Roberto Bolaño: “Escribe tú la poesía por mí”

La Biblioteca Nacional adquiere medio centenar de cartas y tres manuscritos que el escritor chileno envió a su amigo íntimo Bruno Montané entre 1976 y 1997

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Leer

Alfonso BerardinelliLeer literatura, filosofía y ciencia, si no se hace por trabajo, es un lujo, una pasión noble o ligeramente perversa, un vicio que la sociedad no censura. Es tanto un placer como un propósito de mejora. Requiere cierto grado y capacidad de introversión y concentración. Es una forma de salirse de uno mismo y del ambiente que nos rodea, pero también es un medio para conocerse mejor, para ser conscientes de nuestro orden y desorden mental.

Alfonso Berardinelli. Leer es un riesgo.

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Recomendaciones de la editorial Acantilado para entender la Revolución de Octubre

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Nosotros podemos ser ficticios

¿Por qué nos inquieta que el mapa esté incluido en el mapa y las mil y una noches en el libro de «Las Mil y Una Noches»? ¿Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector del «Quijote» y Hamlet espectador de «Hamlet»? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios. En 1833, Carlyle observo que la historia universal es un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben.

borgesJorge Luis Borges, Magias parciales del Quijote

(A través de «Calle del Orco»)

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12 consejos de Gabriel García Márquez para escritores

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Álbum de librerías incompleto, 80

Librerías de la Cuesta de Moyano. Madrid

Cuesta de Moyano 1

Cuesta de Moyano 2

Cuesta de Moyano 3

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Una selección de libros para dar la bienvenida a noviembre

Un detalle de la portada de la novela 'Con rabia', de Lorenza Mazzetti.

a través de Una selección de libros para dar la bienvenida a noviembre

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La condición del novelista

¿Es escribir una forma de intentar construir una identidad?

Es algo que está en la naturaleza del novelista. No hablo de los poetas, de los dramaturgos o de cualquier otro tipo de escritores; ellos son personas con gran sentido de la identidad. Pero la mayoría de los novelistas no aspiran a eso. Yo no aspiro a eso. Los novelistas encuentran solución al problema de no ser nadie. No les da una identidad, pero es una manera de jugar sin peligro. Escribir es algo maravilloso porque, en cierta manera, tienes el problema y la solución en tu mano.

¿Es esa la condición del novelista, no ser nadie?

Es lo que siempre he pensado. Te puede hacer muy miserable o puede que lo veas como una bendición. Hay muchos temas en la ficción. El tema de la transformación está en todas partes.

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Zadie Smith

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Descargas. Joseph Conrad. Narrativa breve completa

Joseph Conrad - Narrativa breve completa

Pocos autores pueden compararse con la desmesura de la invención, la variedad de registros, la profundidad de inmersión de su viaje hacia los lugares más oscuros y recónditos de la mente y la delicadeza descriptiva de Joseph Conrad. Se recoge aquí en lengua española por vez primera la totalidad de la narrativa breve de uno de los autores más determinantes y fundamentales del siglo XX: desde relatos en los que ensayó motivos para sus obras mayores hasta algunas de sus piezas mejor resueltas como Tifón, El cómplice secreto, o Falk, o novelas tan desconocidas por el lector en español como El colono de Malata o El alma del guerrero y, también, su obra más célebre, El corazón de las tinieblas. Conrad nos maravilla con toda una multitud de marineros, anarquistas, lúcidos locos y delirantes asesinos; el terreno en el que el hombre comienza a jugar con fuego es, definitivamente, el terreno en el que se despliega todo el hipnótico arte narrativo del autor. Por todos estos motivos, el presente volumen constituye un festín literario de primer orden para cualquier lector. La cantidad y la calidad del material aquí reunido no hacen sino constatar, de la manera más contundente, el grandísimo talento de Joseph Conrad.

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Lecturas: «Berta Isla», de Javier Marías

De entre las muy abundantes recurrencias o asociaciones o repeticiones que «Berta Isla» presenta respecto del mundo literario de Javier Marías (Madrid, 1951), no en vano existen ese mundo y su inconfundible concreción estilística, la más fértil es la de encontrar en el centro del relato, tal vez sea más exacto decir en su síntesis, la imagen congelada de una figura mirando desde un balcón, algo que ocurría en «Corazón tan blanco» (allí era un hombre, en el extranjero, confundido brevemente por una transeúnte que cree conocerlo y luego no) para revelarse como perfecta cristalización del acto narrativo: asomarse y que un orden se trastoque, incluso aunque sea, en apariencia, de modo trivial. También Berta Isla, la mujer que da título a esta nueva novela, se asoma a los balcones de su piso madrileño, si bien en su caso es reconocida con acierto aunque ella apenas acierte a reconocer a quienes la reconocen, y en ese deslizamiento vuelve a encerrarse toda una novela, cuya indagación en torno a la relación entre el tiempo y los hechos que suceden en el tiempo queda subrayada desde la primera frase, esta vez más circunspecta que en anteriores ocasiones e introduciendo una palabra, “duermevela”, que resume con levedad aparente la ambigua, no necesariamente perfecta ni constante, fascinación que la prosa del autor ejerce en sus mejores momentos.

Así pues, en «Berta Isla» hay una mujer que mira al exterior desde su casa para encontrar los rastros de su pasado sin alcanzar a reconocerlos, que cuando podría haberlos reconocido no está ahí para verlos llegar, y para quien esos rastros toman la forma de dos hombres, uno de ellos el primero en compartir con Berta un sexo fugaz, irrelevante en el fondo, el otro un acorde constante en su propia vida escogida, asumida y malograda. ¿Qué vemos desde un balcón, qué sucede cuando alargamos la mirada sobre aquello que sobrevolamos? Georg Wilhelm Friedrich Hegel lo hizo en Jena y vio a Napoleón, George Steiner lo hizo siendo niño en París y vio desfilar una manifestación antisemita, y en ambos casos esos observadores privilegiados decidieron que habían asistido a la encarnación de un concepto más que a una anécdota: la Historia en marcha, invariablemente. Los personajes de Marías, más modestos, se asoman para descubrir que no son apenas nada, que resultan indiferentes al tiempo, que hay una confusión constitutiva en sus biografías, en fin, y como reza el final de este libro, la mayoría de vidas “solamente están y esperan”. Se asoman y ven a Wakefield burlado. Pero también esa es una lección de Historia, del modo en que conspira indiferente contra quienes no podremos decidir qué vida vivir.

Javier Marías. Berta IslaY como todo ello serpentea por «Berta Isla» del modo en que las ideas lo hacen en los mejores libros de Marías, bien intuidas en unos períodos sintácticos y órdenes adjetivales trastornados (en realidad pienso en el inglés «deranged», o más bien en la canción de Bowie “I’m deranged”, que empieza con un desazonado “funny how secrets travel”), bien condensadas en escenas estáticas y tensas tan logradas como la que aquí atañe a un mechero Zippo y un bebé amenazado por la muerte, evoco la novela tras leerla y sé que me ha gustado, que es la mejor novela de Marías desde «Tu rostro mañana», que tiene poder evocador y que hasta esos pasajes reiterativos en los que el lector duda si experimenta hipnosis o narcosis son necesarios, con sus vueltas y revueltas, para que «Berta Isla» cuente lo que tiene que contar.

Me ha gustado pese a las reiteraciones de sí mismo rozando lo paródico (otra vez Oxford y sus hispanistas espías), las derivas casi pueriles de una trama juguetonamente obvia o un anclaje en la Historia (IRA, Transición, Islas Malvinas) superficial y hasta condescendiente; me ha gustado a pesar de esos ramalazos de vituperación antimoderna que va liberando el narrador (“una humanidad sobreprotegida y haragana, surgida en un plazo brevísimo después de siglos de lo contrario: actividad, inquietud, intrepidez e impaciencia”), decepcionantes no por lo ideológico, a fin de cuentas eso que Mark Lilla llama “decadencia del ideal” puede dar frutos literarios fascinantes en su empeño de no comprender o no transigir, sino por lo grueso de esos fragmentos. Me ha gustado porque a todo ello, y al mismo concepto caprichoso de “gusto”, se sobrepone en «Berta Isla» una idea de la literatura que vuelve a mostrarse arraigada, imperturbable, fatal.

Nadal Suau. El Cultural


 

Textos

Tomás Nevinson era bastante bien parecido y algo más alto que la mayoría, con un pelo rubiáceo peinado hacia atrás y anticuado (como de piloto de los años cuarenta, o de ferroviario cuando lo llevaba más corto, o de músico cuando lo llevaba más largo, nunca mucho contra la tendencia que se iba imponiendo; recordaba al del actor secundario Dan Duryea y se acercaba al del actor principal Gérard Philipe, cuando adquiría su volumen máximo: para los que tengan curiosidad visiva o memoria), y toda su persona transmitía la solidez de quien es inmune a las modas y por tanto a las inseguridades, que tantas formas adoptan hacia los quince años, casi nadie escapa a ellas. Daba la impresión de no estar sujeto a su época, o de sobrevolarla, como si no concediera importancia a las circunstancias azarosas, y siempre lo es el día en que uno nace, incluso el siglo. En realidad sus facciones no pasaban de gratas, tampoco es que fuera un ejemplo de belleza juvenil innegable; lindaban con la sosería, que al cabo de un par de decenios se las apropiaría sin remedio. Pero de momento la salvaban de ella los labios carnosos y bien dibujados (que invitaban a ser recorridos con el dedo y palpados, quizá más que besados) y la mirada gris mate o brillante atormentada, según la luz o el tormento incipiente que se le estuviera condensando: unos ojos penetrantes, inquietos y más apaisados de lo habitual, que raramente descansaban y que contradecían el conjunto de serenidad de su figura. En esos ojos se vislumbraba algo anómalo, o tal vez se anunciaban anomalías venideras, entonces sólo acechantes o agazapadas, como si no les tocara despertar todavía y hubieran de madurar o incubarse para alcanzar su plena potencia. La nariz carecía de distinción, más bien ancha y como sin terminar, o por lo menos sin rúbrica. El mentón era vigoroso, tirando a cuadrado, levemente saliente, le confería un aire determinado. Era el todo lo que poseía atractivo, o encanto, y en él imperaba, más que el aspecto, el carácter irónico y liviano, propenso a las bromas suaves y despreocupado, tanto por lo que sucedía en el exterior como por lo que se ventilaba en su cabeza,

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Wheeler se pasó durante un rato la uña del pulgar por la cicatriz de su barbilla, un gesto habitual suyo, era como si la acariciara. La marca arrancaba cerca de la comisura izquierda y corría vertical —o algo en diagonal— hasta el final del mentón, lo cual hacía parecer que ese lado de su cara jamás sonreía (aunque lo hiciera), y le daba un aire levemente mohíno o sombrío. Sabedor de eso sin duda, tendía a ofrecer su perfil derecho, si podía. Esta vez no le importó, sin embargo; miraba a Tomás de frente con sus ojos azules y siempre guiñados como si no pudieran renunciar a escrutarlo todo con suspicacia —eran chispas, de tan penetrantes—, tanto que el azul parecía metamorfosearse en amarillo, como si fueran los de un león soñoliento pero alerta, o quizá de otro felino. Tenía el abundante pelo ondulado y ya muy blanco, y al sonreír o reír se le veían levemente separados los dientes, lo cual le daba un aire malicioso. Poseía malicia, a buen seguro —la de quien es demasiado inteligente para no advertir la frecuente comicidad de las personas, más risibles cuanto más solemnes o severas o intensas—, pero también una benignidad de fondo.

∗

—El Reino, el que sea en cada caso, en cada época y en cada lugar. Los Reinos siempre han necesitado defensa. ¿Cómo te crees, si no, que hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué te crees que la gente vive tranquila, dedicada a sus asuntos, incluso a sus sufrimientos y penalidades, a mirar por sí misma y por los suyos, que son siempre muy pocos, a maldecir su negra suerte sin ocuparse de nada más? ¿Por qué crees que la gente vive tranquila para dedicarse a su propia intranquilidad, cada uno a la suya particular? Nada de eso sería posible sin la defensa. ¿Por qué te crees que cada mañana todo está en orden, más o menos en orden, y la gente sale a sus quehaceres, y llegan el correo y los repartidores, se abastecen los mercados y funcionan los autobuses y el metro, los trenes y los aeropuertos, los banqueros abren sus bancos y los ciudadanos acuden a hacer sus gestiones y a poner sus ahorros a buen recaudo? ¿Por qué hay pan en las panaderías y pasteles en las pastelerías, por qué se apagan las farolas y a la noche se vuelven a encender, por qué sube y baja la Bolsa y cada uno recibe su salario alto o bajo a fin de mes? Todo esto nos parece normal y en realidad es extraordinario, es insólito que se ponga en marcha y continúe un día tras otro. Si sucede es porque hay una defensa permanente y silenciosa del Reino, de la que casi nadie se entera ni se debe enterar. Y a diferencia de la del Ejército, que se hace muy ruidosa y visible sólo en tiempo de guerra, la nuestra está siempre activa y callada, por supuesto en tiempo de guerra pero también en el de paz. Lo más probable es que, sin ella, ni siquiera hubiera paz, o aparente paz. No hay Reino en la historia que no haya sido atacado, saqueado, invadido, minado, desestabilizado desde fuera o desde dentro, y eso es así sin cesar; incluso cuando parece que no hay amenazas, las hay. Europa está llena de castillos, murallas, torres y fortalezas, o de sus restos y ruinas. Que ya no los construyamos no quiere decir que no existan y que no sean necesarios. Nosotros somos las atalayas, los fosos y los cortafuegos; somos los catalejos, los vigías, los centinelas que siempre estamos de guardia, nos toque esta noche o no. Alguien tiene que estar atento para que el resto descanse, alguien ha de detectar las amenazas, alguien ha de anticiparse antes de que sea tarde. Alguien tiene que defender el Reino incluso para que tú puedas salir con Guillermo a pasear. ¿Y me preguntas por qué?

∗

Sin embargo ahora, un año y medio más tarde, veo que ha perdido su continuo estado de tensión y alerta. Al contrario, a menudo se muestra melancólico y pasivo. Cuando viene a casa y yo estoy ocupada y los chicos fuera, se pasa largo rato mirando por los balcones, la vista fija en los árboles que tan sólo fueron míos durante años y años. Se sienta en el sofá y se abstrae, mientras yo preparo mis clases en mi despacho. Y cuando vuelvo al salón y ya ha atardecido, ahí continúa, como si para él no hubiera transcurrido ese tiempo. No sé lo que piensa ni lo que recuerda, no sé en qué se abisma ni lo sabré nunca. Me digo que todos tenemos nuestras tristezas secretas. También los que hemos permanecido quietos y no nos hemos sometido a sacudidas aparatosas. O, como escribió Dickens si no me equivoco de cita, al que me toca enseñar algunos cursos, me digo que ‘toda criatura humana está destinada a constituir un profundo secreto y misterio para todas las otras. Es una consideración solemne que, cuando llego a una gran ciudad de noche, cada una de esas casas arracimadas lóbregamente encierra su propio secreto; que cada habitación en cada una de ellas encierra su propio secreto; que cada corazón palpitante en los centenares de millares de pechos que allí se esconden, es, en algunas de sus figuraciones, un secreto para el corazón más próximo, el que dormita y late a su lado. Y hay en todo ello algo atribuible al espanto…’.

Javier Marías

Javier Marías. Berta Isla

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