos se cayeron, la cama está cubierta de piedras,
La chimenea llena de restos del cielo que van a apagarse.
Allí, por las tardes, hablábamos casi en voz baja
Debido a los rumores de las bóvedas, allí, sin embargo,
Formábamos nuestros proyectos: pero una barca,
Cargada con piedras rojas, se alejaba
Irresistiblemente de una orilla, y el olvido
Depositaba ya su ceniza en los sueños
Que sin fin recomenzábamos, poblando con imágenes
El fuego que ardió hasta el último día.

¿Es cierto, amiga mía,
Que no hay más que una palabra para nombrar
En la lengua que llamamos poesía
El sol de la mañana y el de la tarde,
Una para el grito de alegría y el de angustia,
Una para el desierto río arriba y los golpes de hacha,
Una para la cama deshecha y el cielo tormentoso,
Una para el niño que nace y el dios muerto?

Sí, lo creo, quiero creerlo, pero ¿qué sombras
Son ésas que se llevan el espejo?
Y, mira, la zarza crece entre las piedras
En el camino de hierba aún apenas abierto
Por el que nuestros pasos iban hacia los jóvenes árboles.
Hoy me parece, aquí, que la palabra
Es el pesebre medio roto del que se escapa
En cada amanecer de lluvia el agua inútil.

La hierba y en la hierba el agua que brilla, como un río.
Todo está siempre a la espera de que una vez más se lo ate al mundo.
Sé que el paraíso está diseminado,
Es tarea terrestre el reconocer
Sus flores dispersas en la hierba pobre,
Pero el ángel ha desaparecido, una luz
Que no fue, de golpe, sino un sol poniente.

Y como Adán y Eva caminaremos
Por última vez en el jardín.
Como Adán el primer pesar, como Eva la primera
Osadía, querremos y no querremos
Pasar por la puerta baja que se entreabre
Allá a lo lejos, en la otra punta del ronzal, coloreada
Como auguralmente por un último rayo.
¿Se toma el porvenir en el origen
Como cabe el cielo en un cóncavo espejo?
¿Podremos recoger, de esa luz
Que fue de aquí el milagro,
En nuestras sombrías manos la simiente, para otros charcos
En el secreto de otros campos “cercados de piedras”?

Por cierto, está aquí el lugar para vencer, para vencernos,
El lugar de donde salimos esta tarde. Aquí sin fin
Como esa agua que se escapa del pesebre.

yves-bonnefoy Yves Bonnefoy 

Traducción de: Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

(A través de «Zona Libre de Radio»)

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Lectura: «Perros que duermen», de Juan Madrid

«Juan Madrid es genial. Leyendo este libro por poco pierdo un tren. Y es absolutamente verdad.»
Eduardo Mendoza

Madrid, 2011. Juan Delforo, periodista y escritor, hijo de padres republicanos y con un pasado de militancia en la lucha antifascista, acude a un chalet de El Viso para recoger el legado de un hombre que no conoce y que acaba de morir. Se trata de Dimas Prado, un comisario, viejo falangista, que se relacionó en el pasado con los padres de Delforo y ha ejercido de protector en la sombra del joven disidente.
Juan Madrid. Perros que duermenBurgos, 1938. Dimas Prado es encargado de la investigación del espeluznante asesinato de una jovencísima prostituta a manos de un jerarca del bando nacional. La investigación, que tendrá por objeto borrar cualquier rastro del crimen, permitirá relanzar la carrera policial de Dimas Prado, que cuenta con la ayuda del siempre fiel Guillermo Borsa.
Málaga, 1945. El padre del protagonista, Juan Delforo, militar republicano que luchó en la Defensa de Madrid, es detenido y condenado a muerte. Dimas Prado intercede por él a cambio de una información fundamental para su futura carrera política y le permite un encuentro con su mujer, Carmen Muñoz, a la que le unían lazos nunca revelados.
¿Por qué el viejo comisario quiso como última voluntad que Juan Delforo heredara su historia?
¿Puede un novelista contarlo todo?
¿Qué verdades se esconden tras las lealtades ocultas de estos personajes?
Juan Madrid, en la que es su novela más ambiciosa hasta el momento, nos lleva a través de las páginas de «Perros que duermen» a aquella época sombría de la guerra y la posguerra civil, y a sus ecos en la construcción de nuestro presente. Una novela de intriga, inquietante y estremecedora, con personajes complejos, contradictorios y ricos en matices, que nos hará reflexionar sobre el género humano y sobre la necesidad de contar historias.

Contraportada del libro. Alianza Editorial


 

Textos

En un cuartucho en los sótanos de la comisaría me despojaron de mis pertenencias y me dejaron completamente desnudo. Uno de los esbirros arrojó mis gafas al suelo y las hizo trizas a pisotones. Luego me esposaron las manos a la espalda y comenzaron a golpearme con varillas de acero que silbaban antes de clavarse en mi cuerpo. Tres hombres se turnaban pegándome. Intenté cobijarme acurrucándome en un rincón. Al poco tiempo mi espalda era una pulpa sanguinolenta. Uno de ellos me agarró del pelo y me dio una serie de puñetazos en la boca. Me rompió varios dientes, que escupí. Recuerdo que me dijo: –No vas a poder comer turrón en tu puta vida, comunista de mierda. Perdí el conocimiento. Después, en algún momento, me cubrieron con un tabardo militar y me arrastraron descalzo a un despacho. Dejé un reguero de sangre en el suelo. Al pasar por un pasillo, escuché voces de niños y mujeres que parecían ensayar villancicos. Entonces comenzaron los verdaderos interrogatorios.

∗

Qué curiosa y extraña es la memoria. Lo más frecuente que acude a mi mente ahora es ese interminable noviembre del 36, cuando Madrid estuvo a punto de caer y vi de cerca a aquellos perros que devoraban cadáveres de soldados de ambos bandos en la tierra de nadie. He soñado varias veces con esos malditos perros.

∗

A las doce de la mañana un toque de corneta anuncia que se ha acabado el cacheo. A la orden de mando del director, levantamos el brazo dando vivas a España y a Franco. Varios cuerpos se han venido abajo en las filas de delante. Hemos permanecido en pie tres horas. En total, unos doscientos hombres han desfallecido de cansancio y se han desplomado. La mayoría se queda en patios esperando la comida, otros van a sus celdas a comprobar el desastre que ha provocado el cacheo. Los que han caído son enviados a los «chupanos». Yo me dirijo a la escuela.

∗

Cómo me arrepiento de no haberle demostrado mi amor por él, de no haber participado más en su vida. Qué corta es la relación entre un padre y su hijo, apenas si se produce entre los cinco y los trece o catorce años. Después nos vamos alejando y alejando hasta que su figura se desvanece en la memoria mientras nos convertimos en nuestro propio padre. Lo recuerdo entre las mesas del café con su chaquetilla de camarero, sirviendo a los clientes, orgulloso de que fuera a verlo para poder presentarme como «estudiante de Filosofía y Letras». Ahora tendría sesenta

∗

Recuerdo una noche, durante los primeros días de noviembre, antes del ataque de las tropas de Varela el día 7. Estoy en el café Gijón, con varios de mis oficiales, intentando gastar la paga en café. Todos saben que no bebo. Durante un instante en que la discusión cede de intensidad, me fijo en un hombre acodado en el mostrador. Tiene los galones de comandante con los distintivos de Estado Mayor y está solo. Bebe algo que agita en un vaso. Es más bien bajo, muy fornido, de rostro redondo y saludable de campesino. Se trata de Ramón J. Sender, afamado periodista de El Sol y Premio Nacional de Literatura en 1935. Su novela Imán ha revolucionado la literatura española, una mezcla de Galdós y Baroja, muy crítica con la guerra de Marruecos. Por primera vez se denuncia la corrupción del ejército, nunca contada con tanta intensidad y pericia. Les digo a los compañeros que voy a acercarme al mostrador a pedir otra ronda y me dirijo a Sender. Me doy cuenta de que está un poco borracho, la mirada parece extraviada. Lo saludo, le digo mi nombre y que me ha gustado mucho su novela. Me contesta que la realidad de la guerra de Marruecos era aún peor. –Dígame, camarada…, ¿se llama Delforo? –Sí, Juan Delforo. –¿Tiene mujer? –Me extraña esa pregunta. –Sí, tengo compañera. –Téngala consigo, no deje que se marche. La población civil que podía se marchaba de Madrid. A veces se formaban largas caravanas de coches que enfilaban la carretera de Valencia. Días después se marcharon el gobierno en pleno, los jueces y los altos funcionarios. –Ella no quiere marcharse. Está con la República y conmigo. –Bien, eso está muy bien. A nosotros la sublevación nos pilló de veraneo en San Rafael, ¿sabe? Envié a mi esposa a Zamora con mis dos hijos el 18 de julio. Ella es de allí, su familia son terratenientes, muy de derechas. –Balbucea, está más borracho de lo que creía–. La han fusilado en Zamora porque no me han encontrado a mí. ¿Se da cuenta? Yo atravesé la sierra andando y me enrolé en las milicias el 19 de julio. Este es un país tribal, una cabila de salvajes…, qué odio más terrible, qué baño de sangre… ¿Quiere beber conmigo? –Disculpe, pero estoy con unos amigos. Tres días después Varela lanzó cuarenta mil hombres contra las defensas de Madrid.

Juan Madrid

Juan Madrid. Perros que duermen

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